A la mañana siguiente, mientras el amanecer extendía su pálida luz sobre las tierras de la manada, Elaine se dirigió lentamente de regreso hacia la casa de la manada. Cada paso se sentía más pesado que el anterior, como si la tierra misma intentara impedirle regresar a las mismas personas que la habían traicionado. Sin embargo, su mente estaba firme y clara.
Había tomado su decisión.
A través del vínculo mental, se comunicó con el Alfa, la Luna, la familia Beta y Michael. Su voz era firme, calmada, pero llevaba un peso que hizo que todos se detuvieran un momento. —Estoy lista para hablar con todos ustedes. Podemos reunirnos en la oficina del Alfa.
Casi de inmediato, las respuestas resonaron de vuelta.
—Estaremos allí— fue la respuesta unánime.
A medida que Elaine se acercaba a la casa de la manada, comenzó a notar los susurros. Al principio débiles, como una brisa, pero luego más agudos, cortándola con cada palabra.
—Compañera rechazada…
—No calificada para ser la Luna…
—Pensar que la felicité… ni siquiera es digna…
Cada palabra se clavaba en su pecho como garras. Levantó la cabeza, tratando de encontrar la mirada de sus compañeros de la manada, pero lo que vio hizo que su estómago se retorciera. Juicio. Desdén. Lástima. Como si cada par de ojos dijera lo mismo sin hablar: Ella no es suficiente. Nunca será suficiente.
La garganta de Elaine ardía, su pecho se tensaba, pero se negó a dejar caer las lágrimas.
¿Por qué? Se preguntaba una y otra vez. ¿Qué hice para merecer esto?
Había entregado su vida a esta manada. Su tiempo, su fuerza, su amor. Había sido una buena hija, una buena hermana, siempre interviniendo para ayudar cuando otros la necesitaban. Había sido confiable, leal y desinteresada. Sin embargo... aquí estaba, abandonada, descartada como si no significara nada.
La traición ardía más que cualquier llama. Pensó que conocía el dolor. Pero esto, este rechazo desgarrador de las personas en las que más confiaba, calaba más profundo que cualquier herida.
Para cuando llegó a la oficina del Alfa, su determinación se había endurecido. Se detuvo por un momento frente a la pesada puerta de madera. Ayer mismo, había tocado con esperanza en su corazón, esperanza de un futuro al lado de su compañero destinado, esperanzada por la aceptación y el amor de su familia. Pero ¿hoy? Hoy, no llevaba nada más que el peso de la traición y el hielo que ahora protegía su corazón.
Levantó la mano y llamó a la puerta.
—Adelante— resonó la voz del Alfa Efrein desde dentro.
Elaine empujó la puerta. Todos estaban allí.
El Alfa y la Luna estaban sentados con autoridad, el Beta y su esposa estaban de pie muy cerca, su hija estaba al lado de Michael, su supuesto reemplazo como la futura Luna. El propio Michael, el hombre que se suponía que iba a ser su compañero, estaba de pie con los brazos cruzados, evitando su mirada.
Los pasos de Elaine eran calmados, medidos. Su rostro no traicionaba nada, su voz era controlada mientras hablaba. —Alfa, vine aquí para discutir lo que dijiste ayer. Sobre que me quede y apoye la ceremonia de unión del futuro Alfa y Luna de esta manada— su tono era distante, como si hablara del destino de otra persona, un informe al que no tenía vínculos personales.
—¿Elaine?— la voz de su madre se hizo presente, suave y temblorosa. Los ojos de Lucille brillaban con preocupación. Esta... esta no era su hija. El calor, la alegría, la vida que siempre irradiaba de Elaine se habían ido. Lo que estaba frente a ella era una extraña, fría, distante, vacía.
Elaine captó la mirada de preocupación en cada rostro de la sala. Pero no vaciló. La preocupación de ellos ya no la alcanzaba. Era demasiado tarde.
—Por favor— dijo con firmeza, con sus palabras afiladas como una cuchilla. —Dejen de fingir. Dejen de mostrar una preocupación falsa y un cuidado vacío. Estoy aquí para discutir su preciosa unidad de la manada, no mis sentimientos.
Su hermana dio un paso adelante, con su voz suplicante. —Hermana, ¿cómo puedes decir eso? ¿Cómo puedes hablarle así a mamá? Te amamos. Sabes que te amamos. ¿Cómo puedes pensar que nuestro amor es falso?
Los labios de Elaine se curvaron en una leve y amarga sonrisa. Miró a los ojos de su hermana, pero sus palabras eran más frías que el hielo. —Solo dije la verdad, futura Luna.
El título cortó como un cuchillo. No llamó a su hermana por su nombre, ni por el lazo familiar. No. Esos lazos se habían roto en el corazón de Elaine. Llamarlas por su nombre significaba que todavía eran suyas, que todavía pertenecía. Pero ya no pertenecía aquí: ya no.
Su hermana se estremeció, su rostro se torció de dolor ante la distancia en las palabras de Elaine.
Michael finalmente habló, dando un paso adelante, con la mandíbula apretada. —Elaine, detente. Sé que estás sufriendo, pero no puedes usar ese dolor como excusa para herir a otros.
Elaine dirigió su mirada hacia él, con su expresión inescrutable. —Solo digo la verdad, futuro Alfa.
La habitación cayó en un silencio atónito. Todos la miraban, incapaces de comprender el cambio. Esta no era la Elaine que conocían. ¿Dónde estaba la chica de corazón cálido y risa fácil que una vez iluminó cada habitación? ¿Dónde estaba la hija leal, la hermana gentil, la compañera amorosa?
Lo que estaba frente a ellos era distinto. Alguien forjado en el dolor y la traición, una mujer que ya no estaba cegada por el amor o la confianza.
Por primera vez, se dieron cuenta de que tal vez nunca volverían a ver a la antigua Elaine.