Alaric cruzó los brazos sobre su pecho musculoso. La tela de su camisa amenazaba con romperse ante la tensión de sus bíceps.
—Vaya, la gatita tiene garras —murmuró Lucian, apoyando la barbilla en su mano, observándome como si fuera el espectáculo más entretenido de Vancouver.
No me quedaré callada, ellos se han confundido.
—Cierra la boca —le espeté sin mirarlo, manteniendo mis ojos clavados en Alaric—. Van a pagar por cada gota del vino que pidieron y por cada gramo de esa carne gourmet. Y después de eso, se van a largar de aquí. No los demandaré solo por respeto a mis padres, porque este lugar es su sustento y aquí vienen personas respetables, algo que claramente ustedes no saben ser.
Alaric soltó una carcajada seca, un sonido carente de alegría que me erizó los vellos de los brazos. Se inclinó hacia adelante, invadiendo mi espacio personal hasta que pude oler de nuevo ese perfume embriagador de sándalo y poder.
—¿Personas respetables? —preguntó él, recorriendo con la mirada el escote de mi camisa—. Con esa vestimenta… me parece que el mensaje que envías es muy distinto al que intentas predicar ahora con tu moralismo de segunda mano, y no es tanto que fuese mi error, aquí se comenta que chicas como tú le encanta el dinero y son capaces de todo, y yo no tengo culpa que te hagas la indignada.
Sentí como si me hubieran arrojado un balde de agua hirviendo. Mi lado feminista, ese que había cultivado durante años de carrera en un mundo de hombres, estalló como una granada.
—¿Qué? ¿Qué tiene mi vestimenta? —le dije, bajando aún más la voz, pero dándole una intensidad cortante—. Dime, ¿acaso tengo un letrero en la frente o en la espalda que diga "follame"? ¿O es que tu cerebro es tan limitado que no puede procesar que una mujer tenga curvas sin que eso signifique que es una invitación para tus manos asquerosas?
Alaric abrió la boca para interrumpir, pero no lo dejé. Estaba en racha.
—Se están equivocando —continué, lanzándoles una mirada de puro desprecio—. Soy abogada —mentí con una naturalidad asombrosa, sabiendo que el miedo a una demanda suele ser el único lenguaje que entienden los tipos como él—. Y puedo denunciarlos por acoso s****l ahora mismo. Así que respeten. De nada les sirven esos trajes de diseñador que llevan si por dentro solo hay basura.
Eché un vistazo a sus relojes, a la pulcritud de sus puños.
—Y paguen, que aquí nada es gratis —añadí con una sonrisa cargada de sarcasmo—. Y por favor, no me vengan con el cuento de que son influencers o que esos trajes son alquilados y solo vienen a los restaurantes a estafar para tomarse fotos. Paguen y lárguense.
¡Así se habla!
Te has convertido en toda una fiera, todo para defender el tesoro de mis padres.
—¡Alaric! ¡Te ha llamado estafador! —gritó Lucian entre risas—. ¡Dios mío, esto es oro puro!
—Cállate, Lucian —rugió Alaric, golpeando la mesa con el puño. Sus ojos gris tormenta brillaban con una furia contenida que me hizo dudar por un segundo, pero mantuve la barbilla en alto.
—Me retiro —dije, levantándome con elegancia, aunque mis rodillas se sentían como gelatina—. Iré por la terminal de pago para que salden su deuda y nos dejen en paz.
Caminé hacia la barra con el corazón desbocado. "Ese par de imbéciles no se saldrá con la suya", me repetía una y otra vez. Mientras buscaba la maquinita, sentí la mirada de Alaric quemándome la espalda.
Regresé a la mesa con paso firme. Puse la terminal sobre el mantel blanco con un golpe seco.
—¿Quién paga? —pregunté con una frialdad absoluta.
Lucian, aún con restos de risa en los ojos, sacó una tarjeta negra de titanio, de esas que no tienen límite de crédito. La deslizó por la mesa hacia mí.
Tragué grueso, ¿será que este par no son pobres?
Nooo, no me tengo que dejar llevar por el color de la tarjeta. ¡Puede que sea prestada!
—Yo invito, Alaric está demasiado… ocupado intentando no explotar —dijo Lucian, guiñándome un ojo—. Por cierto, Thalassa, tienes mucho fuego. Me gusta.
Alaric no dijo una palabra. Estaba rígido en la silla, con las manos entrelazadas, observándome como si fuera un rompecabezas que quería destruir y armar al mismo tiempo. El silencio entre nosotros era una cuerda tensa a punto de romperse. Procesé el pago, que era una suma considerable, y le devolví la tarjeta a Lucian.
—Aquí tienen su recibo —dije, dejando el papelito sobre la mesa—. Espero que no regresen. El mundo no necesita más tipos como ustedes, que creen que el dinero les da derecho sobre el espacio de los demás. Así que, largo.
Me di la vuelta sin esperar respuesta, sintiendo una mezcla de triunfo y terror.
Sabía que si me quedaba un minuto más con ese par de infelices pervertidos, los mataría. Mierda, el escándalo es mala imagen para el restaurante.
Mis padres confían en mí y ahora más que nunca debo estar pendiente de los empleados que mamá contrata.