Las llaves al paraíso (Parte 2)
Maia
Dejo escapar un gemido en protesta cuando detiene el vaivén de sus dedos y me deja con una oleada de frustración e impotencia que desencadena el no poder alcanzar el clímax, que empezaba a formarse con cada roce que imponía sobre mi centro.
—¿Por qué te detienes? —suelto un bufido, sintiendo que me arde la piel porque ya no me toca como necesito.
Él suelta una leve risa, regocijándose con esa nota de diversión que apaga hasta la última gota de mi racionamiento y me hace vulnerable ante él. Entrecierro los ojos sintiéndome expuesta de formas que no sabía que podía estarlo, un gemido envuelto en contención abandona su garganta y aparta su mano de mi entrepierna sin darme tiempo de procesar lo que está pasando, lo miro por arriba de mi hombro y aprieto los labios exasperada.
Sus ojos grises me encuentran en el camino, los latidos de mi corazón se fortalecen con solo una mirada suya, la frustración se eclipsa y sonrió cuando vislumbro el ápice de l*****a agitándose como dos llamas de fuego en sus pupilas
—Es un castigo, cariño —me reitera con una sonrisa que me deja sin aliento—, no te estoy dando algo, lo estoy tomando.
Su voz cruda y ronca me empapa todavía más, haciendo que la sangre suba a mis mejillas y tengo que maniobrar para no rogarle que me toque porque en este momento estoy dispuesta a eso y a mucho más con tal de conseguir esa efímera sensación que apaga cualquier gramo de racionalidad y que me mantiene prendida de él como nunca lo había estado de ningun otro hombre.
—Quiero sentirte —hago un puchero.
—¿Dónde quieres sentirme, cariño? —inquiere con una nota de insinuación.
Carraspeo nerviosa y me trago todos los prejuicios que mi mente quiere evocar.
—Te quiero sentir dentro de mí —susurro sin pena—, fóllame, Derek.
Una emoción inculta y conflictiva interrumpe la expresión de su rostro, ya que me mira como si no supiera que hacer conmigo, y saber que soy capaz de afectarlo de esta manera me hincha el pecho de satisfacción.
—Estoy enfadado contigo y sólo quiero castigarte —increpa en un susurro que me llena de serotonina—, ¿puedes con eso, castaña pervertida?
Mi sonrisa se amplía cuando me doy cuenta de que he ganado la partida.
—Puedo contigo —le aseguro.
—Recuerda que tú lo pediste.
El placer me sube por la espina dorsal acelerando mis pulsaciones y no comprendo la razón por la que mi cuerpo se somete de esta manera a él. Aún así, asiento con la cabeza en respuesta, intentando aplacar los latidos erráticos de mi corazón que busca salirse de mi pecho y esta vez no me creo capaz de detenerlo.
Intento girarme por completo y quedar frente a frente para verlo pero no me lo permite, todo lo contrario, siendo brusco me inclina sobre el escritorio de roble que tengo delante, me deja boca abajo y con las piernas ligeramente separadas, levanta mi camisón y masajea mis glúteos sin ningún ápice de amabilidad, amortiguo un gemido dentro de mi garganta cuando su mano se estrella contra mi piel desnuda, lo que me hace dar un respingo de sorpresa mientras un cosquilleo me recorre la entrepierna al darme cuenta de sus intenciones.
El ardor que atenaza mi piel no merma, mucho menos cuando repite la misma acción tres veces más, cada una más fuerte que la anterior, provocando un huracán de sensaciones prohibidas e insanas que asaltan mi pecho de manera radical y me dejan como única salida ceder ante su voluntad.
—No quiero oír ni un ruido, cariño, vas a estar muy callada, ¿entiendes? —inquiere con un deje d*******e crispando su voz, misma que me hace saber que no debo desobedecerle.
—Si —me apresuro a decir porque estoy desesperada por sentirlo.
Mis oídos captan el sonido ronco de su risa que hace eco por todo el despacho y termina reposando en mi memoria, mi corazón galopa con fuerza y la piel se me eriza en anticipación. Sus manos me toman por las caderas, el ajuste me mantiene inmóvil bajo su dominio y muerdo mi labio esperando todo lo que tenga para darme.
—Sujétate de las esquinas, cariño —demanda.
En cuanto hago lo que me pide, deja escapar un profundo suspiro que me hace estremecer hasta la última fibra de mi cuerpo, escucho como se baja la cremallera de los pantalones y se deshace de ellos tan rápido como puede para luego posicionarse entre medio de mis piernas, los nervios me invaden, la tensión comienza a sofocarme a tal punto que presiento que voy a tener un ataque cardíaco en cualquier momento.
Todo eso se triplica cuando siento la punta de su m*****o erecto hurgando en mis pliegues mojados, un jadeo estruendoso brota de mis labios.
La rigidez de su cuerpo me hace percatarme de que no está utilizando protección y aunque mi mente me advierte que lo detenga, que le ponga un alto a la locura que estoy permitiendo, sólo me dejo llevar por la sensación de euforia que me sacude al sentir piel con piel.
Sin embargo, la efímera sensación no prevalece por mucho tiempo así que giro la cabeza para cerciorarme de que no se haya arrepentido, no lo ha hecho, le veo ponerse el preservativo, que ni sé de dónde ha sacado, pero tampoco importa, mis ojos se abren de par en par y siento como una sensación burbujeante se apodera de mi pecho.
Se inclina hacia el frente, ladea mi cabeza con su mano y sin dudarlo presiona sus cálidos y suaves labios contra los míos haciéndome jadear ansiosa por más, mi mente se queda en blanco y correspondo abiertamente a la sincronía de su boca porque tenerlo besándome así incendia mi corazón en un tormentoso d***o que ya no puedo ni quiero detener.
Acalorada por la sensación asfixiante que me nubla la cordura, lo beso con fuerza intentando llenarme de su sabor agridulce que conquista cada una de mis barreras y cuando se separa de mí, no soy capaz de mirarlo a los ojos porque sus besos me revolotean el estómago con un sentimiento que no nombro ya que la valentía nunca ha sido una de mis virtudes y eso no va a cambiar pronto.
Ese pensamiento se desvanece en el aire cuando su m*****o empuja dentro de mí con una fuerza bestial que borra cada una de mis dudas, inseguridades, y me deja con la respiración entrecortada, luchando por llevar oxígeno a mis pulmones. Sus atroces movimientos me toman desprevenida y me muerdo el labio inferior sin importarme si lo reviento mientras me aferro al escritorio que se mueve con cada empellón que recibo, ya que no espero menos del hombre que prometió no ser amable conmigo y que me folla como si quisiera castigarme y desquitarse de mis insolencias.
La piel de mis glúteos arde con cada estrellón, no se detiene y continúa con la misma ferocidad que advirtió, mi respiración va acompasada a sus movimientos y cuando vuelvo a sentir su aliento cerca de mi nuca, me derrito por completo.
—Te voy a follar tan jodidamente duro hasta que te quede claro que puedo meterme en tu vida tan fácilmente como puedo entrar en ti, cariño —me susurra al oído mientras presiona su cara contra mi cuello.
Aspira el aroma que desprende mi cabello suelto, me sujeta con fuerza, sus dedos se entierran como espinas en mi carne y cada una de mis extremidades comienza a temblar. Se le escapa un gemido de placer que golpea mi piel expuesta y eso basta para sentir un torrente caliente de excitación correr por mis venas.
Pongo los ojos en blanco con cada una de sus salvajes embestidas, las cuales me transmiten su frustración hacía mí, no está siendo delicado ni mucho menos cuidadoso, puedo asegurar que absolutamente todos sus toques me dejarán marca y el solo pensamiento hace que mis labios se curven en una sonrisa maliciosa.
Se incorpora de nuevo, enreda mi pelo en su mano y luego tira de él con brusquedad, deseando profundizar las penetraciones que me hierven la sangre de d***o y despiertan nuevas sensaciones en las que ni siquiera debería pensar justo ahora porque me encuentro demasiado comprometida.
Y por eso sólo me concentro en sentir sus venas palpitando dentro de mí y en las emociones que explotan en mi pecho, ya que estas no merman ni por un segundo, más cuando su otra mano suelta el agarre en mis caderas y desciende a mi entrepierna como lo hizo antes. En un dos por tres encuentra ese interruptor que me excita y no duda en masturbarme con sus dedos mientras me folla con su advertencia retumbando en mis oídos.
La vista se me nubla por la demasía de placer que me estalla como una bomba atómica en el pecho, sin opciones disponibles para amortiguar los jadeos que buscan brotar de mi boca a como dé lugar y que por órdenes suyas no puedo dejar salir, me aferro a la madera del escritorio buscando una forma de descargar el torrente de sensaciones que me golpean con una fuerza desorbitada y es que no hay nada más excitante que sentirlo darme placer con su mano y con su m*****o al mismo tiempo, que no deja de palpitar dentro de mí lo cual arrecia las ganas de correrme.
Muerdo la madera con mis dientes y siento su torso d*****o rozar con mi espalda, no detiene sus embestidas y sé que no aguantaré mucho más porque sentirlo de esta manera me hace alucinar.
—Te correrás cuando te lo diga —menciona con la voz entrecortada y la respiración hecha una m****a.
Las piernas me tiemblan por los espasmos que desencadenan cada una de sus embestidas, contraigo mis paredes vaginales y muevo mis caderas en sincronía a sus movimientos, deseando que pierda el control como yo lo he hecho porque necesito llevarlo al límite, necesito que pierda la cordura y solo así podré sentir que no soy la única que está perdiendo la razón, siento su cuerpo tensarse por completo y los gruñidos cargados de placer que se le escapan me reiteran que estoy logrando mi cometido.
—Hazlo ahora, córrete para mí, cariño.
Cada célula de mi cuerpo reacciona ante sus demandas y es en ese preciso momento en el que me doy cuenta de que su voz es el detonante que me hace explotar de placer junto a él y cuando da las tres últimas estocadas, ya no puedo callar más porque un fuerte gemido se escapa de mi garganta mientras siento que me desmorono por dentro con la cantidad de emociones que me embargan y me hacen reflexionar sobre lo que no debo hacer pero que muero por repetir.
