El dolor que recorría el pecho de Elaine era insoportable: crudo, abrasador, un tormento que no desearía ni a su peor enemigo. La vaciaba desde dentro, dejándola jadeando, como si cada respiración pudiera romperla aún más.
Sus ojos, brillantes con lágrimas no derramadas, se aferraban desesperadamente al rostro de Michael, suplicándole en silencio que lo reconsiderara, que cambiara de opinión, que la viera como realmente era: su compañera predestinada, elegida por la propia Diosa. Pero la dureza en sus ojos le decía todo. Su decisión estaba tomada, resuelta y era cruel.
Él había elegido a Kathy, su propia hermana.
La voz de Elaine se quebró al volverse hacia su familia, su última esperanza colgando de un frágil hilo.
—¿Y ustedes?— preguntó, su mirada moviéndose de su padre a su madre, buscando, suplicando. —¿Están de acuerdo con esto?
Los hombros de su padre se hundieron bajo el peso de su mirada. Su tono era firme, pero sus palabras cortaban más profundo que cualquier cuchilla. —Tenemos que pensar en la manada, Elaine. No solo en nuestra familia, sino en todos los lobos que dependen de nosotros. Esto... es más grande que nosotros.
Los ojos de su madre se llenaron de tristeza, pero sus palabras golpearon como un martillo. —Tu hermana está embarazada, Elaine. Hay un bebé del que preocuparse también.
El corazón de Elaine se apretó tan fuerte que pensó que podría detenerse por completo. Se giró hacia Kathy, desesperada porque su hermana lo negara, por aferrarse a la hermandad, por estar con ella.
Pero los ojos de Kathy eran pozos brillantes de arrepentimiento.
—Lamento mucho que esto haya sucedido, hermana— susurró Kathy, con su voz temblando. —Te quiero. No sabía que Michael era tu compañero. Si no fuera por mi bebé, me haría a un lado... De verdad lo haría. Pero no puedo, no ahora.
Cada palabra era otro cuchillo clavado profundamente en el pecho de Elaine. La traición era insoportable. Su familia, los que se suponía debían protegerla del dolor, eran ahora los mismos que la destruían. ¿Y lo peor? Hablaban como si su crueldad fuera un deber, como si sacrificar su felicidad fuera noble.
Algo dentro de Elaine se endureció. Sintió que su corazón comenzaba a congelarse, como si su propia alma se estuviera retirando detrás de muros helados. Entonces se dio cuenta, con una certeza profunda, de que nunca podría mirarlos de la misma manera. Ya no eran su familia. Eran la familia Beta, leales a la manada sobre todo lo demás.
La pareja Alfa era solo eso: el Alfa y la Luna, líderes, no protectores. Y Michael... ya no era su compañero. Era simplemente el futuro Alfa, nada más.
Elaine tomó una respiración temblorosa y deliberada, obligándose a la quietud. No les permitiría ver su dolor. No lo merecían. Ninguno de ellos merecía sus lágrimas, su amor o su confianza.
—Entonces— dijo por fin, con su voz calmada, casi indiferente, —¿qué propones, Alfa?
Toda la sala cayó en un silencio atónito. No hubo gritos, ni lágrimas, ni súplicas desesperadas, solo una calma helada que ninguno de ellos había escuchado antes de Elaine. Los inquietó profundamente, porque Elaine nunca había sido fría. Siempre había sido calidez y luz, la chispa que levantaba a los demás. Ahora, esa chispa se había ido, enterrada bajo su corazón roto.
El Alfa Efrein se aclaró la garganta, con su expresión sombría.
—Michael y Kathy tendrán su ceremonia de unión el próximo mes— dijo lentamente. —La manada ya sabe que eres la compañera destinada de Michael. Necesitamos que estés presente, Elaine. Necesitamos que muestres apoyo a su unión. La manada debe permanecer unida.
El corazón de Elaine se quebró de nuevo, cada palabra otra fractura. No solo querían que sacrificara a su compañero, su destino dado por la Diosa; sino que querían que se pusiera de pie junto a ellos, sonriendo, fingiendo celebrar. Querían que su humillación se convirtiera en su deber.
—Entonces— dijo suavemente, pero con agudeza en su tono, —¿quieres que renuncie a mi compañero, mi compañero dado por la Diosa... y que lo agradezca?
—¡Eso no fue lo que dije!— replicó el Alfa Efrein, con la frustración brillando en sus ojos.
—No importa— respondió Elaine, con su voz ahora aguda e inflexible. —De todos modos, yo no importo en esta manada.
—No digas eso, hermana— suplicó Kathy, con las lágrimas cayendo libremente por sus mejillas. —Eso no es cierto.
Elaine se reía amargamente, un sonido hueco que heló la habitación.
—Hermana, por favor— Kathy intentó de nuevo, dando un paso adelante. —Te amamos. Sabemos que estás sufriendo, pero todos debemos hacer lo correcto para la manada. Nunca quise ser la causa de tu sufrimiento. Nunca quise esto, Elaine. Pero por favor, por favor, entiende— Extendió la mano, intentando tomar la mano de Elaine, con su voz quebrándose mientras susurraba. —Por favor.
Pero Elaine se retiró, apartando su mano como si el toque de su hermana fuera fuego. La misma hermana que una vez idolatró, atesoró y amó más allá de toda medida, ahora era la fuente de su más profunda agonía. Elaine no podía soportarlo.
Su voz fue firme, definitiva. —Necesito pensar. Necesito estar lejos de todos ustedes.
Se dio la vuelta, ignorando el coro de voces que llamaban su nombre, los desesperados gritos de su familia tratando de alcanzarla. Sus palabras, sus disculpas, sus súplicas. Nada de eso importaba ya.
Los cerró y dejó fuera, selló su corazón, y con un último acto de desafío, cerró la puerta de su mente con fuerza. En el momento en el que intentaron alcanzarla a través del enlace mental, los bloqueó a todos.
Por primera vez en su vida, Elaine estaba verdaderamente sola.