Capítulo 2

1489 Palabras
—Ya estás aquí, Elaine. Por favor, siéntate— dijo el Alfa Efrein con su voz calmada, pero cargada con el peso de la autoridad que hacía que el aire se sintiera más pesado. —Tenemos algo que decirte. —Yo también, tío. Tengo algo que compartir con todos— la voz de Elaine llevaba una calidez entusiasta, sus palabras estaban acompañadas por una brillante sonrisa que naturalmente se dibujó en sus labios. Sus ojos, sin embargo, se dirigieron a Michael. Por un momento, sus miradas se encontraron. Ella esperaba que él le sonriera de vuelta, que reflejara su alegría, pero en su lugar captó algo más titilando en su expresión. Su mandíbula se tensó, y había una sombra en sus ojos, algo como culpa, tal vez, incluso arrepentimiento. Antes de que pudiera estar segura, él rápidamente apartó la mirada, dejándola con una ligera punzada de confusión. Aun así, su felicidad no se apagaría, no esta noche. Elaine se sentía como si estuviera brillando, con cada parte de ella irradiando felicidad. El vínculo que descubrió la noche anterior había llenado su corazón hasta el borde. Su compañero destinado era Michael, el futuro Alfa de la Manada Silverblade. El hombre que había conocido toda su vida, ahora estaba unido a ella por la propia Diosa de la Luna. El solo pensamiento le provocaba un escalofrío de orgullo y emoción. No quería nada más que gritarlo al mundo. Se había despertado esa mañana con su corazón más ligero que nunca. Su loba ronroneaba de satisfacción, con su vínculo susurrando promesas de un futuro lleno de fuerza, amor y unidad. Por primera vez, se sentía completa. Aunque se había despertado sola, la ausencia de Michael en su cama no la inquietaba. Entendía que su papel conllevaba innumerables responsabilidades. Quizás él se estaba preparando para los cambios que su vínculo traería. Aún no la había marcado, pero lo dejó de lado con comprensión. Seguramente, él estaba esperando el momento adecuado, esperando su ceremonia oficial de emparejamiento. Ese era el tipo de hombre que era Michael: responsable, paciente y honorable. Eso creía ella. Mientras Elaine recorría la casa de la manada más temprano, su corazón casi estallaba de alegría. Los lobos que pasaba la felicitaban calurosamente, con sonrisas iluminando sus rostros. Todos lo habían visto la noche anterior en la fiesta de bienvenida. Cómo su loba había saltado con reconocimiento, cómo su vínculo había chispeado en el aire. Había sido innegable. —¡Felicidades, Elaine!— dijo una hermana de la manada, abrazándola fuertemente. —¡Serás una Luna perfecta!— susurró otra con admiración. Elaine había aceptado cada palabra con gratitud, con su pecho hinchándose con determinación. Cada bendición, cada sonrisa, cada palmada en su hombro solidificaba la promesa que se había hecho en silencio: sería la Luna que esta manada merecía. Estaría al lado de Michael, apoyándolo como Alfa, y serviría a Silverblade con toda su fuerza. Ahora, sentada en la oficina del Alfa con su familia y su compañero destinado, estaba lista para compartir su alegría oficialmente. Apenas podía esperar a que las palabras salieran de sus labios, para declarar que la Diosa de la Luna había unido su destino al de Michael. Lo único que empañaba el momento era esa extraña mirada en sus ojos, pero se dijo a sí misma que no era nada. Pronto, él sonreiría. Pronto, todo encajaría perfectamente. —Elaine— la voz del Alfa Efrein era firme, pero había una pesadez en ella, la clase que presionaba contra las paredes de la habitación. Su mirada se posó en ella, casi apologética. —Necesitamos discutir lo que ocurrió anoche. No podemos aprobar tu emparejamiento con Michael. Elaine parpadeó, su aliento quedó atrapado en su garganta. Por un momento, pensó que lo había escuchado mal. —¿Qué... qué quiere decir? ¿No lo pueden aprobar?— su voz se quebró con incredulidad, con la confusión derramándose en cada palabra. —Él es mi compañero dado por la Diosa, ¡mi compañero destinado! No hay nada que deba de ser aprobado. Sus ojos se dirigieron desesperadamente a sus padres, buscando consuelo, seguridad, cualquier cosa que pudiera darle sentido a esta pesadilla. Pero el rostro de su padre era sombrío, la mirada de su madre pesada con tristeza. No la protegerían. El pánico comenzó a subir por su pecho. Se giró hacia su hermana, luego hacia Michael. Su compañero, el hombre que se suponía que era suyo. Ninguno de ellos pudo mirarla a los ojos. La mandíbula de Michael estaba apretada, sus hombros rígidos, mientras Kathy miraba hacia su regazo, con la culpa irradiando de sus manos temblorosas. —¿Qué está pasando?