D I E C I S I E T E

2128 Palabras
Castígueme, Señor Morgan (parte I) Maia Me revuelvo en la cama sin saber la razón exacta por la cual no he podido conciliar el sueño, llevo dos horas intentando dormir y simplemente no lo consigo. Hastiada, dejo escapar un resoplido y agarro una almohada, la pongo sobre mi cara y ahogo un grito cundido de frustración, no entiendo en qué momento todo se volvió tan complicado, estoy jodidamente cansada y haber discutido con Derek fue la gota que derramó el vaso. No quiero estar así con él y no entiendo esta necesidad de querer enmendar las cosas, de arreglar lo que sea que sucedió y volver a la misma rutina de antes. Pongo la almohada en su lugar y me paso la mano por la cara, atareada con tantos pensamientos que me corroen desde que lo ví irse de mi habitación con esa mirada que explayaba su decepción hacía mi, simplemente no puedo soportar esta opresión que me sacude cada que recuerdo que soy yo, la que permitió que eso sucediera. ¿Por qué todo tiene que ser tan difícil? Sin saber qué impulso me controla, me levanto de la cama rápidamente, me coloco la bata de dormir y comienzo a salir de la habitación, dejándome llevar por la agitación que asalta mi pecho al percatarme que estoy haciendo algo indebido y que puede traernos problemas si Emily se despierta, o tal vez él no quiera verme y yo aquí, buscándolo porque me es imposible dormir sabiendo que está enojado conmigo y parte es mi culpa, reaccioné mal ante su insistencia y dije cosas que en realidad no quería decir. Después de revisar su habitación y darme cuenta que no se encuentra durmiendo como imaginé, bajo los escalones con suma cautela, me aseguro de no emitir ningún sonido y avanzo a medida que mi corazón martillea con fuerza. Llego a la sala de estar, ojeo mis alrededores y una sensación decepcionante me invade al no encontrarlo en ningún rincón de la casa. No me doy por vencida y continúo con mi búsqueda hasta llegar a su despacho, y como si mi cuerpo lo sintiera cerca, los vellos de mi piel se erizan y un escalofrío me recorre de pies a cabeza, tiemblo cuando acerco mi mano y llamo a la puerta con tres delicados toques que me hacen retractarme de haber salido de mi cama. Espero unos segundos, no recibo respuesta y las ganas de llorar me raspan la garganta. Bajo la mirada a mis pies descalzos y medito sobre la estupidez que acabo de hacer, es una jodida tontería, no sé en qué diablos estaba pensando cuando se me ocurrió, vine a buscarlo en la madrugada y de seguro, soy la última persona que quiere ver a esta hora, más después de lo sucedido en mi habitación. > me recrimina mi subconsciente. La idea de que pueda estar durmiendo en el despacho cruza mi mente pero se elimina cuando la puerta se abre dejándome ver al hombre que me tiene con los nervios de punta y con el corazón en la boca. Levanto la vista lentamente, mi piel arde de d***o en cuanto detallo su cuerpo semidesnudo ya que me permite observar su musculosa anatomía y sus trabajados bíceps, que sin motivo alguno, hormiguea mi entrepierna con la excitación que comienza a crecer. Sus ojos se encuentran con los míos, el momento queda eclipsado y veo la confusión plasmada en sus orbes grisáceos. Se hace a un lado y con la emoción palpitante en el aire, me adentro al lugar y pierdo el aliento cuando escucho que cierra la puerta con seguro. La iluminación es escasa y sé que no tiene planeado encender los interruptores porque nos delataría, la única luz que tenemos es la que se cuela por los orificios de la ventana que da vista al jardín. Es una tenue luz proveniente de la luna y apenas puedo distinguir los objetos a mi alrededor. Mi cabeza comienza a trabajar más rápido de lo normal y de repente, olvido todo el discurso que tenía preparado para recitarle, mi mente está en blanco y no se que diablos decirle; sólo quiero huir. Pasa junto a mí, rozando mi hombro a propósito, y no puedo hacer otra cosa que cerrar los ojos mientras