Capítulo 2.

1261 Palabras
Pov. Leonardo Cavallaro.  La tarde cae sobre la oficina ubicada en lo alto del edificio que me pertenece en medio de la gran manzana con vistas al central Park. Sorbo de mi bourbon y cierro los ojos disfrutando de la pieza de ópera la Obertura 1812 compuesta por Chaikovski. La pieza le va como anillo al dedo por los hechos ocurridos este día y me siento complacido por el resultado. Nadie intenta joder a un Cavallaro y sale ileso. Por algo he mantenido mi cabeza sobre los hombros y soy el Capo di tutti capi de la Cosa nostra. He exterminado a los traidores. Así, las familias que están bajo mis órdenes podrán ver que no me tiento el corazón para hacer lo que debo. Me he forjado y mantenido un imperio a través de sangre y seguirá siendo de esa manera. Era consciente de que mi presencia llenaba, donde llegaba, una mezcla de autoridad y amenaza que incluso mis propios hermanos respetaban. Cuando descubrí que Massimo Vitale estaba en contacto con los rusos, supe que ya era hora de cortar de raíz la maleza que intentaba colarse en mi jardín. Aunque he dejado un pequeño brote que pienso mantener a mi conveniencia y durante el tiempo que me parezca oportuno. Lena Vitale, realmente no sabía cuán exótica era. Massimo siempre que hablaba de su hija, la definía como una delicada y sumisa mujer que sabía cuál era su destino; «sin embargo, la mujer que he visto está lejos de definirla como delicada y sumisa, es más como una gata rabiosa». Una sonrisa irónica tira de mis labios antes de sorber un poco de mi vaso cuando la puerta de mi oficina se abre y aparecen mis hermanos, Ángelo y Dante. Sin decir una palabra, toman asiento en las dos sillas frente a mi escritorio. A mi derecha está Dante, mi segundo al mando, el cual sostiene un cigarro entre los dedos, su mirada fija en el fuego que crepita en la chimenea. Por su parte, Ángelo, mi consigliere a mi izquierda, tamborilea los dedos en la madera de mi escritorio con un ritmo impaciente. Sé que están tensos por mis acciones recientes y lo que puede afectar mi poder sobre la organización. —¿Entonces? —Ángelo rompe el silencio en un tono que no esconde su frustración—. Hemos eliminado a todos los Vitale. Los hombres, las mujeres, los que sabíamos que podrían representar una amenaza. Y ahora nos enteramos de que has decidido quedarte con Lena Vitale. ¿Por qué? ¿Qué sentido tiene mantenerla con vida? Detengo la sinfonía y clavo mis ojos sus ojos sobre mi hermano. —Lena no es solo una sobreviviente, Ángelo. Es una oportunidad. Dante a su lado arquea una ceja, exhalando el humo de su cigarro con lentitud. —¿Una oportunidad? Explícate, Luciano. Porque, hasta ahora, todo esto me parece una complicación innecesaria. Me inclino hacia adelante, sus manos entrelazadas sobre la mesa. —Lena es la última Vitale. La única que queda de una familia que tuvo la osadía de traicionarnos. —Le recuerdo con frialdad llamando la atención de ambos—. Podríamos matarla, sí. Eso cerraría el capítulo. Pero, lo más inteligente es usarla a mi favor. —¿A tu favor? —repite Ángelo, frunciendo el ceño—. ¿Cómo? Es una Vitale. Su familia intentó destruirte. Es peligrosa, Luciano. —Precisamente por eso —respondo con calma—. Lena será mi esposa. La declaración cae como una bomba en la habitación. Dante se queda inmóvil, con el cigarro a medio camino entre sus labios y su mano. Ángelo deja de tamborilear sus dedos y se pone de pie, su silla raspando contra el suelo. —¿Qué demonios estás diciendo? —exclama, subiendo su tono—. ¿Casarte con ella? ¿Después de todo lo que hemos hecho para erradicar a los Vitale? ¡Eso es una locura! Lo miró sin pestañear, con expresión imperturbable. —No es una locura. Es estrategia. Lena lleva el apellido Vitale, pero ahora será una Cavallaro. Su unión conmigo simbolizará la completa absorción de su linaje. No solo habremos eliminado a su familia, sino que habremos reclamado lo último que les quedaba. Y, mientras tanto, ella me dará un heredero. Dante se recuesta en su silla, observándome con una mezcla de curiosidad y escepticismo. —¿Un heredero? —pregunta lentamente—. ¿Y qué pasará después, Luciano? Porque no pareces el tipo de hombre que planea vivir felizmente casado con una mujer a la que detestas. Le doy una pequeña sonrisa, fría y sin humor. —Después, Dante, Lena dejará de ser útil. Cuando tenga a mi hijo, cuando cumpla con su propósito, su destino será irrelevante. Puede desaparecer. Puede vivir encerrada en algún rincón olvidado del mundo. No me importa. Lo único que importa es que, mientras esté aquí, su vida será un recordatorio constante de lo que les sucede a quienes se atreven a desafiarme. Además, mi heredero será parte de la organización, proveniente de una de las familias y sin tener que lidiar con dicha familia. Ángelo se deja caer de nuevo en su silla, sacudiendo la cabeza como si intentara procesar lo que acababa de escuchar de mis labios. —Esto no es solo estratégico, Luciano. Esto es... cruel. Vas a hacerle la vida un infierno. ¿Crees que no va a pelear? —No me interesa si pelea o no —replico, en tono afilado—. Lena no tiene elección. Está en mis manos. No tiene familia, no tiene aliados. Está sola, y lo sabe. La resistencia solo hará que su sufrimiento sea mayor. Dante apaga su cigarro en un cenicero de cristal, sus ojos aún fijos en mí. Sé que tiene mucho que decir, pero soy su más que su hermano. —No puedo negar que tu plan tiene sentido desde un punto de vista estratégico, pero hay algo que no me cuadra, y es que, si intentas forzarla demasiado, podrías terminar creando un enemigo aún más peligroso. Me levanto lentamente, ajusto el puño de mi camisa antes de mirar a Dante. —No subestimes mi capacidad de control, Dante. Lena no será un problema. Si intenta rebelarse, encontrará rápidamente los límites de su situación. Y, si realmente se convierte en una amenaza, ya sabemos cómo manejar a las amenazas. —Hago una pausa, endureciendo mi mirada—. Esto no es negociable. Lena será mi esposa. Tendrá a mi hijo. Y cumplirá el papel que le asigne, le guste o no. Ángelo suelta una carcajada seca, aunque no hay humor en su voz. —Espero que sepas lo que estás haciendo, hermano. Porqué esto tiene el potencial de volverse un desastre. Y si sucede, no esperes que yo limpie el desastre por ti. Ignoro su comentario, camino hacia la ventana y observo el paisaje exterior. Desde donde podía ver los límites de mi vasto imperio, el resultado de años de planificación, traiciones y sangre derramada. Lena Vitale es la última pieza en el tablero. Una pieza que pienso controlar, manipular y, eventualmente, descartar. —El juez está de camino —anuncio. —Así que espero que estén presentes y sean mis testigos. —No es una petición. Con eso doy por terminada la conversación. Dante y Ángelo abandonan la oficina con expresiones sombrías; mientras permanezco frente a la ventana, mi mente ya está trazando los próximos pasos. Lena no lo sabe aún, pero el infierno que estoy diseñado para ella está a punto de comenzar.
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