Prólogo.
Prólogo.
Un sudor frío invade mi cuerpo de repente ante una oleada de sensaciones que me paraliza, y un dolor pulsante amenaza con desgarrarme desde las entrañas mientras las contracciones golpean mi cuerpo exhausto y aterrorizado. Yazco inmovilizada sobre un camastro metálico, cubierto con un colchón viejo. Mis manos y mis pies están firmemente sujetos por correas de cuero grueso, marcas tangibles del cautiverio que me reducen a una pieza de caza atrapada en la madriguera del lobo. A término, mi vientre prominente dibuja una silueta desgarradora en la penumbra; cada pulgada de mi ser refleja el agotamiento de los meses de persecución, el miedo constante y una resistencia feroz que se niega a extinguirse.
Mi respiración se vuelve agitada, superficial y cortada, intentando inútilmente contener el pánico que nubla mi psicología, fragmentando mi mente entre la supervivencia y el abismo de la locura. Un calambre sordo, profundo y traicionero se desliza desde la base de mi columna hasta el bajo vientre. Interrumpo mi respiración de golpe. Mis ojos, oscurecidos por la fiebre de la fatiga, se abren de par en par mientras las uñas se hunden con desesperación en las palmas de mis manos, buscando en el dolor físico un ancla. La primera contracción me golpea con la fuerza de un mazo invisible, una contracción uterina implacable que me arrebata el aire de los pulmones. Un gemido ahogado, visceral y primitivo, escapa de mi garganta, desgarrando el silencio opresivo de la estancia.
—No… todavía no… —murmuro en un susurro roto, un ruego dirigido a un destino sordo que ya ha trazado mi sentencia.
La puerta de metal pesado se desquicia con un chirrido metálico. El eco de pasos apresurados y autoritarios rompe la atmósfera estática. Dos enfermeras de rostros impasibles, irrumpen en la habitación acompañadas por la partera. La tensión en el aire se vuelve densa, cargada de una urgencia fría y calculada.
—¡Traigan las compresas rápido! —ordena la partera con voz cortante, sin mirar mi rostro suplicante, observando únicamente la inminencia del proceso—El tiempo se agota y las órdenes fueron claras.
Una de las enfermeras corre hacia una mesa auxiliar, removiendo gasas y bandejas con un estrépito metálico que acelera el pulso de la habitación. La otra se aproxima al camastro, sujetando una linterna y preparando el instrumental con una eficiencia aterradora, desprovista de cualquier atisbo de humanidad.
—Llamen a Vicente Monsalve. Avisen que ya está de parto —espeta la partera, fijando sus ojos duros sobre la enfermera más joven, quien asiente con la cabeza y sale a medias tropezando por el pasillo.— ¡Que sepa que su bisnieto ya viene!
Sacudo la cabeza con desesperación, tirando de las correas hasta que el cuero muerde mis muñecas, magullándolas. El pánico me atraviesa como una cuchilla oxidada al escuchar ese nombre. Vicente Monsalve, la sombra omnipresente, el arquitecto de mi desgracia y la mano ejecutora que busca arrebatarme lo único puro que me queda y la razón por la que un sigo viva. Las lágrimas brotan calientes por mis mejillas, mezclándose con el sudor frío que empapa mis sienes.
—No, no espere… ¡déjenme en paz, sáquenme de aquí! —grito con lo que me queda de fuerza, arqueando mi cuerpo contra el metal frío mientras otra ola de contracciones me azota con una violencia inusitada.
—Cállate y guarda las pocas fuerzas que te quedan, muchacha —me recrimina la partera con desdén, colocándose entre sus piernas abiertas y palpando mi cuerpo con rudeza—. No estás aquí para opinar. Estás aquí para cumplir. ¡Puja! ¡Puja ahora mismo!
La atmósfera se satura de un hedor acre a antiséptico. Muerdo mi labio inferior con tanta fuerza que la piel se abre, dejando escapar un hilo escarlata que resbala por mi barbilla. El dolor me arranca jirones de consciencia, pero en mi mente destellan, como relámpagos en una noche sin luna, los recuerdos de Lucian. Su rostro, la calidez de su voz en las madrugadas compartidas, el tacto firme de sus manos recorriendo mi espalda, la promesa silenciosa de que estaríamos juntos más allá de la muerte. Lucian es el faro, mi ancla en medio de esta tortura, este infierno en el que vivo.
—Por él… por nuestro amor… —me repito como un mantra mental, aferrándome al rostro de Lucian con desesperación absoluta—No voy a dejar que me venzan. Viviremos.
—¡Está perdiendo mucha sangre! ¡La hemorragia es masiva! —grita la enfermera de los instrumentos, cuya voz se quiebra por completo al notar la marea carmesí que inunda el campo quirúrgico— ¡El canal de parto está bloqueado por coágulos, se está ahogando con tanta sangre, no puede respirar!
La partera palidece por un instante y se precipita con desesperación, introduciendo las manos y aspirando con desesperación, intentando limpiar las vías respiratorias del niño que viene detrás en medio del caos.
—¡Succionen! ¡Traigan más gasas, desobstruyan la tráquea, maldita sea, no dejen que se ahogue! —brama la partera, perdiendo el control mientras su propio sudor se mezcla con la sangre y la tensión se vuelve asfixiante, un esfuerzo brutal y caótico donde cada segundo es una batalla desesperada por arrancarle una vida a la muerte.
Siento que el mundo se desvanece, que los contornos de la habitación se disuelven en una neblina gris y espesa mientras escucho los gritos frenéticos del personal intentando salvarlo en una lucha desesperada que se desvanece. La vida se me escapa entre las manos, pero el amor por Lucian actúa como una chispa final. En mi último destello de voluntad, canalizo todo mi dolor, mi furia y mi devoción infinita en un empuje titánico. El grito que expulso es el eco de un alma que se parte en dos.
Una lágrima solitaria, pesada y cristalina, se desliza por mi mejilla izquierda, trazando el último camino de consciencia antes de que la oscuridad me reclame. Mis labios apenas se mueven, exhalando un nombre que es tanto una plegaria como una despedida:
—Lucian…
Y el mundo se apaga. El silencio cae como una losa de plomo sobre la habitación, interrumpido únicamente por el goteo rítmico y macabro de la sangre sobre el suelo.
El despertar es un laberinto de percepciones fragmentadas. La luz blanca y estéril del techo hiere mis retinas, y el olor acre a formol y desinfectante satura mis fosas nasales. Parpadeo lentamente, sintiendo mi cuerpo como una masa de plomo, inerte y vacía. Los músculos me duelen con un dolor sordo y continuo. Una enfermera de mirada esquiva y fría se encuentra de pie junto a la camilla, sosteniendo un bulto envuelto en sábanas grises.
Un atisbo de calor inunda fugazmente mi pecho. El instinto más primario se enciende. La esperanza, aunque maltrecha, intenta abrirse paso entre mi cansancio.
—Mi… mi hijo… —articulo con la voz seca, raspada, apenas un hilo de aire que brota de mis labios agrietados—Déjame verlo…
La enfermera no sonríe. Su rostro permanece rígido, esculpido en una mueca de lástima profesional que resulta profundamente ofensiva. Con movimientos lentos y mecánicos, extiende el bulto y lo deposita sobre mis brazos temblorosos.
Bajo la mirada, esperando encontrar el rostro rosado, el calor de la vida, el llanto vibrante de un nuevo comienzo nacido de mi sacrificio. Pero lo que mis manos sostienen es un frío intolerable. El bulto no se mueve. No hay respiración. Al retirar la sábana gris, la luz revela una pequeña figura inmóvil, de piel marmórea, azulada y completamente rígida. El cuerpecito está frío, ajeno a cualquier latido, un simulacro trágico desprovisto de alma.
El mundo se detiene. El aire desaparece de mis pulmones. Mi mente se niega a procesar la realidad entre mis manos.
—Hicimos todo lo posible. Luchamos hasta el último segundo para despejar sus vías, pero la hemorragia fue implacable; se asfixió con el exceso de sangre y coágulos en el canal de parto. No resistió —dice la enfermera con voz monótona, fría, como quien recita una sentencia inevitable—. Fue imposible salvarlo. Ya se le avisó al señor Monsalve.
Un silencio absoluto, denso y ensordecedor reina por un instante antes de que el dolor estructure un grito que no pertenece a este mundo. Un alarido desgarrador, nacido en lo más profundo de mis entrañas, revienta las paredes de la habitación.
—¡No, no! ¡Mi bebé no! ¡No! —aúlla mi voz, aferrando el cuerpecito inerte contra mi pecho con una fuerza desesperada, como si pudiera devolverle el calor con mi propia alma destrozada—¡Lucian! ¡Mi bebé! ¡Ayúdame, Lucian, nos lo arrebataron… Destruyeron nuestro amor. Lo destruyeron todo! ¡Aaaaah!