su fresco y tropical aroma penetra en mis fosas nasales. Se postra frente a mí, con los ojos brillantes, y me observa con una mirada salvaje y contenida. Trago grueso con el torrente de excitación que me golpea y obligo a mi mente a pensar en algo. Entreabro los labios pero las palabras nunca llegan, sólo el d***o que me carcome mientras lo miro con fijación porque ahora sé lo que se siente ser suya, ser tocado por él, tenerlo dentro de mí… Mi sangre comienza a hervir y tengo que respirar profundamente porque tengo muy claro que no planeé sentir ninguna de las cosas que estoy sintiendo en este momento y estoy segura como el mismísimo infierno que él no planeó sentir lo mismo que su mirada me está gritando. El calor recorre mis mejillas por los pensamientos insanos que me atraviesan y no hago más que mirarlo avergonzada. —¿Vas a seguir viéndome de esa manera toda la noche? —mis mejillas vuelven a calentarse y vislumbro la sonrisa que curva la comisura de sus labios. —No te estaba viendo de ninguna manera —me muerdo el labio inferior, un tanto insegura. Él deja escapar una suave risa, que logra acelerar mis pulsaciones de manera frenética y que en parte, me hace desconfiar ya que pensé que estaría enojado conmigo por lo sucedido. —¿También piensas mentirme? —se burla y entorno los ojos en su dirección, mirándolo escépticamente porque no entiendo a que está jugando o si en realidad lo está haciendo. Tomo una bocanada de oxígeno para reunir la valentía suficiente y decirle lo que tengo atorado en la garganta. Necesito decirle. Tiene que saber que estoy arrepentida. —Solo quería disculparme por lo que sucedió en mi habitación —balbuceo las palabras y no me atrevo a mirarlo porque siento que la valentía me ha dejado tirada después de todo. Puedo sentir su mirada puesta sobre mí y me cuesta demasiado respirar con tranquilidad, más cuando rodea el escritorio que nos separa y se posa detrás de mí, su torso d*****o rozando mi espalda cubierta por la tela, su respiración agitada rozándome y haciendo que mi cuerpo reaccione a su cercanía. Retira mi cabello y lo pasa al lado contrario, dejando mi cuello a su merced, aspira el aroma de desprende mi pelo y un sonido ronco abandona su garganta, siento sus labios rozando mi piel y cierro los ojos, deseando que continúe porque no entiendo qué pasa con mi autocontrol. —¿De qué exactamente quieres disculparte, cariño? —ronronea suave contra mi piel y pierdo cualquier función cerebral—, ¿de haberme dicho que no tengo derecho a meterme en tu vida porque sólo te he follado una vez? —menciona lentamente y hace énfasis en las últimas dos palabras, queriendo que las grabe en mi memoria. Y con justa razón, me estremezco entera ya que siento que sus palabras están cargadas con insinuaciones prohibidas, con promesas ocultas y estoy completamente envuelta en todo lo que él representa. Estoy cohibida por el aura autoritaria que emana y no puedo alejarme o hablar con coherencia para decirle que lo que hicimos no puede volver a suceder. Que nosotros no podemos suceder. —Si...eso —respiro con dificultad. Se ríe; es un sonido ronco y áspero que enciende mis hormonas y me hace pasar saliva más de una vez. —Quiero que lo digas, Maia —demanda con la voz grave. Suelto un suspiro abrumador. —Siento haberte dicho que no podías meterte en mi vida, reaccioné mal —me disculpo y me sorprendo de lo bien que puedo redactar esas palabras sin tartamudear. —Buena chica —elogia—, pero aún así, mereces un castigo, cariño —repone seriamente y puedo sentir su sonrisa dibujarse en mi piel. Trago grueso, cierro los ojos y mi corazón comienza a latir desbocado. —¿Por qué...? —inquiero en un hilo de voz. —Porque cuando las chicas buenas hacen cosas malas reciben un castigo, ¿no lo sabías, castaña pervertida? El sonido de su voz es una completa amenaza que me calienta la sangre en cuestión de segundos, porque vuelve a hacer uso de ese apodo que me cosquillea la piel con