+THALASSA+
El estruendo del motor de aquel deportivo alejándose a toda velocidad resonó en los cristales de la fachada, dejando tras de sí un silencio denso y un olor a caucho quemado que se filtraba por la rendija de la puerta. Me quedé estática un segundo, con la bandeja apretada contra el muslo, sintiendo cómo el corazón me golpeaba las costillas como un pájaro enjaulado.
—Vividores —mascullé para mis adentros, sintiendo un nudo de bilis en la garganta—. Eso es lo que son. Un par de parásitos con fachada de oro.
Traté de convencerme de que esa tarjeta negra, la famosa Centurion de titanio que Lucian había deslizado con tanta arrogancia, no era más que el trofeo de alguna de sus conquistas. Seguramente pertenecía a una de esas mujeres de la alta sociedad de Vancouver, esas "mujeres azucaradas" que se inyectan botox para desayunar y necesitan el colágeno de un tipo de treinta y tantos para sentirse vivas. Sí, una sugar mommy desesperada por un poco de atención de un tipo que, aunque por fuera pareciera un dios griego, por dentro no debe tener más que serrín y ego.
Reconozco que el karma se puede salir con la suya y que mis propias palabras sean mi maldito castigo, pero es que en este momento estoy que no pienso bien.
—Pero ahora me gusta el chisme… Seguro es eso —susurré, sintiendo una punzada de amargura—. Ella le paga los trajes, ella le paga los vicios, y él sale a la calle a creerse el dueño del mundo.
De pronto, la imagen de Alaric contra la pared del pasillo volvió a mi mente. La presión de su mano, la firmeza de sus músculos, ese aroma a sándalo que no olía a "barato" ni a "alquilado". Sentí un escalofrío traicionero y, en un arrebato de frustración, me propiné tres bofetadas rápidas en las mejillas. ¡Zas, zas, zas!
—¡Cállate, Thalassa! ¡Cállate, estúpida! —me recriminé, ignorando la mirada curiosa de un cliente en la mesa de al lado—. ¿En serio vas a envidiarlas? Esas mujeres son mejores que tú porque tienen lo que tú no: un hombre detrás... ¡No! ¡Qué asco! Estás diciendo puras estupideces. Lo que tienes es el orgullo herido y la mano caliente.
Me sacudí el uniforme, tratando de recomponerme. Crucé el salón con paso marcial, esquivando las mesas con la agilidad que solo dan años de ballet y meses de estrés contable. Al llegar a la barra, me encontré con la mirada dulce pero inquisitiva de mi madre, Elara. Estaba terminando de pulir unas copas de cristal, pero sus ojos de curadora de arte, esos que detectan una imperfección a kilómetros, estaban fijos en mi rostro encendido.
—Mi niña, estás roja como un tomate —dijo mamá, dejando el paño de lino a un lado—. Ya llegaron Sara, Alejandro y Josué para el turno de la tarde. Así que ya puedes irte a descansar, te...
—No, mamá —la interrumpí, dejando la terminal de pago sobre el mostrador con un golpe más seco de lo necesario—. Quiero quedarme. Quiero ayudar. Hay mucho movimiento y no quiero que se saturen.
En este momento mi tarea es ayudar y, segundo... Investigar.
Mi padre, Caspian, emergió de la cocina secándose las manos con un trapo. Su porte diplomático seguía intacto, pero el ceño fruncido delataba que no se había tragado ni una palabra de mi actuación en el pasillo.
—Esos hombres que se acaban de ir —comenzó papá, apoyando las manos en la barra de madera—, esperaban algo más que una comida, ¿verdad? Thalassa, dime la verdad. ¿Te faltaron el respeto? Porque si ese sujeto puso una mano sobre ti, no me importa quién sea, iré tras él.
Sentí una punzada de culpa. Mi padre era un hombre de honor, un ex diplomático que creía en la palabra y el respeto. Si le decía la verdad, estallaría una guerra que no podíamos ganar.
—No, papá, de verdad —mentí, forzando una risa sarcástica y fingiendo que acomodaba unos cubiertos—. Es que... pensaban que era influencer. Ya sabes cómo son esos tipos ahora. Querían que hiciera un video para sus redes, algo ridículo, un reto de esos de t****k. Y me negué. El restaurante no necesita de esa publicidad barata de gente que solo busca seguidores.
Papá arqueó una ceja, claramente escéptico. Miró hacia la puerta por donde habían desaparecido.
—No parecían influencers, Thalassa. Su vestimenta, la forma en que se movían... ese hombre, el mayor, tenía una presencia que solo da el poder real.
—¡Ay, papá! —exclamé, soltando una carcajada forzada y llena de sarcasmo—. ¡Eso es puro fraude! Esos trajes se rentan en cualquier tienda de lujo de Robson Street por unos cientos de dólares. Y esa tarjeta... por favor, probablemente sea de su madre, de una amiga rica o de algún negocio turbio. No creamos en todo lo que miramos. Vancouver está lleno de gente que finge ser lo que no es para que les den mesa en los mejores lugares. Son estafadores de imagen, nada más.
—Tenía un reloj Patek Philippe, hija —murmuró mamá, que conocía bien los accesorios de la élite—. Y no era una imitación.