Tomo la bandeja donde descansan dos tazas de café y salgo de la cocina con premura, atravieso el salón con destino a las escaleras, ignorando todo el revuelo que hay con los preparativos de la boda de la hija del jefe. Una vez arriba, avanzo por el pasillo y me detengo en la entrada de la habitación de Lena Vitale, la hija de uno de los capos de la cosa nostra.
—Necesito ajustar un poco en la cintura. —Escucho, que dice la modista mientras dejo el café sobre una mesa cercana.
—Tengo que irme, no tengo tiempo para hacer esto —replica, Lena en tono hosco.
—Pero necesitamos ajustar el vestido, ahora. La boda es mañana, señorita Vitale. —Le recuerda la mujer viéndola con el ceño fruncido. Lena echa para atrás su rubio cabello y la atraviesa con sus ojos azules.
—Dije que ahora no tengo tiempo para esto. —Sisea, tirando de mala gana del vestido, mientras intento escabullirme de vuelta a la cocina. — ¿Ravenna?
Me detengo en seco y me enderezo.
—Sí, señorita Vitale —digo en tono profesional. Ella me mira con algo parecido a desagrado, viendo encima de mi uniforme de servicio y mi cabello rubio platinado en un moño que está algo desordenado.
—Ayuda a esta mujer a ajustar mi vestido. Ambas tenemos una silueta parecida, yo necesito salir un momento y no tengo tiempo para quedarme a ajustar un maldito vestido de novia cuando en realidad solo deseo clavarle un cuchillo al novio.
Ninguna en la habitación replica, solo asiento algo sorprendida por su demanda y sus palabras. Lena había llegado desde Francia, donde vivía de incógnita, y había regresado hace tres meses porque se espera que ella contraiga matrimonio con el primero al mando del señor Vitale, y así perpetuar el poder de su hija, ya que una mujer no puede dirigir una familia. O al menos es lo que proclama Massimo Vitale, el padre de Lena. Ella no estaba feliz por eso y la había visto escabullirse varias veces fuera de la casa a escondidas. Lena me hizo prometer que no diría nada; así que supongo que hay alguien más y por eso está reacia a casarse con el hombre escogido por su padre.
—¡Muévete, Ravenna! —exclama Lena acercándose al vestidor, donde la sigo algo desconcertada. Ella sale del vestido y me lo arroja. —Voy a escabullirme por la puerta trasera, así que, si preguntan por mí, diles que me acosté con migraña, ¿soy clara?
—Si, señorita —murmuro desvistiéndome, ella me mira con la nariz arrugada cuando ve mis tatuajes. Lena Vitale es la perfecta mujer de sociedad que siempre va de punta en blanco, la hija consentida de su padre. Pero a mi parecer le falto madre a la malcriada. «Unos dicen que se fue una noche para no volver, otros que Massimo Vitale la encontró siéndole infiel y la corto en pedacitos. Muchos rumores y pocas afirmaciones». Lena toma una bufanda muy al estilo dramático y la deja sobre un mueble que está en el centro del vestidor, mientras yo entro en su vestido corte sirena, escote corazón que deja mi espalda al descubierto dejando ver mi tatuaje de flores de cerezo. Ajusto el vestido y me doy cuenta de que ella tiene razón al decir que tenemos el mismo tipo de cuerpo. Cuando salgo del vestidor, la modista me mira con curiosidad antes de señalar el pedestal frente a un espejo de cuerpo entero.
—Esto es una locura —escucho que dice y empieza a ajustar la prenda.
Mi mirada se fija en el espejo y mis ojos grises expresan el desconcierto de la situación. Mi trabajo es servir en la casa Vitale, no ser la muñeca de tallaje de Lena. Cuando mi padre murió hace unos meses. He pensado en irme, pero no es algo fácil de hacer. Mi padre había servido toda su vida al capo, pero no es una vida que quisiera para mí. Había visto sangre, disputas, y traiciones durante toda mi vida, y no era algo que deseaba seguir viendo en un futuro. Así que después de la boda renunciaría y me iré a empezar una nueva vida lejos de tanta violencia.
Mis ojos se clavan en Lena, que aparece llevando mi uniforme de servicio y ajusta su pañuelo.
—¿Quién diría que eras una buena carta, Ravenna? —expresa con mofa.
—Pero… si usted se lleva mi uniforme, ¿qué me pondré?
—No lo sé, usa la cabeza, Ravenna y será mejor que no te descubran o no querrás que le diga a mi padre que estabas en mi habitación hurgando como una ladrona.
Aspiro con fuerza ante sus palabras y me muerdo la lengua recordando las palabras de mi padre. «No se puede ser ni muy tonto en esta vida, pero tampoco responder ante los demás con la cabeza caliente; eso mantendrá tu cabeza sobre los hombros, mi querida Ravenna. No se te olvide». Eso aplica para las acciones y las respuestas; es algo que a veces olvido, pero detesto las injusticias. Hago una mueca cuando me pinchan con uno de los alfileres y veo salir a Lena Vitale.
—Qué mujer tan insufrible —comenta la mujer. Por mi parte no niego ni afirmo nada. En este mundo las palabras son dagas y, en este caso, balas.
Durante unos cinco minutos permanezco sin moverme cuando el sonido de un disparo atraviesa el silencio y me hace saltar en mi lugar. Apenas tengo tiempo de reaccionar cuando la puerta de la habitación se abre de un tirón y a mi lado cae la modista bajo el arma de un hombre, haciéndome gritar al verla inerte sobre la alfombra.
—La encontré como dijeron abajo. —Anuncia el hombre a un auricular cuando sus ojos caen sobre mí. Mis ojos se llenan de lágrimas cuando escucho un segundo estruendo y dos hombres empujan a mi jefe dentro de la habitación, arrojándolo a mis pies.
Abro la boca cuando un cuarto hombre aparece.
—Massimo Vitale. Sabía que eras una rata —dice en tono marcado. —Pero intentar unirte a los rusos para cortar mi cabeza, eso es peor que traición. Eso es ser un arrastrado de mierda —sisea antes de patear al señor Vitale en el rostro, haciéndolo gemir de dolor.
—Señor…
—¡Cierra la boca! —Escupe el que disparó a la mujer a mis pies y veo le da con la cacha del arma en la cabeza al señor Vitale.
—Ahora me voy a quedar con todo lo que te pertenece, —continúa el hombre que entró de último. —Tus propiedades, dinero y lo más preciado que tienes, tu hija —señala hacia mí, apenas viéndome, ¿qué? —Ella será mi trofeo y todos sabrán lo que pasa a quienes intenta joder conmigo. —Doy un paso atrás cuando toma por el cabello al señor Vitale y ajusta su arma bajo el mentón. La mirada de Massimo recae en mí y parpadea unos segundos con confusión antes de que un atisbo de sorpresa pase por sus ojos antes de sonreír con suficiencia.
—Puedes irte a la mierda, Luciano Cavallaro —susurra y grito cuando él aprieta el gatillo mientras lloro sin poder contenerme. «Esto parece una pesadilla, una de la cual necesito despertar». Miro a los lados, fijándome en los dos cueros en la habitación y a los cuatro hombres de pie frente a mí.
—Llévala al auto —ordena el asesino de Vitale.
—¿Qué? —Doy un paso atrás— ¡No! —grito cuando el más grande me sujeta de la muñeca.
—Coopera —gruñe cuando me resisto.
—¡Suéltame! Son unos malditos asesinos y no voy a ningún lado con ustedes —lo golpeo y le entierro las uñas en los brazos cuando su agarre se afianza al punto de hacerme daño antes de echarme sobre sus hombros y seguir al resto. — ¡Bájame! —Continuó gritando y golpeándole, pero no se inmuta. Mientras avanzamos, puedo ver los cuerpos extendidos sobre todos lados y nuevas lágrimas salen de mis ojos. «No hay nadie de la casa vivo» Ahogo un sollozo y susurro que me deje ir, peor es inútil.
Cuando salimos, veo pies que pasan a mi lado y lanzan órdenes antes de ser arrojada como un saco de papas en una camioneta, el hombre sujeta mis manos hacia atrás con bridas, por inercia le lanzo una patada que él esquiva mientras chillo histérica una serie de improperios antes de que mis labios sean sellados con una cinta de embalar. El hombre cierra de un portazo, intento abrir la puerta cuando la misma se abre y el asesino de Massimo Vitale sube haciéndome retroceder. Sus ojos verdes me estudian un segundo antes de mirar al frente donde la puerta se abre y el hombre que me saco de la casa sube tras el volante y echa los seguros.
—¿Todos están muertos?
—Como lo ordeno. No hay nadie con vida en la propiedad.
Aspiro ante sus palabras y niego, viendo alrededor cómo efectivamente los custodios están muertos. «Toda la gente que he conocido en gran parte de mi vida está muerta».
—Salgamos de aquí. —El hombre asiente y emprendemos el camino seguido de varias camionetas más. Cuando llegamos a la entrada, veo un coche aparcado a un lado lleno de agujeros por armas largas y lloro cuando veo el cuerpo de Lena Vitale sobre el volante con disparos en su cuerpo. Dejó caer la frente sobre el vidrio y balbuceo contra la cinta.
—Guarda esas lágrimas para cuando sea necesario, señorita Vitale. —Mi cabeza se dispara hacia él mientras el reconocimiento de lo que está sucediendo me embarga.
¡Dios! Él cree que soy la hija de Massimo… Él cree que soy Lena. También caigo en otra cosa, estoy frente a Luciano Cavallaro, el don. El jefe de jefes. Recuerdo las palabras de este en la habitación y fue claro: Todo esto es por querer joderlo. Lena es su trofeo, su demostración de que nadie queda impune si osan a pensar en ir por él. Si él descubre que no soy Lena Vitale no soy relevante, no soy importante… No soy indispensable.