Mantengo los ojos cerrados y lucho contra el dolor en mi costado. Pero, aun así, puedo sentir la presencia de Luciano en la habitación. —Necesito que le apliquen el ungüento antibiótico sobre la herida cada vez que cambien el vendaje. Le he puesto una vacuna contra el tétano para prevenir cualquier situación, pero si se presenta fiebre, enrojecimiento o hinchazón, no duden en llamarme. —Sabes que lo haré, gracias por venir —escucho antes de que el silencio me envuelva y me permita respirar con más tranquilidad. Apenas recuerdo entrar al edificio, en medio del trayecto; perdí la conciencia y, cuando volví a abrirlos, ya estaba sobre la cama y siendo atendida por un hombre de mediana edad que, supongo, es el médico que ordenó Luciano estuviera esperando. —A mí no me engañas, sé que estás

