Todo esto se está complicando más de lo que creí. Ahora Cavallaro piensa que tiene en sus manos a Lena Vitale. Me ha hecho firmar un acta de matrimonio que obviamente no es válida, ya que no soy Lena. Sin embargo, pude ver en sus ojos la satisfacción de hacerme firmar. «No puedo quedarme aquí, si lo hago y él se entera de quién soy, no solo va a cavar conmigo, sino que antes me hará desear no haber nacido, lo sé. Conozco a hombres como él, lo he visto toda mi vida».
Aun en la oficina donde me han dejado sola, me pongo de pie y avanzo por el lugar en busca de algún teléfono, pero increíblemente no encuentro nada, haciéndome resoplar frustrada. Decido acercarme a la puerta y girar la manilla, asomo la cabeza y para mi sorpresa no hay nadie custodiando afuera. Así que tomo mi oportunidad y salgo con cautela, mis pies descalzos se desplazan sobre le frío piso de mármol y levanto el vestido de novia que aún llevo antes de correr hacia el ascensor. Por un momento creo que es una trampa y que Cavallaro puede aparecer en cualquier momento, pero no es así y respiro aliviada cuando las puertas se abren y está vacía, sin embargo, escucho voces acercándose que me hacen entrar rápidamente al interior y marco la planta baja, ruego en silencio para que las puertas se cierren antes de que alguien me vea, pero no tengo tanta suerte porque dos hombres me ven.
—¡Detente! —Grita uno antes de echar a correr en mi encuentro, al tiempo que las puertas se cierran y escucho el golpe en las mismas. Suelto el aire, y siento alivio.
—Vamos —susurro, ansiosa. Veo cómo los pisos se iluminan en descenso y aspiro cuando llego a la plata baja y las puertas se abren revelándome un vestíbulo. Corro hasta el mostrador donde hay un hombre de seguridad que escribe algo y está absorto antes de levantar la vista y deparar en mí. Me mira con curiosidad cuando prácticamente derrapó frente a él. —Por favor, necesito que me ayude. Me tienen contra mi voluntad…
—¿Está bien? —Me interrumpe el hombre de mediana edad.
Niego.
—No, pero necesito salir de aquí —susurro viendo que en el exterior hay algunos hombres de seguridad. Sé que lo son. No dejarían el lugar sin vigilancia exterior. —¿Puede ayudarme? —Miro de la entrada principal al elevador.
—Sígame por aquí —dice al fin y no lo dudo, lo sigo a la parte trasera donde hay una pequeña oficina. Es lo mejor que puedo hacer, ya que de seguro los hombres que me vieron están bajando y ya han avisado a los de afuera. No tiene ventanas, pero hay un teléfono que llama mi atención y repaso mentalmente en mi cabeza a quien llamar y se viene a la mente el buen amigo de mi padre. —Iré a ver que no haya nadie para que pueda salir, —espeta y asiento reteniendo las lágrimas de alivio. Me cruzo de brazos y hago una mueca cuando rozo mis muñecas algo doloridas mientras lo veo salir de la oficina. Apenas lo hace dejándome a solas, me apresuro a tomar la extensión y me siento ganadora cuando me doy cuenta de que tiene tono. Marco el número y ruego en silencio para que responda cuando la puerta se abre nuevamente y los ojos verdes de Luciano me clavan en mi lugar mientras siento cómo mi corazón bombea con fuerza y una rapidez vertiginosa.
—¿Hola? —Escucho a través de la línea, pero no articulo palabra. — ¿Hola? ¿Quién habla?
Luciano arquea la ceja y su cuerpo se reclina en la puerta antes de cruzar los brazos y adoptar una postura despreocupada, pero puedo ver en sus ojos que está muy cabreado. Sin querer comprometer a la persona en la línea, cuelgo lentamente.
—Buena elección —señala, al fin rompiendo el silencio entre ambos. —¿De verdad creíste que te podrías escapar de aquí sin que lo supiera? —No respondo. —El edificio me pertenece y todos, absolutamente todos trabajan para mí.
«Maldito viejo traidor, sabía que no debía confiar en nadie».
—¿Puedes juzgarme por querer escapar? Creo que no.
—Eso es claro, pero esto solo demuestra que no puedo confiar en ti.
—Como si —alguna vez lo fueras a hacer.
—Touche. Da un paso al frente y abre la puerta. —Podemos hacerlo por las buenas o por las malas. Tú decides.
Tomo aire, levanto la barbilla y me enderezo antes de empezar a avanzar hacia la salida. Mientras lo hago, dejo que vea el desprecio que siento por él. Una vez afuera veo algunos hombres alrededor. Llegó al vestíbulo, donde el hombre en el que no debí confiar está en su lugar y no se inmuta al verme. de hecho, continúa con sus labores detrás del vestíbulo como si nada. Frente a mí aparece el armario empotrado que me vigiló mientras estaba en la habitación. Se detiene frente a Cavallaro con gesto serio.
—Jefe, el hombre a cargo no pensó que ella…
—No pensó que escaparía —termina la frase por el Cavallaro. —¿Acaso estoy rodeado de imbéciles? —Lo fulmina con la mirada. —¿Tengo que decirte que hacer? —Me quedo fría ante sus últimas palabras.
—Él no tiene la culpa —me encuentro diciendo.
—La tiene y si sigues con tu intento de escapar voy a acabar con todo el que esté involucrado de una u otra forma. Así que, piénsalo antes de volver a intentar escapar. —Me muerdo el labio interior con fuerza y lucho con el remordimiento que me estoy sintiendo al saber el destino de una persona que no conozco, pero que va a pagar por mi fallido intento.
Desvía su mirada hacia el hombre frente a nosotros.
—Ya sabes qué hacer —con eso me sujeta del brazo y me empuja en dirección al elevador.
—No lo hagas —susurro. —No quiero cargar con eso en mi conciencia. —Mis palabras salen atropelladas cuando entramos al elevador y pulsa en el tablero.
—Ya basta —sisea. —Si haces algo, debes asumir las consecuencias.
—¿Es así como será?
—Será como se me venga en gana. No estás aquí para decirme qué debo o no hacer, menos para cuestionar mis métodos.
—Pues tus métodos son una mierda. ¿No te cansas de ser así? Primero mataste a…
—Tu padre lo merecía, era un hijo de puta inestable. —Trago duro ante sus palabras.
—Pero era un ser humano.
Resopla al escuchar mis palabras. Antes de empujarme contra la esquina del elevador. Jadeo ante la sorpresa, y su cuerpo apresa el mío mientras me clava con su mirada.
—Dejemos una cosa clara y es que ahora eres mía para hacer lo que desee —lo fulmino con la mirada. —Me darás un heredero porque es mi deber para con mi organización y porque así lo he decidido. ¿Entiendes? Pero como no deseo complicarme la vida involucrándome con una familia de mierda, eres la indicada porque ya no tienes familia y, por ende, nadie va a complicar mis propósitos.
Parpadeo en shock unos segundos antes de abrir mi boca.
—¿Me estás diciendo que solo porque mi familia está muerta decides que yo seré la madre de tu hijo? —Replico con odio. «Bueno, técnicamente sería la verdadera Lena, pero sigue siendo una monstruosidad». —Eres un hijo de puta, pero eso ya lo sabes, ¿verdad? —Sonríe en respuesta. — ¿Quién te dice que voy a tener a tu hijo?
—Lo digo yo, si deseas mantener esa linda cabeza unida a tu cuerpo, harás lo correcto.
—Jódete. —Escupo la palabra con rabia y en respuesta atrapa mis manos inmovilizándome y su boca cae sobre la mía.
Pero lejos de ser un beso suave y delicado, es un beso castigador. Nuestros dientes chocan y él muerde mi labio hasta hacerme jadear de dolor, lucho contra su agarre, pero me restringe cuando siento cómo algo se engancha a una de mis muñecas, cuando me da la oportunidad le devuelvo el gesto, lo muerdo con saña antes de separarnos al tiempo que las puertas dobles se abran.
—¡Maldita! —gruñe cuando limpia sus labios y nota la sangre mezclada con la mía. Me duele mi propio labio; sin embargo, sonrío con suficiencia al saber que yo también le puedo hacer sangrar. Pero mi sonrisa muere cuando me doy cuenta de que una esposa me rodea la muñeca.
—¿Qué…? —No deja que termine mi oración, me saca del elevador y tira de mí por el lugar solitario. Empiezo a pensar que son las dependencias privadas de Cavallaro, porque no hay nadie cerca. — ¡Libérame, joder! —Grito, pero él ni siquiera me mira, solo continúa tirando de mí por el lugar. Entramos a la misma habitación donde me dejaron al traerme aquí y me arroja a la cama haciéndome rebotar en ella. Apenas soy consciente de que engancha la esposa libre en la cama. — ¡No! ¡Libérame, enfermo! —Tiro de ella sin éxito, intento con la otra mano empujando mi muñeca, pero es inútil.
—Vas a quedarte aquí hasta que a mí me dé la gana.
—¡Maldito, lunático!
—Qué niña más fina —se mofa. —Creo que tu padre perdió su dinero al educarte.
—¡Imbécil! —Chillo y grito más de enojo que de miedo mientras lo veo darse la vuelta y dejar la habitación cerrando detrás de sí. — ¡Luciano! —Exclamo, pero no hay respuesta.