Capítulo 4

1168 Palabras
Elaine corría: corría como si el mismo aire a su alrededor la estuviera asfixiando, como si las paredes de su mundo se estuvieran derrumbando. No le importaba a dónde la llevaban sus pies. Solo sabía que debía escapar. Lejos de sus voces, lejos de sus justificaciones, lejos de la traición que había destrozado todo en lo que creía. Sus pulmones ardían, su pecho jadeaba, pero no se detuvo hasta que el sonido familiar del agua corriendo llegó a sus oídos. Su santuario. La cascada se alzaba alta e indomable cerca del borde del territorio, su rugido constante ahogando el ruido del mundo. Era su lugar seguro, el único rincón de las tierras de la manada donde nadie la seguía, nadie exigía, nadie juzgaba. Tropezó hacia ella, con sus rodillas finalmente cediendo bajo ella, mientras se desplomaba sobre la tierra húmeda. Sus manos se hundieron en el suelo, con su cuerpo temblando violentamente, y por fin, lo dejó salir. Un grito crudo y desgarrador salió de su garganta, resonando entre las rocas y mezclándose con el trueno de la cascada. Gritó de nuevo, más fuerte, hasta que su voz se quebró, hasta que sintió que el sonido mismo podría desgarrarla. Las lágrimas que había contenido en esa habitación asfixiante, ahora fluían libremente, imparables, deslizándose por sus mejillas tan implacables como la cascada frente a ella. El agua que corría se convirtió en el único testigo de su dolor, su interminable caída reflejando el dolor en su corazón. Lloró por todo lo que había perdido. Lloró por su familia. El vínculo que siempre la había definido, la protección de su padre, que una vez prometió mantenerla a salvo, el calor de su madre que solía ser su consuelo, y el amor incondicional de su hermana que siempre había sido su mejor amiga. Ese vínculo se había ido, cortado limpiamente y sin piedad. Lo que quedaba era solo traición, deber hablado en voces frías, y el ser consciente de que su familia había elegido a la manada sobre ella. Lloró por Michael: su compañero. El hombre que se suponía sería su para siempre, su compañero, su otra mitad dada por la Diosa misma. Lloró por el futuro robado que una vez se atrevió a soñar: la compañía, la asociación, las noches de risas, y los cachorros que imaginó que criarían juntos. Todo eso, arrancado antes de que pudiera siquiera comenzar. Su loba aullaba en su interior, lamentando a su compañero con una voz que resonaba profundamente en sus huesos. El sonido era tan penetrante, que casi hizo que Elaine cayera de rodillas de nuevo. "Él no nos abandonó", susurró desesperadamente su loba. "Su lobo todavía nos quiere. Fue Michael quien eligió esto, no su lobo". Pero esas palabras no trajeron consuelo, solo profundizaron la herida. Si fue Michael, el hombre, el líder, quien tomó la decisión, entonces significaba que la había observado y decidió que ella no era suficiente. Ni siquiera valía la pena luchar por ella. Recordó la noche anterior. El fuego en sus ojos cuando descubrieron que eran compañeros, el calor de su toque, la forma en que sus cuerpos encajaban como si estuvieran destinados a ello. Por un momento, ella creyó en ello, en ellos. Pero ahora entendía la verdad. Por eso no la había marcado. Por eso se había contenido, por qué algo se había sentido contenido incluso en su pasión. Él ya había elegido a Kathy. Ya había decidido traicionarla. Un sollozo sacudió sus hombros. No solo la había rechazado. La había usado. Usado su cuerpo, su corazón, su confianza, sabiendo muy bien que no tenía intención de quedarse. Ella le había dado todo, y aun así, no fue suficiente. Y lo peor de todo, todos en esa habitación estuvieron de acuerdo. Su padre. Su madre. Su hermana. El Alfa. La Luna. Todos ellos se quedaron en silencio, justificándolo, como si su dolor fuera un precio justo a pagar por el bien de la manada. Su pecho jadeaba, su respiración estaba llegando en jadeos poco profundos y desiguales. Se encorvó hacia adelante, agarrándose el estómago como si pudiera físicamente mantenerse unida, como si su cuerpo pudiera desmoronarse por completo si se soltaba. Pero lentamente, tan lentamente, las lágrimas comenzaron a secarse. La cascada aún rugía, constante e indiferente, como recordándole que el mundo no se detendría por su dolor. La noche se hizo más profunda a su alrededor, las estrellas comenzando a brillar débilmente sobre los árboles. Se obligó a enderezarse, aunque su cuerpo aún temblaba. No podía quedarse aquí, ahogándose en el dolor. Si permanecía en la casa de la manada, rodeada de sus mentiras y traiciones, se marchitaría. Se rompería irremediablemente. No, necesitaba un plan. Su mente comenzó a girar, temblorosa al principio, pero con una determinación creciente. No podía vivir otro día bajo el mismo techo que la familia del Beta. Cada mirada, cada palabra susurrada la sofocaría aún más. No podía ver a Michael pavonearse con su hermana, fingiendo que no había pasado nada. No sobreviviría a eso. Pero no podía dejar la manada por completo. No todavía. No hasta después de la ceremonia de emparejamiento. La obligarían a asistir. Lo sabía, y si desaparecía antes, la cazarían. Pero después... después podría irse, y nunca regresaría. Ya no había nadie aquí por quien valiera la pena quedarse. Su mente se desvió a un lugar del que había oído hablar, una estructura medio olvidada en el extremo del límite. Una casa en donde solían mantener a los lobos esperando castigo, ahora abandonada, sus paredes abandonadas a la intemperie. Nadie iba allí ya. Allí es a donde iría. Un mes. Eso era todo lo que tenía que soportar. Un mes escondida y sola, lejos de los ojos de aquellos que la traicionaron. Allí, no tendría que fingir una sonrisa, no tendría que tragarse su dolor. Podría ser ella misma. Rota. Enojada. Libre. La única vez que necesitaría fingir sería cuando el Alfa requiriera su presencia. Haría esas apariciones mínimas, las soportaría callada, y luego, desaparecería de nuevo. Pero eso requeriría preparación. Tendría que renunciar a su puesto como secretaria del Beta. El pensamiento dolía. Era el único papel que alguna vez la había hecho sentir útil, importante. Pero ya no podía servirles, no después de lo que habían hecho. Las horas pasaron mientras se sentaba en su santuario, el incesante ritmo de la cascada que la anclaba, mientras reunía los fragmentos de su plan. Solo cuando la luna estaba alta y la noche era densa a su alrededor, se dio cuenta de cuánto tiempo había pasado. El mundo ahora estaba en silencio, salvo por el agua y el suave susurro del viento en los árboles. A través del vínculo, sintió la leve presión de las voces de su familia. Beta Richard, su madre Lucille, incluso Kathy, todos tratando de alcanzarla, preguntando si estaba bien. Pero su mente estaba cerrada, sellada. No les permitiría entrar. No esta noche. Esta noche era para lamentar. Esta noche era para su dolor. Mañana... mañana sería aún más fuerte.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR