Capítulo 1
Después de golpear suavemente antes de entrar, Elaine ingresó a la habitación, con su corazón ligero y desbordante. Apenas podía contener la alegría que burbujeaba dentro de ella, y se notaba en cada paso que daba, en cada sonrisa que tocaba sus labios. La felicidad irradiaba de ella como el sol atravesando las nubes.
En el interior se encontraban las figuras más importantes de la Manada Silverblade. En el centro se encontraba el Alfa Efrein, un hombre cuya presencia inspiraba tanto respeto como lealtad con una sola mirada, y a su lado estaba la Luna Beatrice, serena y elegante, su fuerza estaba presente en cada palabra y sonrisa que ofrecía.
La mirada de Elaine se encontró entonces a sus padres. Su padre, el Beta Richard, erguido y orgulloso como siempre, y su madre, Lucille, cuyo calor parecía envolver la habitación. Su hermana, Kathy, estaba sentada cerca, con los ojos llenos de curiosidad y emoción.
Y finalmente, sus ojos se posaron en él.
Michael.
Su compañero destinado.
Aquel que había reclamado su corazón con nada más que una sola mirada. Aquel que algún día lideraría como Alfa.
Incluso ahora, el pecho de Elaine se apretaba al recordar la noche anterior, cuando su vínculo se había revelado en la celebración de bienvenida para él. Michael había regresado tras dos largos años de entrenamiento en la prestigiosa Escuela de Alfas, con su fuerza y liderazgo más afilados, y su futuro asegurado. Sin embargo, todo eso se desvaneció en el momento en que sus ojos se encontraron en la abarrotada sala.
Elaine nunca olvidaría ese instante: el momento en el que el vínculo de compañeros se formó. Era como si el mundo se hubiera quedado en silencio, dejando solo a los dos, atraídos por una fuerza más antigua que el tiempo mismo. Recordaba el calor que recorría sus venas, la chispa de reconocimiento que atravesó su alma, y la abrumadora certeza de que ella le pertenecía a él y él a ella.
El sentimiento había sido indescriptible, pero inolvidable. Era la repentina sensación de estar completa, como si cada pieza de su vida hubiera encajado en su lugar.
Su loba había aullado de alegría en su interior, presionando contra su pecho, exigiendo que se acercara, lo tocara, lo reclamara. Y cuando los ojos de Michael se encontraron con los de ella, supo que él sentía lo mismo.
El futuro Alfa, su compañero destinado.
Ahora, de pie en la misma habitación que su familia y sus líderes, con Michael a solo unos pasos de distancia, Elaine sentía el vínculo vibrando entre ellos, vivo e inquebrantable. Era más que felicidad: era el destino desplegándose ante sus propios ojos.
El amor a primera vista, la protección, la posesividad y la abrumadora emoción de la alegría. Su loba aullaba y ronroneaba de felicidad por haber encontrado a su compañero destinado. El único lobo que fue creado para ella, el lobo que es solo suyo.
Michael acortó la distancia entre ellos, con sus pasos firmes enviando a su corazón al caos. Su aroma la envolvió, fuerte e irresistible, haciéndole agua la boca y despertando a su loba con anhelo.
Sonrió a través de su acelerado latido, incapaz de contenerse. Arrojándose a sus brazos, lo besó sin dudar. Chispas recorrieron su cuerpo, hormigueando y palpitando de maneras que la dejaban sin aliento.
—Compañero— susurró Elaine, con la alegría temblando en su voz. —Mi compañero.
Sus ojos se clavaron en los de ella.
—Compañera— respondió Michael, su voz era baja, áspera y contenida. —Necesitamos ir a algún lugar tranquilo y hablar.
Pero Elaine ya lo sabía. Iría a cualquier parte con él. Desde que era niña, había imaginado este momento, soñado con el vínculo, y se prometió a sí misma que le daría a su compañero todo lo que era. El hecho de que él fuera el futuro Alfa solo la volvía más decidida a ser la Luna que él necesitaba.
En su habitación, el aire se espesó, cargado de algo que ninguno de los dos podía negar. Antes de que Michael pudiera hablar, ella lo besó de nuevo: hambrienta, desesperada.
La conexión entre ellos ardía más intensamente, cada toque se intensificaba hasta que parecía imposible separarse. Ella no se avergüenza. ¡Él es compañero destinado! Y se asegurará de que él sepa que ella solo le pertenece a él.
Le dijeron que los lobos machos, especialmente los alfa, son posesivos con su compañera. Tienen la tendencia de mostrar que su compañera solo les pertenece a ellos, y Elaine quería que Michael supiera que él es el único hombre para ella.
Él la presionó más cerca, con sus labios moviéndose de los de ella a su cuello, trazando fuego a través de su piel. Ella jadeó, aferrándose a su camisa, con su inexperiencia chocando con el conocimiento instintivo de que esto era correcto. Esto era suyo. Esto eran ellos mismos.
El beso comenzó lento, pero luego cambió a algo caliente y necesitado. Sus manos parecían tener mente propia.
Los labios de Michael se movieron de los de ella a su cuello, y sus dedos jugaron con sus pezones. Nunca la habían tocado así, pero el toque de Michael era como fuego para su cuerpo, lo sentía en su núcleo. Tocó sus abdominales y pecho, sintiendo todos sus músculos y podía sentir su corazón latiendo con fuerza en su pecho. Esto la hacía desearlo más. Deslizó sus manos hacia su cuerpo inferior hasta que tocó su m*****o duro como una piedra.
Michael la empujó a la cama, le sujetó las manos sobre la cabeza, y la besó largo y húmedo. Le quitó el vestido y continuó besando sus pezones, mordiéndolos, chupándolos y jugando con su lengua. Mientras que sus manos continuaban explorando hasta llegar a su centro.
—Eres demasiado estrecha, mi compañera. ¿Te guardaste para mí?— preguntó.
—Dime— dijo, cuando ella no respondió.
—Sí, solo para ti— respondió Elaine. —Soy tuya y solo tuya.
—Eres mía— gruñó suavemente Michael, con su aliento caliente contra su oído.
Elaine, con el corazón desbocado, susurró de vuelta, —Solo tuya. Siempre tuya.
Sus palabras rompieron algo en él. Su beso se profundizó, reclamándola con promesas no dichas.
Ella se derritió contra él, con su cuerpo lleno de necesidad, y con cada nervio vibrando en respuesta a su toque.
Elaine pudo ver la felicidad en los ojos de Michael con su declaración y continuó besándola. Sus labios se movieron de sus pezones a su estómago, se detuvieron un poco en su ombligo y luego, continuaron hacia su intimidad. Su lengua jugó con su clítoris, lamiendo, mordiendo y chupando el pequeño botón. Mientras sus dedos entraban y salían de su interior. Ella podía sentir su interior tensarse, preparándose para su primer orgasmo.
—Déjate llevar, compañera. Dame todos tus primeros. Veamos cómo llegas y déjame probarlo— dijo Michael. —Puedo sentir tu intimidad succionando mis dedos. Puedo ver tu clítoris húmedo y ansioso. ¡Déjate llevar, compañera!—
Y así lo hizo.
—No pienses que he terminado contigo, compañera— dijo Michael, luego giró a Elaine y la penetró en un solo movimiento fluido.
Elaine jadeó ante la intrusión, pero se sintió completa. Era como tener algo que le pertenece por destino.
—Lo siento, compañera, pero no puedo esperar más— dijo Michael.
—Soy tuya— susurró Elaine, con su voz temblando de devoción. —Tuya para hacer lo que quieras. Esto es lo que somos. Puedes tomarme como desees, mi compañero.
Sus ojos nunca se apartaron de los de él, y él pudo ver la verdad brillando allí. Ella lo decía en serio. Su confianza era completa, su rendición no provenía de la debilidad sino de la fuerza del vínculo que los unía.
La respiración de Michael se cortó ante su declaración. El vínculo de compañeros latía entre ellos, vivo e inquebrantable, envolviendo su corazón como cadenas forjadas por el mismo destino. Había soñado con este momento, pero escuchar sus palabras, verla tan dispuesta y abierta, encendió algo feroz dentro de él.
Sus cuerpos se movían juntos, guiados no por el pensamiento sino por el instinto, como si el vínculo mismo los guiara. Michael le entregó todo de sí: cada gramo de fuerza, cada gota de pasión, cada promesa no expresada. Cada movimiento profundizaba su conexión, sellándola de maneras que las palabras nunca podrían.
Los sonidos que llenaban la habitación eran más que físicos. Eran el lenguaje crudo y sin filtrar de dos almas finalmente encontrando su otra mitad. Sus suaves suspiros, sus profundos gruñidos, el ritmo de sus corazones: era una canción que solo las parejas destinadas podían crear, una de posesión, devoción y destino colisionando a la vez.
Elaine se aferraba a él, abrumada por la oleada de emociones. Cada movimiento de su cuerpo dentro del de ella enviaba chispas inundando sus venas, cada una llevando tanto placer como amor. Sentía que su corazón iba a estallar por la intensidad de todo, por la pura certeza de estar con él.
—Michael…— jadeó, con su voz quebrándose mientras las lágrimas brotaban en sus ojos: no por dolor, sino por la abrumadora verdad de todo. —Eres todo. Mi compañero destinado. Mi Alfa.
Sus palabras lo empujaron al límite. La besó con fiereza, reclamando sus labios, mientras sus manos la sostenían como si nunca la fuera a soltar. No podía: no lo haría. Ella era suya, y él era suyo, unidos por una fuerza mayor de la que ninguno de los dos podría jamás resistir.
Y mientras se movían juntos, perdiéndose en el fuego de su vínculo, ambos sabían que esta noche no era simplemente pasión. Era la forja de algo eterno.
¿Y la eternidad? Cuando alguien íntimamente conectado a Elaine se interponga entre ellos, ella comprenderá que esta noche fue un error.