d***o. Estoy envuelta en una burbuja de corrupción dónde Derek es el autor principal, ya que mis pecados llevan su nombre escrito a fuego y ni siquiera confesarme me absolverá de mi penitencia. —Pregunté algo, cariño —increpa en respuesta a mi silencio—, ¿si lo sabías, verdad? Asiento débilmente, incapaz de concentrarme en algo más que no sea en su respiración entrecortada acariciando la curva de mi cuello. —Lo sabía, merezco un castigo —le dejo saber en un torpe susurro—, castígueme, señor Morgan —pido solemnemente. Un fuego ardiente se agita en sus ojos, suelta un gruñido de satisfacción y sonrío para mis adentros al reconocer la aspereza de ese sonido debido a que lo he escuchado antes. Con un brazo rodea mi cintura y acorta la distancia entre nuestros cuerpos, me mantiene inmóvil bajo su agarre, mi pulso se acelera con demasía y cierro los ojos cuando ágilmente se deshace de mi bata y la tira al suelo dejándome en mi camisón, que apenas cubre mi desnudez. Deja un casto beso sobre ambos hombros, es una acción demasiado simple, pero es la intimidad que conlleva la que me hace estremecer. Entonces lo siento tensarse junto a mí y con la mano libre acaricia mis muslos expuestos. Me abre las piernas con su rodilla, mi mirada desciende y contengo el aire cuando su mano se desliza por debajo de mi camisón. —No voy a ser amable, cariño —advierte. Le creo. Pero aún así, cada partícula que conforma mi cuerpo lo desea. —No espero que lo seas. Su risa cargada de l*****a resuena en el despacho, la piel me palpita en anticipación y los latidos de mi corazón se aceleran nuevamente. No puedo moverme y tampoco quiero hacerlo porque no puedo pensar en nada que no sea en la manera en que me hace sentir y no hay nada más satisfactorio que hacerle perder el control a un hombre como él. Me impacienta que no haga nada y eso es justamente lo que busca, quiere castigarme por lo que hice, entrecierro los ojos y froto mi entrepierna con su mano, me encuentro empapada y él lo percibe, por eso mismo sisea con la respiración hecha una m****a y una sensación gratificante me atenaza, aunque no prevalece por mucho tiempo, ya que sus palabras impresas en dominio retumban en mis oídos. —Deja de moverte de esa manera o no voy a tocarte. Una gemido de frustración se escapa de mis labios. —¿Esté es tú castigo? —inquiero, sintiéndome fastidiada. —¿Sería muy malo de mi parte castigarte de esta forma, cariño? —pregunta con ese deje de incredulidad crispando su voz y esbozo una sonrisa. —Te convertiría en la peor persona del mundo —le aseguro, restregando mi t*****o contra su erección con el único propósito de provocarlo. Sé que he logrado mi cometido al escucharlo soltar un jadeo de placer y a la vez rabioso, ajusta su agarre sobre mi cintura, lo que me hace detener mis movimientos, pongo los ojos en blanco sintiéndome asfixiada, necesito que me toque o moriré de frustración. Estoy a punto de protestar pero su pulgar hurgando entre mis pliegues mojadas y presionando mi centro borra cualquier réplica. —Yo decido cómo y cuando te doy placer, ¿entendido? —me pregunta con ese tono de burla pero tengo la certeza de que no está jugando. —Si... —apenas consigo hablar. —Buena chica —repite, satisfecho con mi muestra de sumisión. Comienza a moverse con lentitud, su pulgar se mantiene en el mismo lugar y la sensación es dolorosamente placentera. Mi cuerpo se estremece por completo y tiemblo bajo su toque cargado de desesperación. Él besa mi cuello de manera brusca y se alimenta de mi piel desnuda que grita su nombre, jadeo extasiada cuando acelera sus movimientos al mismo ritmo que mis gemidos. La sensación de placer me aborda con fuerza desorbitada, nublando cualquier atisbo de cordura que quiera resurgir en este momento. Arqueo la espalda instándolo a seguir con lo suyo, porque estoy a punto de tocar el cielo aunque todo lo que hacemos sólo nos condena al infierno.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR