Cuando Elaine se despertó sobresaltada, lo primero que notó fue el olor estéril de hierbas y antiséptico. El techo sobre ella era desconocido, de un blanco pálido y con leves grietas. El aire estaba cargado de silencio, el tipo de silencio que sigue al caos. Trató de incorporarse, pero su cuerpo se sentía como si le hubieran drenado toda la fuerza. Solo fragmentos de memoria regresaron a ella: dolor, cegador e implacable, como fuego recorriendo sus venas. Cerró los ojos con fuerza, tratando de juntar lo que había sucedido. Su loba... buscó en su interior, desesperada por consuelo. Pero su loba no estaba allí para recibirla como de costumbre. En cambio, yacía acurrucada en lo profundo del alma de Elaine, inmóvil, sumida en la tristeza. Todo lo que Elaine podía sentir de ella era una pena

