El empleado del señor Leblanc fue el primero de los dos en acercarse, lo hizo con seguridad; bien decidido, se detuvo frente a ella, la miró de pies a cabeza, no un mirada mirada vuelo de pájaro sino yna mirada inquisitiva, como si ña escudriñar buscando algo en ella, hizo un gesto de desdén y se llevó las manos a los bolsillos, su jefe se mantuvo en silencio guardando unos cuantos pasos de distancia, no se le podía ver a los ojos por los lentes oscuros que llevaba puestos.
―Señorita Steward ―dijo empleado con una voz forzada, a Coral le parecía que todo en él era forzado; atuaba y hablaba como un señor, pero ña verdad era que aparentaba la misma edad de Coral, incluso menos; era delgado y alto, no más alto que Leblanc, y tampoco más apuesto, aunque tenía lo suyo ―prepare sus cosas. Se va a vivir con el señor Leblanc ―anunció con naturalidad, como si aquello que acababa de notificar no fuese un completo disparate.
―¡¿QUÉ!? ―Coral se sobresaltó ante lo que el joven acababa de decirle, ese "¡¿QUÉ?!" Había sido muy sonoro más como un gruñido que como una palabra, a Coral no ñe importó parecer una loca descontrola ¿Qué es lo que está diciendo? -los gritos de Coral que hizo que Estrella saliera del departamento. La pequeña miró a los dos hombres con ojos saltones y rodeó a su hermana mayor de la cintura hundiendo la cara en su vientre, por lo general, era mass sociable con loss extraños ―¿qué narices te ocurre? ¿Qué narices les ocurre a ambos?― preguntó Coral ¡POR DIOS! -agregó sin bajar la voz ni un poquito, al contrario, subía dos de volumen con cada palabras. La situación le producía una mezcla de risa, confusión y miedo. El chico la vio con ojos entrecerrados, su pecho pareció desinflar, sus mejillas se tornaron roja y toda esa actitud petulante pareció desvanecerse para deja solo lo que era; un crío, un crío veyido de niño grande, se rascó el cuello y abrió la boca para hablar. Leblanc puso ña manomen el hombro de su empleado.
―Tu casero acaba de echarte ―dijo con un tono de voz calmado y a la vez amenazante, dio un par de pasos hacia Coral, ella sintió que el suelo vribro debajo de sus pies. Dio un paso atrás, no supo por qué, solo fue un movimiento instintivo ante la ssensación de estar en peligro. Se quitó a Estrella de encima
― ve a dentro, cariño ―le susurró mirándola a los ojos.
― Imagino que no tienes a donde ir ―agregó el señor Leblanc en cuanto Estrella entró. Coral se cruzó de brazos y miró al suelo.
el señor Leblanc se quitó los lentes de sol, tenía ojos grises que parecían estar salpicados por puntitos dorados, tan atrayentes como aterradores, también estaban rodeados por una tenues ojeras ―te pediría que rompieras la maldición que echaste sobre mí ―susurró muy cerca del oído de Coral, ella se echó hacia atrás, mientras se cubría la mordedura del cuello con la palma de la mano, si ya estaba confundida, lo que acababa de decir el señor Leblanc terminó de desconcertarla por completo, por un momento penssó que había escuchado mal ― pero es obvio que no tienes la más mínima idea de lo que eres ―agregó el señor Leblanc alejándose de ella.
―¿De qué habla?
―Ayer te he mordido porque necesitaba alimentarme ―dijo Leblanc con un tono sosegado ―perdón por eso ¿vale? Pero no sabía que eras una ninfa ―dijo mientras soltaba los botones de la camisa blanca que llevaba puesta ―¡Jamás mordería a una ninfa! No apropósito y esta es la razón ―cuatro botones más tarde, el pecho de Leblanc estaba expuesto y justo en el medio de este, una marca rojiza que lucía terrible: tres líneas verticales, muy juntas y paralelas entre sí, brotaban como si fueran trozos de cuerda que empujaban su piel desde debajo de esta.
Coral se puso la palma de la mano sobre la boca abierta. Las lágrimas pugnaban dentro de ella por salir, haciéndole arder los ojos. Corrió hacia dentro del departamento soltando el llanto. Cerró la puerta de un fuerte golpe. Leblanc y su sirviente intercambiaron miradas interrogativas. El chico se acercó a la puerta con el ceño fruncido y levantó la mano para golpearla.
―Déjala, Spurv ―dijo Leblanc y Spurv detuvo la mano en el acto ―ya cederá.
Dominick Leblanc podía parecer un joven inexperto, pero nada estaba más lejos de la realidad. Tenía unos cientos de años de existencia y además, sabía muy bien que lo que acaba de revelarle a Coral no era nada fácil de digerir, él mismo había pasado por algo similar.
―¡Pero señor! ¿cómo soportará el dolor? ―insistió Spurv extendiendo las manos hacia adelante con las palmas hacia arriba.
―Tendré que mantenerme cerca ―respondió Dominick mientras se abotonaba la camisa. Sacó sus lentes de sol del bolsillo del pantalón y se los puso dándose media vuelta. La cara desconcertada de Coral no abandonó su mente durante todo el trayecto de vuelta al auto.
Coral tuvo que secar las lágrimas que empapaban su rostro tan pronto como entró, no quería asustar a Estrella, ya era bastante lo que acababa de ocurrir con el señor Brown y ahora, ese par. Fingió su mejor sonrisa.
Se aseó, se alistó con su uniforme de falda plisada a cuadros y camisa blanca y preparó desayuno para tres, para ella y Estrella, un par de sándwichs, para su padre, una sopa licuada, fácil de ingerir pues al pobre hombre le dolía incluso el simple acto de masticar y tragar.
Alimentó a su padre como a un niño pequeño. Mientras lo hacía, le daba miradas furtivas al reloj de agujas que colgaba en la pared. La visita de señor Leblanc y su chofer, le había robado demasiado tiempo. Por un segundo le aterrizó en la mente el rostro de Liv cuando le contara lo que había pasado; no se lo iba a creer.
La mano le temblaba cada vez que acercaba la cuchara llena de sopa a la boca abierta de su padre. Sintió como de pronto, la invadía una sensación de arrepentimiento; no debió cerrarle la puerta en la cara a Leblanc, él era el único que podía responder al montón de preguntas que le habían surgido. En una de esas, dejó caer la cuchara, derramando la sopa encima del hombre moribundo.
―Lo siento ―dijeron ambos a la vez ―Estoy lleno ―anunció él con una voz gutural que parecía ir rompiéndole la garganta mientras salía de esta.
―Te cambiaré ―dijo ella con dulzura. Puso el tazón de sopa a un lado. Le levantó la camiseta y la sacó por encima de sus hombros, el corazón se le estremeció cuando vio el torso desnudo de padre. Las ganas de llorar volvieron. No actuaba así por nada, su padre tenía en el pecho una marca idéntica a la de Leblanc, bastante más roja, con manchas moradas, la piel a su alrededor lucía verdosa. Gangrenada. Podrida.
Coral no recordaba con exactitud el tiempo en que había aparecido aquella marca, pero su padre llevaba años sufriendo por ella; le causaba terribles dolores. En palabras de su padre, el dolor sse asemejaba a el filo de mil epadas atravesándole el pechom a la vez, eso solía decir a los médicos, pero estos nunca dieron con un diagnóstico, se limitaban a tratar el dolor y la infección de la herida.
Hasta ese día, Coral, al igual que loss médicos ignoraba la causa de ese sufrimiento, pero acababa de enterarse que quizas ella era la causante y en vez de averiguar más al respecto, había salido huyendo de quien podía aclarar todo. Al pensar en ello, el corazón se le arrugó hasta volverse nada, dejándole un vacío en el pecho.
Las preguntas no dejaban de caer en su mente, tan molestas como el ruido constante de una gotera. Tenía que buscar a Leblanc y pedirle que le diera explicaciones.