Me desperté a la mañana siguiente y encontré vacío el espacio a mi lado en la cama. Esperaba ver a mi esposa todavía dormida, pero no estaba. Si no la hubiera visto acostarse anoche, habría dudado incluso que hubiera dormido conmigo. Me levanté y revisé el baño, pero tampoco estaba allí. ¿Dónde demonios está ahora? Necesito hacerla entrar en razón. No puede seguir comportándose así para siempre. ¡Esto es una locura! Tiene que recuperar el sentido común. Y más le vale no volver a intentar lo que hizo ayer. Salí de mi habitación y bajé las escaleras mientras gritaba: —¡Janet! ¡Janet! ¡Janet! Pero no obtuve respuesta. —¡Janet! —volví a llamar. Por desgracia, no fue ella quien apareció. Sophia. Gruñí, molesto, e intenté pasar de largo, pero ella me saludó. —Buenos días —dijo en voz

