La humillación que siento no tiene nombre y rivaliza con la furia que me recorre las venas. Luciano debió mandar a sacar a esa maldita mujer. La mañana y parte de la tarde ha sido intensa y llena de emociones que no pensé sentir. La escena de Luciano y esa mujer en el restaurante aún arde en mi mente como una llama que no quiere extinguirse. Las puertas del elevador se abren y me encamino hacia el salón del piso privado que comparto con Luciano, arrojo las bolsas sobre el sofá antes de regresar al elevador y marcar el piso superior. Las puertas no demoran en abrirse para mostrarme el piso solitario. Avanzo por la orilla de la piscina y tomo asiento en uno de los camastros. Me repito una y mil veces que no debería sentirme… ¿Celosa? —Ah, no. Eso sí que no —me digo en voz baja. ¿Celosa de

