Humillado

911 Palabras
+ALARIC+ El cuero del volante crujió bajo la presión de mis nudillos; mis dedos se hundían en el material mientras la sangre todavía me pulsaba con violencia en la mejilla izquierda. El motor del Koenigsegg rugía en ralentí, un sonido gutural que apenas lograba opacar el caos que bullía dentro de mi pecho. No era dolor; era una humillación líquida que me quemaba las entrañas. —¡Maldita sea! —solté un puñetazo seco contra el timón, haciendo que el claxon soltara un alarido breve en el estacionamiento del restaurante. A mi lado, Lucian soltó una carcajada que fue la gota que derramó el vaso. Se estaba limpiando las lágrimas de los ojos, recostado en el asiento de cuero italiano como si acabara de ver la mejor comedia de Broadway. —¡Calma, Alaric! Por el amor de Dios, respira —dijo entre hipos de risa—. Has ganado la apuesta, ¿no? La tocaste. Cumpliste tu parte. Solo que... bueno, no pensaste que ella fuese diferente a las meseras que solemos ver en este tipo de sitios rústicos. —Cierra la boca, Lucian. No estoy de humor —gruñí, girando la cabeza para clavarlo con una mirada que habría hecho que cualquier ejecutivo de Aetheris se orinara encima. Pero Lucian era mi hermano; él conocía al monstruo desde que compartíamos cuarto. —Es que tienes que admitirlo —continuó él, ignorando mi advertencia—, siempre venimos aquí para pasarla bien; las chicas suelen ser... manejables. Un par de billetes, un guiño, y están dispuestas a todo en el callejón. Pero esta... esa rubia es otro nivel. Esa mujer tiene fuego en las venas y una lengua que corta más que tus malditos diamantes de seguridad. Me enfrenté a él, girando el cuerpo con una brusquedad que hizo que el cinturón de seguridad se tensara. —¡Es tu culpa! —le espeté, señalándolo con un dedo tembloroso por la adrenalina—. Te dije que no estoy para juegos de niños. Esa mierda de reto, esa apuesta estúpida... mira dónde terminó. La zorra esa se las dio de la gran dama, de "abogada" de alta alcurnia. ¿Quién carajos se cree? ¡Me llamó estafador, Lucian! ¡A mí! ¡A Alaric Nightshade! Sentí un tic nervioso en la mandíbula. El recuerdo de sus ojos azul medianoche, cargados de un desprecio tan genuino que me hizo dudar de mi propio reflejo, me golpeaba una y otra vez. Nadie me miraba así. Nadie me golpeaba. Mi mundo se basaba en la reverencia o el miedo, y ella no me había dado ninguna de las dos. —¡Aaaaaah! Si supiera quién soy... —golpeé el tablero, el sonido del plástico reforzado resonando en la cabina cerrada. —Cálmate, hermano. Sabes que no nos conviene un escándalo —Lucian se puso serio por un microsegundo, acomodándose la chaqueta—. Papá nos mataría si el nombre Nightshade sale en los tabloides por una pelea en un restaurante de carnes. Esa chica está loca, te lo digo yo. Aunque... diablos, tengo que confesarlo: me gusta. Esa actitud de "no me toques que te destruyo" me excita. Me dieron ganas de volver solo para ver si me pega a mí también. —¡Cállate, imbécil! —le solté un revés al aire para que se apartara—. Por tu culpa esa estúpida me humilló. Me trató como a un muerto de hambre que alquila trajes para sacarse fotos. ¿Tienes idea de lo que eso significa para mi ego? ¡Yo construí un imperio mientras tú estabas en Ibiza gastándote el fondo de fideicomiso! Lucian suspiró, volviendo a su pose de despreocupación, aunque sus ojos escaneaban mi mejilla roja con una mezcla de lástima y diversión. —Bueno, el lado positivo es que ganaste el reto —dijo encogiéndose de hombros—. Así que ahora soy yo quien tiene que pagar. —Exacto —lo corté, mi voz volviéndose fría como el acero—. Y vas a pagar como se debe. Por tu culpa pasé este trago amargo, así que ahora tú vas a empezar a trabajar. Y no hasta el año nuevo como habías planeado con tus amigotes en los Hamptons. Vas a empezar mañana mismo. Recuerda lo que papá te dijo: si no trabajas, si no te integras a la estructura de la empresa, no te darán un centavo más. Se acabó la tarjeta negra, Lucian. Se acabó la buena vida. Mi hermano mayor se puso pálido, su sonrisa desapareciendo más rápido que una inversión en quiebra. —¿Mañana? Alaric, no jodas. Tenemos el viaje a Whistler... —¡He dicho mañana! —rugí, encendiendo el motor y haciendo que el auto vibrara con una potencia contenida—. Yo tengo treinta y ocho años, Lucian. He trabajado durante dieciocho años sin descanso en Aetheris. He levantado la aguja de obsidiana desde los cimientos. ¿Y tú qué? Tienes treinta y dos años y no has hecho nada de nada. Ni un solo balance, ni una sola junta, nada más que gastar y perseguir faldas de seda. Puse la marcha y salí del estacionamiento quemando llantas, dejando una nube de humo blanco frente a la fachada rústica de "The Gilded Compass". En el retrovisor, vi la silueta del restaurante alejándose. Era un lugar pintoresco, sí, pero con un alma demasiado grande para su tamaño. O tal vez era ella quien tenía un alma demasiado grande.
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