— susurró Elaine, con su voz temblando mientras el peso de la habitación la aplastaba. Fue el Alfa Efrein quien respondió, su tono era medido pero inflexible. —Elaine, Kathy está embarazada del futuro Alfa. Ella ha estado entrenando durante años para ser la Luna de esta manada. Ella y Michael se eligieron desde hace mucho tiempo, como compañeros elegidos— sus palabras cayeron como piedras, cada una rompiendo la frágil esperanza de Elaine. —Conoces nuestra ley. Si el futuro Alfa no encuentra a su pareja destinada antes de su trigésimo cumpleaños, se le permite elegir una Luna. Michael hizo su elección. El aliento de Elaine se aceleró, su pecho se agitaba. —¡Pero... pero él me encontró!— su voz se elevó, aguda y rota. —¡Yo soy su compañera! Se levantó, con sus manos apretándose en puños mientras su loba aullaba dentro de su pecho. Sus palabras fueron recibidas con silencio. Nadie se movió. Nadie habló. La verdad flotaba en el aire como un cruel nudo corredizo. —Nadie sabe que Kathy ha estado entrenando para ser Luna— continuó Elaine, con la desesperación apretando su garganta. —Nadie en esta manada pensó que Michael ya tenía una compañera elegida. ¡Lo escondieron! ¡Me lo ocultaron! El rostro de Efrein era grave. —Lo mantuvimos en secreto en caso de que Michael encontrara a su compañera destinada. Pero Kathy ya está embarazada. No podemos permitir que el próximo Alfa nazca fuera del matrimonio. Esta decisión ya se ha tomado. Fue su padre quien habló a continuación, su voz era baja, pero firme, cada palabra era otra traición. —Elaine... así debe ser. El futuro de la manada no puede ser comprometido. Kathy será Luna. El mundo de Elaine se rompió. Cada rostro en la habitación se desdibujó, mientras sus ojos ardían con lágrimas que se negaba a dejar caer. Todos habían elegido. Sus padres. Su Alfa y Luna. Su hermana. Incluso él. Estaba total y devastadoramente sola. —Hermana...— la voz de Kathy era débil, temblorosa mientras intentaba hablar. Pero se detuvo en el momento en el que vio el rostro de Elaine. La furia. La angustia. La demanda silenciosa: No me hables. Elaine giró la cabeza hacia Michael, su voz quebrándose con partes iguales de amor y rabia. —¿Y qué piensas sobre esto, compañero? Michael finalmente la miró, sus ojos eran duros aunque su voz se suavizó con pesar. —Sé que esto es doloroso para ti. Pero no puedo dejar que mi heredero nazca y sea ilegítimo. Tengo que pensar en la manada. El pecho de Elaine dolía tan intensamente que pensó que podría partirse. —Puedes reconocer a tu hijo o hija como tuyo— dijo, con su voz temblando de desesperación. —No tienes que hacer esto. No tienes que abandonarme. Las palabras que quería decir: recházame, acaba con nosotros, ardían en su lengua, pero las contuvo, aterrorizada de que una vez dichas, se convirtieran en una verdad irrevocable. La mandíbula de Michael se tensó. —Kathy se ha estado preparando para este papel durante años. Ha sido entrenada para ser Luna, y... —¡Yo puedo entrenar!— Elaine lo interrumpió bruscamente, con su voz elevándose en un grito que rompió el silencio. —Puedo aprender, puedo trabajar más duro que nadie. Puedo dedicar las horas, el sacrificio. No digas que no puedo. Pero el rostro de Michael solo se endureció con determinación. Movió la cabeza lentamente en señal de negación. —Lo siento, Elaine. No puedo abandonar a Kathy. Ella será mi Luna. Es la mejor elección para la manada. —La mejor— repitió Elaine, con su voz hueca, quebrándose. Esta misma mañana, se había despertado con alegría en su corazón, soñando con ser la mejor: la mejor Luna, la mejor compañera, el mejor apoyo para Michael. Había imaginado un futuro donde era amada y honrada, de pie a su lado. Pero ahora, se dio cuenta, ya había alguien más en ese trono. Alguien que había ocupado su lugar mucho antes de que ella siquiera lo supiera. La habitación giró a su alrededor, las voces de su familia no eran más que ecos distantes. La traición la cortó más profundamente que cualquier espada. Su mundo entero se había derrumbado.
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