Mi corazón se siente pesado dentro de mi pecho, los sentidos me fallan, mi mente está en blanco y mi cuerpo se siente agotado porque no me imaginé que me follaría con tanta rudeza, aunque debí suponerlo por el brillo lujurioso que tintineaba en su mirada, cada una de mis extremidades arde a consecuente y el torrente de adrenalina que corre por mis venas bloquea todos mis pensamientos racionales que no me detengo a pensar lo que estoy a punto de hacer.
Exhausta y con el aliento perdido sobre su escritorio, me levanto de mi lugar acomodándome el camisón y me doy la vuelta, él me mira con un atisbo de algo que no me atrevo a reconocer ni a cuestionar porque me hace doler el corazón de una manera inexplicable.
Su respiración entrecortada acaricia mis mejillas encendidas, le observo de cerca mirando mi reflejo en sus pupilas dilatadas, y me doy cuenta que quiero permanecer ahí para siempre. No le doy tiempo de protestar y cierro los ojos antes de besar su adictiva boca que enseguida me da las llaves al paraíso y que por nada del mundo pienso regresar porque cuando se está volando tan alto nadie quiere bajar, incluso si eso está destinado a suceder.
*******
Los dos reposamos en el cómodo silencio que embarga el despacho a las altas horas de la madrugada, después de tres rondas de sexo en las cuales quedé muerta de cansancio, me encuentro encima de él con la cabeza apoyada en su torso d*****o, la única forma en que cabemos en el pequeño sillón y sentirlo así de cerca hace que mi corazón se exalte de emoción.
Su respiración es pesada y por alguna razón siento la necesidad de entablar una conversación con él sólo para escuchar el sonido de su voz.
—¿Estás dormido? —le pregunto acariciando sus pectorales con mi mano.
Un sonoro suspiro es mi respuesta.
—No, no estoy dormido —se remueve debajo de mí—, no puedo hacerlo contigo encima mío —susurra con diversión.
Un pensamiento conflictivo me atraviesa y el miedo de que pueda hacerle daño porque sé de sobra que no soy liviana. Asustada, me apoyo con mis manos y me levanto para verlo a los ojos.
—¿Quieres que me vaya? —lo miro con cierta inseguridad y él niega, estrechándome con sus brazos.
—Eso es lo último que quiero —jacta con seguridad—, no puedo dormir contigo encima de mí casi desnuda porque en lo único que puedo pensar es en follarte otra vez.
Me mira con una sonrisa maliciosa, su mano desciende a mis glúteos, los masajea con suavidad y los recuerdos que me golpean hacen que mis mejillas se acaloren por la vergüenza.
—¡Derek! —lo recrimino.
Suelta una risa y después planta un beso corto en mi frente hasta encontrar mis labios y deleitarse con el sabor de mi boca que solo quiere estar prendida de la suya. Mi corazón comienza a latir desbocado, nos separamos y una sensación de calma se acentúa en mi pecho haciendo que lo mire por más de lo debido.
Creo que siente mi mirada sobre él ya que no tarda en enderezarse y levantarse de su sitio, dejándome sentada en el sofá sola, tardo unos segundos en procesar lo que está pasando y cuando empieza a caminar hacia la salida, se detiene en la puerta y se gira para mirarme.
—Espérame aquí, volveré en unos minutos. No te duermas —me dice antes de atravesar el umbral de la puerta.
No tengo tiempo de responderle y solo me dejo caer en el sillón y suelto un resoplido sintiéndome extrañada, ya que no tengo idea a dónde se ha ido y lo único que se me ocurre es que necesito ir al baño.
Pasan unos minutos y regresa al despacho como me lo prometió, sin embargo, mi sonrisa vuelva a desaparecer cuando me percato de lo que trae en las manos. La frustración comienza a llenarme el pecho, los labios me tiemblan y por primera vez, hago el intento de respirar profundamente y no alterarme.
—¿Tienes hambre? —pregunta al sentarse a un lado mío y me ofrece algunas de las galletas del paquete cuando se lleva una a la boca y se la come con tanta facilidad que por un momento mis problemas parecen irrelevantes.
—Derek...
Él niega antes de que pueda decir algo, sus ojos brillan con un ápice de determinación y sé que no va a cambiar de parecer, la tensión disminuye, sus labios se curvan en una línea recta y me siento incapaz de protestar.
—Comer no es malo, cariño, restringirte ciertas comidas, sí.
Sus palabras se quedan grabadas en mi corazón y no puedo enmascarar la lluvia de sensaciones que resurgen nuevamente y que he intentando reprimir por años.
Mis ojos se llenan de lágrimas, él me mira con una sonrisa reconfortante que me desarma por completo y siento una terrible opresión aplastando mi pecho, débilmente recibo la galleta que me tiende y cuando le doy un pequeño mordisco y me deleito con ese dulce sabor que había olvidado, dejo salir todas las emociones que me asfixian a diario y por primera vez en mucho tiempo, siento que puedo volver a ser la niña de quince años que disfrutaba de cualquier capricho sin pensar en la cantidad de calorías que se llevaba al estómago.