¡PERVERTIDO!

900 Palabras
Mis ojos se abrieron como platos. El mundo se detuvo. Podía oler su perfume: sándalo, cuero y algo metálico, como el dinero frío. —¿Pero qué diablos…? —el grito murió en mi garganta por un segundo debido al shock. Sentí su cuerpo musculoso presionando contra el mío, su altura de casi dos metros haciéndome sentir pequeña por primera vez en mi vida. Su mano en mi pecho se cerró con más fuerza, y soltó un gemido bajo que me asqueó y me enfureció a partes iguales. La adrenalina tomó el control. Apoyé mis manos en su pecho de acero y empujé con todas mis fuerzas, logrando crear una distancia mínima. Sin pensarlo, con un movimiento fluido nacido de la pura rabia, levanté mi mano derecha y descargué una cachetada que resonó en todo el pasillo. ¡ZAS! Su cabeza giró hacia un lado por el impacto. El silencio que siguió fue sepulcral. —¡Maldito pervertido! —le grité, mi voz temblando de furia—. ¿Qué te has creído? ¡Eres un maldito estúpido! ¡Suéltame ahora mismo antes de que llame a la policía y te arruine la vida! Él se llevó una mano a la mejilla, que ya empezaba a tornarse roja. Lentamente, volvió a mirarme. No había arrepentimiento en sus ojos. Había algo más oscuro, una chispa de diversión perversa mezclada con una arrogancia que me dio ganas de golpearlo de nuevo. —¿Tienes idea de con quién estás hablando, mesera? —su voz era un susurro peligroso, gélido, sin rastro del "favor" que me había pedido antes. —¡Me importa un bledo si eres el maldito Rey de Inglaterra! —di un paso adelante, quedando a centímetros de su rostro, ignorando que él me sacaba casi una cabeza de altura—. En este restaurante se respeta a la gente. Eres un cliente, no el dueño de mi cuerpo, imbécil. ¡Fuera de aquí! ¡Estoy a punto de matarlo! —Thalassa, ¿qué está pasando? —la voz de mi padre, Caspian, tronó desde la entrada del pasillo. Papá. Alaric me miró una última vez, recorriendo mis labios con una mirada que me hizo sentir que me estaba desvistiendo mentalmente. Luego, se ajustó el saco del traje como si nada hubiera pasado, recuperando su máscara de CEO imperturbable. Mis ojos se clavaron en los de Alaric. Eran dos pozos de ceniza ardiente. Si decía la verdad, si le contaba que este animal me había manoseado como si fuera carne en oferta, mi padre, con toda su elegancia diplomática, lo sacaría a patadas y probablemente llamaría a la policía, arruinando la reputación del restaurante que tanto les había costado levantar. No quería una escena. No quería que el sueño de mis padres se viera manchado por el fango de un escándalo s****l. —Nada, papá —solté, forzando una sonrisa que debió parecer más una mueca de dolor. Mi voz salió un poco más aguda de lo normal—. No ha pasado nada, todo ha sido una confusión. El señor… se tropezó y yo reaccioné de forma exagerada. Es el estrés de la hora pico, ya sabes. Mentirle a mi padre se sintió como tragar vidrios rotos. Papá entornó los ojos, alternando su mirada entre mi pecho agitado y la figura imponente de Alaric, que ahora se frotaba la mejilla con una parsimonia insultante. —¿Un tropiezo? —preguntó el hermano del pervertido, apareciendo detrás de papá con una ceja alzada y una chispa de diversión maliciosa en su rostro—. Mi hermano suele ser muy torpe cuando ve algo que le gusta, pero no sabía que tanto. Alaric le lanzó una mirada que podría haber congelado el mismísimo sol. Luego, volvió a fijar su atención en mí. —Una confusión desafortunada, en efecto —dijo Alaric, su voz era un terciopelo peligroso—. Vamos a nuestra mesa, Lucian. No queremos interrumpir más las… labores de la señorita. —Vayan, los acompaño —dijo mi padre, extendiendo la mano con cortesía profesional. —No, papá, tranquilo —lo interrumpí, poniéndome entre ellos—. Yo los acompaño. Ya estoy aquí, de todas formas. Tú vuelve a la cocina; mamá te necesita con el emplatado de la mesa seis. Papá dudó un segundo, me escaneó el rostro buscando la verdad oculta tras mis ojos azul medianoche, pero finalmente asintió y se retiró. Me quedé a solas con los dos depredadores. Lucian me dedicó una sonrisa de medio lado, mientras que Alaric mantenía una expresión gélida, aunque su respiración era pesada, como si todavía estuviera procesando la humillación de la bofetada. Caminamos de regreso al salón. Yo iba detrás de ellos, observando la espalda ancha de Alaric, la forma en que su traje a medida se movía con sus pasos seguros. Al llegar a la mesa, no me quedé de pie como una mesera sumisa. Me senté en la silla vacía frente a ellos, ignorando el protocolo, y me incliné hacia adelante, apoyando los codos en la madera pulida. —Escúchenme bien los dos —susurré, mi voz cargada de un veneno que solo el sarcasmo más puro puede destilar—. Este es un restaurante decente. Es el legado de mi familia. Aquí no hay "finales felices", aquí no se ofrece ese tipo de servicio. Se han confundido de lugar, de ciudad y, definitivamente, de mujer.
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