Sin que Elaine lo supiera, una persona podía escucharla: el Alfa Darius. Había estado de pie fuera de la casa de la manada, en una conversación profunda con su Beta, cuando sus ojos la vieron irse. Al principio, no le prestó atención, pero luego notó la forma en la que se movía: hombros rígidos, puños apretados, como si llevara el peso del mundo. Y cuando de repente salió corriendo, no pudo detenerse. El instinto, primitivo e inexplicable, lo impulsó hacia adelante. La siguió. Elaine corría con tal determinación que nunca miró hacia atrás. No se dio cuenta de que él la seguía, demasiado perdida en la tormenta que rugía dentro de ella. Sus pies apenas parecían tocar la tierra mientras avanzaba, como si al detenerse siquiera para respirar, el dolor que la agobiaba la consumiría por compl

