Capítulo 3.

1981 Palabras
Estoy sentada en el borde de la cama, con las manos temblorosas apretadas contra sus muslos; mis muñecas en las bridas ya están en carne viva de las veces que he intentado salir de ellas. El encierro empieza a devorar mi espíritu. Llevo horas aquí y no sé qué es lo que trama ese psicópata. Resoplo y maldigo entre dientes cuando mi mirada recae en la manilla de la puerta. Había perdido la cuenta de las veces que he intentado abrir la puerta a golpes o gritar por ayuda, solo para encontrarme con el mismo resultado: el silencio absoluto. Nadie ha venido a verme desde que llegué a este maldito lugar. Flashback. La camioneta entra derrapando en un estacionamiento subterráneo. Ambas puertas traseras se abren y un hombre que parece un armario empotrado me sujeta las manos. Cabreada y asustada por todo lo que está sucediendo, lo pateó y él maldice. —¡Maldita sea mujer! —Me mira enojado mientras se frota la pierna. Alarga su mano nuevamente y vuelvo a mover mis piernas para golpearlo. — ¡Carajo! Pareces una gata rabiosa —gruñe, y en respuesta yo farfullo furiosa contra la cinta que cubre mis labios. —¿Te quedó grande sacarla de la puta camioneta? —Sisea Cavallaro apareciendo en un costado de la camioneta. El armario empotrado da un paso atrás y baja la mirada negando. Antes de que diga algo, Cavallaro se acerca y me saca de la camioneta sin importar mis arremetidas. Me arroja sobre sus hombros como un saco de papas y echa a andar por el lugar. Su brazo hace presión sobre mis muslos, pero lo golpeo por la espalda con mis manos unidas cuando entramos al elevador. Al tiempo que siento deja caer su palma abierta sobre mi trasero, haciéndolo escocer con incredulidad, me enderezo como lo poco que puedo. —Detente o no respondo. —Advierte en tono frío cuando las puertas del elevador se cierran. —Llama a Spencer y dile que lo espero en una hora. También convoca una reunión para esta noche. Le da órdenes a alguien que está con nosotros en el elevador. Las puertas del elevador se abren y mis ojos solo ven un elegante piso pulido. Sus pies resuenan sobre él mismo, un segundo estoy sobre sus hombros y al siguiente reboto sobre una superficie blanda. Miro con desprecio al hombre frente a mí, alarga la mano y tira de la cinta sobre mis labios, haciendo que escueza. —¡Maldito, imbécil! —Grito removiéndome en la cama. —Cierra la boca. Ahora vas a quedarte aquí hasta que vengan por ti. Y será mejor que no des problemas, porque si tengo que mandarte con tu padre, no me lo voy a pensar. —Con eso se acerca a la puerta que está abierta y de pie en esta el armario empotrado. —Está atento por cualquier cosa, nadie entra a menos que yo lo ordene, ¿soy claro? —Sí, señor. —Espeta este en tono serio antes de que las puertas se abran, dejándome sola. Miro alrededor y bufo echando un mechón de cabello que se ha colado sobre mi rostro. —¿Y ahora qué va a pasar conmigo? —susurro a nadie, sentada sobre la cama, con las manos atadas. Tiro de las bridas, pero no ceden. Me pongo de pie y camino por la habitación. A través de los grandes ventanales me doy cuenta de que estoy en lo alto del edificio que tiene vistas a Central Park. Me alejo de los ventanales y me encamino al baño, donde busco frenéticamente en los cajones en busca de algo que me ayude a desatarme. Final de Flashback. El sonido de llaves girando en la cerradura me trae al presente. Me pongo de pie de un salto, y mi corazón late con fuerza en el pecho. La puerta se abre, revelando al armario empotrado con tatuajes que veste de n***o. Su rostro es inexpresivo, y su mirada es fría. —Ven con nosotros —ordena uno de ellos, su voz grave y sin emoción. —¿Qué quieren ahora? —espeto y retrocedo un paso. He aprendido que cualquier interacción con los hombres de Luciano Cavallaro solo trae más problemas. —No lo hagas más difícil de lo que ya es —replica el hombre, dando un paso hacia mí. De su bolsillo saca una navaja y antes de que proteste corta mi atadura. —Si quieres que sea amable, no intentes nada. Por un momento pienso en resistirse, en pelear, en hacer algo, pero sé que sería inútil. Había probado mi fuerza contra ellos antes y no ha salido en mi beneficio. A regañadientes, me dejó guiar fuera de la habitación, con la mente llena de preguntas y sí, llena de temor. Me guía a través de un largo pasillo, decorado con lujosos tapices y cuadros antiguos. El lugar es solitario, las paredes parecen querer recordarme que estoy en un lugar donde el poder y la riqueza dominan, y yo era solo una pieza insignificante en el tablero de ajedrez de alguien más. Subimos a un elevador, las puertas se cierran cuando él marca un piso inferior. Las puertas no tardan en volver a abrirse y al hacerlo veo algunos hombres de pie en la salida del mismo. El hombre de gran tamaño me mira y con resignación salgo del ascensor. Avanzamos por el lugar hasta que, finalmente, llegamos a una puerta doble de madera maciza. Uno de los hombres de pie fuera de esta la empujó con facilidad, y soy conducida al interior de un despacho que irradia autoridad. El aire huele a cuero y tabaco, las estanterías están llenas de libros antiguos que cubren las paredes, dándole un aire intimidante. Sentado detrás de un imponente escritorio está Luciano Cavallaro, el hombre que personifica la arrogancia, la crueldad y un poder que parece no tener límites. A su lado, de pie, había dos hombres más un poco más jóvenes que Cavallaro, pero con un parecido innegable. Más a la derecha hay un anciano vestido con un traje caro que sostenía una carpeta bajo el brazo. Luciano levanta la mirada, y una sonrisa cruel curva sus labios. Hace una seña con el dedo al armario empotrado y este sale cerrando detrás de sí. —Ah, finalmente llegas. —Su voz es como un veneno suave. Sí, envolvente, pero mortal. Enderezo mi espalda y me remuevo sobre la mullida alfombra dándome cuenta de que voy descalza. Pero eso no significa que voy a huir como una presa asustada. —¿Qué es lo que pretende? —preguntó, tratando de mantener la calma en mi voz, aunque el terror amenaza con consumirme. Luciano se levanta de su asiento, caminando lentamente alrededor del escritorio hasta quedar frente a mí. El hombre es alto, al menos uno noventa, su cuerpo es musculoso, pero al mismo tiempo esbelto, sus ojos verdes me ven con astucia y al mismo tiempo con curiosidad. Cavallaro se ve relajado, pero a mí no me engaña, su postura irradia una amenaza silenciosa. —Él, querida Lena, es el juez. —Hace una pausa, disfrutando de mi expresión desconcertada—. Y hoy estamos aquí para celebrar tu matrimonio conmigo. —Me mira de arriba abajo. —Digamos que vamos a aprovechar que vas vestida para la ocasión. El impacto de sus palabras me golpea como una bofetada. Doy un paso atrás, negando con la cabeza. —¿Qué? ¿Estás loco? No voy a casarme contigo. ¡Esto es un secuestro! — busco con la mirada del hombre que denomino como al juez, sintiendo que él es mi única salvación—. ¡Usted no puede permitir esto! ¡Me están obligando a estar aquí! El juez ni siquiera levanta la vista. Parece completamente ajeno a lo que digo, como si no estuviera hablando. Su expresión es neutra, sus movimientos mecánicos mientras revisa los documentos que tiene en la carpeta. —¿No me escuchó? —grito, dando un paso hacia él—. ¡Esto es ilegal! ¡Ayúdeme! Luciano me sujeta del brazo, deteniéndome en seco. Su agarre es firme, casi doloroso, pero su sonrisa sigue en su lugar. —Ahórrate el aliento, Lena. —Su voz es baja, pero cargada de autoridad—. Él no está aquí para escucharte. Está aquí para cumplir mis órdenes, al igual que tú. —No pienso firmar nada —escupo entre dientes, tratando de zafarme de su agarre—. Puedes matarme si quieres, pero no voy a casarme contigo. Luciano suelta una risa, un sonido bajo y burlón que hace eco en la habitación. —¿Matarte? —repite, inclinándose lo suficiente como para que nuestros rostros queden a centímetros de distancia—. Eso sería demasiado fácil. No, Lena, no voy a matarte. Pero puedo hacer que desees estar muerta. Tragó saliva, y por un momento pienso en si sería mejor decirle la verdad, decirle que no soy Lena, sino Ravenna una simple sirvienta de la casa Vitale. Pero el miedo me domina por segundos, haciéndome callar. Intentó apartar la mirada, pero la intensidad de los ojos de Luciano me mantiene atrapada. —Esto no es un matrimonio —dijo, apretando los dientes—. Es una prisión. Una maldita condena. La sonrisa de Luciano se expande aún más. —Llámalo como quieras. Pero cuando termine este día, serás Lena Cavallaro. Con un gesto, llama al juez, que avanza con los papeles en la mano y un bolígrafo que coloca sobre la mesa. Luciano me empuja suavemente hacia la silla frente al escritorio. —Siéntate y firma —ordena. Cruzó los brazos, y puedo sentir cómo mi cuerpo se tensa como una cuerda lista para romperse. —No. Escucho cómo Luciano suspira, como si estuviera tratando con una niña obstinada. —Lena, esto puede ser fácil o puede ser difícil. Pero, de cualquier manera, va a suceder. —Su tono se endurece, y su mirada se vuelve fría como el hielo. Su mano sobre mi brazo ejerce presión con saña y hago una mueca de dolor—. Firma, o me aseguraré de romperte una pierna y así puedo seguir hasta que firmes los malditos papeles. Lo miró con los ojos llenos de lágrimas, pero no dejo que estas caigan. «Maldito hijo de perra». Sé que tiene el poder de cumplir su amenaza, y la desesperación se apodera de mí. —Eres detestable —susurró, con la voz rota pero firme. —Dime algo que no sepa. —Responde en tono implacable—. ¡Firma! Aspiro y con manos temblorosas, tomo el bolígrafo y firmo el documento. Por un momento me falla el subconsciente y estoy por poner mi nombre cuando la línea de abajo me recuerda mi supuesta identidad. «Sé que firmar esto no tiene valor, pero para Luciano Cavallaro es como si estuviese comprando el alma de Lena». Trago duro mientras cada trazo de mi firma es como un cuchillo hundiéndose en mi alma. Al firmar como Lena estoy condenando mi alma. «No hay vuelta atrás, si Luciano descubre mi verdadera identidad me hará una muestra de lo que le pasa a quienes se burlan de jefe de jefes». Cuando terminó, dejó caer el bolígrafo sobre la mesa y me pongo de pie, mirándolo con un odio que pocas veces he sentido. Luciano toma los papeles, los revisa antes de firmar, seguido de eso los dos hombres de Cavallaro hacen lo mismo estampando sus firmas en el documento y le entregan los documentos al juez, que se retira de la sala sin decir una palabra. Seguida de los hombres que han ungido como testigos. Una vez a solas, Luciano se vuelve hacia mí con una sonrisa triunfante en su rostro. —Bienvenida al infierno, Lena Cavallaro —dice, sus palabras son un eco ominoso.
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