Quizás ya lo estás
Derek
Cuando despierto por los rayos del sol que se filtran por el ventanal y no la encuentro acurrucada a mi lado como lo estábamos cuando nos quedamos dormidos, no me sorprende en absoluto, es de esperarse con todo lo que ocurrió hace apenas unas horas.
E incluso con solo recordar la sensación de estar hundido dentro de ella, mi corazón late desbocado, el aire me comienza a faltar y tengo que obligar a mis pulmones a retener el oxígeno porque sigo sin entender la razón detrás de tanto desorden.
¿Qué diablos sucede conmigo?
Salgo del despacho bostezando y masajeando mi cuello al mismo tiempo, ya que haber dormido en el pequeño sillón no fue la idea más grandiosa que he tenido en años, sin embargo, no me arrepiento de lo que hicimos, pero no puedo negar que me alegra que Maia se haya ido. No se como puedo volver a verla a los ojos después de lo sucedido.
No entiendo que paso conmigo ni porqué actúe de esa manera con ella, sólo sé que las ganas de castigarla, de hacerle sentir esa frustración que me consumía eran incontrolables, me sentía sofocado y cuando ella sometió su voluntad ante mi y me dejo follarla de esa forma; tan cruda y salvaje, supe que no deseaba compartir ese momento con alguien más que no fuese ella.
Jamás dejé que mis instintos carnales y deseos manejaran mi vida s****l, me limité a vivir con lo suficiente para satisfacer mis necesidades, pero con ella todo es diferente y el hecho que me permita gozar de su cuerpo de esa forma no hace más que alimentar la l*****a que siento hacia ella.
Subo escaleras arriba, camino por el pasillo para llegar a mi habitación, pero inconscientemente termino en la de Maia y cuando alzo la mano para llamar a su puerta, me detengo al instante, cayendo en cuenta de la estupidez que estoy cometiendo y de lo desesperado que he de parecer ante sus ojos.
Necesito controlar esta necesidad de estar con ella todo el m*****o tiempo. Ella y yo no somos nada y aunque me muera por verla antes de ir al hotel, es mejor no mezclar las cosas, ya que no quiero que se haga una idea equivocada de lo que no somos.
Además, estoy completamente seguro de que las complicaciones son lo último que necesita en este momento. No soy ningún tonto y puedo ver el problema que tiene con la comida, las inseguridades sobre su apariencia y aunque ella no me lo diga abiertamente, necesita una ayuda que yo no puedo darle, pero eso no quita que me preocupe por ella porque quiero que sea realmente feliz.
Y conmigo no lo será, ella necesita vivir todas esas experiencias que yo ya no puedo darle, por eso es mejor que me haga a la idea de que Maia se irá en unas semanas y volveré a la misma rutina sedentaria en la cual he construido mi vida.
Con ese amargo pensamiento que oprime mi pecho sigo mi camino y me adentro en mi habitación donde tomo una larga ducha caliente e intento no pensar en la castaña que tiene mi cabeza hecha un lío, porque no hago otra cosa que pensar en ella y en las curvas de su cuerpo, en la forma en que rodea mi cintura con sus piernas y en cómo nos fundimos porque, por muy tonto que parezca, parece que nuestros cuerpos están hechos a la medida.
No puedo quitármela de la cabeza y tener el sabor de sus labios persistiendo en mi boca no hace más llevadera la situación.
Ya cambiado con un atuendo casual, salgo de casa sin avisar a nadie, en especial a ella, sobre todo porque no quiero verla y sentir cosas que no quiero, que no debo.
Me subo a mi auto y arranco el motor rumbo al hotel, donde paso todo el día saturado de trabajo y pendientes que no puedo retrasar y aunque me frustra también me ayuda a no pensar más en cosas que no pueden ser porque Maia no es la persona con la que voy a pasar el resto de mi vida, ella lo sabe, y yo también, pero eso no quita que cuando pienso en ella y la imagino viviendo las mismas cosas que nosotros con otra persona, mi pecho se aprieta con el dolor que emite mi corazón.
La tarde llega y me permito tomar un descanso cuando la vista se me pone borrosa y comienzo a resistir las horas que llevo sentado en la misma posición. La edad ya me esta pasando factura.
Sin saber porqué lo hago o cual es el impulso que siento de indagar más en el tema que ella ha dejado muy claro que no quiere compartir conmigo, abro el ordenador y busco a alguien que pueda guiarme en este tema que es delicado y nuevo para mi, releo las críticas en la sección de comentarios y marco el número la persona que tiene un porcentaje de mejores resultados.
Al tercer pitido me atiende una asistente y me pide mis datos para poder ayudarme, se los doy y pido una consulta rápida ya que solo tengo unas cuantas preguntas, me transfieren la llamada a la persona con la que quería hablar en primer lugar y suelto un suspiro contándole todas las cosas que he notado de Maia desde que llegó a mi casa, comparto con ella sus actitudes hacia la comida, no oculto nada y cuando me dice que es importante que la vea para hacer un diagnóstico, me niego y le pido un consejo para empezar.
La profesional me dice que tengo que tener paciencia con ella, recordarle cada una de sus virtudes y asegurarle que no hay nada malo en su apariencia y lo más importante, no presionarla ni forzarla a comer cuando dice que no desea hacerlo.
Me vienen a la cabeza los recuerdos de la noche anterior y, de repente, me invade una oleada de culpabilidad que me hace sentir peor y no dudo en concertar una cita para vernos en persona porque quiero hacerlo bien y no causar más daño del que ya he hecho. Media hora más tarde, termino la llamada y me recuesto en mi silla pensando en la situación y en lo difícil que debe ser para ella lidiar con todo esto y ahora, soy capaz de simpatizar mejor acerca de porqué se rehúsa a hablar de ello. Soportar algo tan grande sola, parece imposible.
Medito acerca la información que he recibido y repaso el panorama en mi cabeza por enésima vez, tratando encontrar la mejor manera de ayudarla, no quiero que pase por esto sola pero si quiero que mejore, ella tiene que aceptar que tiene un problema y no ignorar el tema, porque no se puede ayudar a no persona que no quiere ser ayudada.
Y sé que a Maia le cuesta hablar del tema, pude verlo cuando la vi comer esa galleta y después llorar, sacando un mar de lágrimas que parecían haber estado ahogándola por años. La abracé y la estreché contra mi pecho besando su cabello mientras ella sollozaba y me decía que todo estaba bien aunque ambos sabíamos que eso no era cierto, pero no insistí porque no quería que se sintiera acorralado conmigo.
Tengo que ser paciente y esperar a que ella decida compartir conmigo lo que sucede en su mente. Estoy seguro que Emily no lo sabe y puede que le avergüence compartir algo tan grave como lo es un problema alimenticio, que no debe minimizarse o ignorarse. Pero aceptarlo es el primer paso para sanar.
Sin ganas de querer seguir pensando en lo mismo y con deseos de ver a Maia y a mi hija para pasar la noche junto a ellas, salgo de mi oficina, bajo al lobby del hotel que se encuentra repleto de personas con maletas, empresarios, pero en su mayoría familias que vienen de vacaciones a Hawái, abrumado desvío la mirada y cuando me acerco a la recepción, saludo a Cynthia con un fuerte abrazo ya que tiene tiempo que no conversamos y en verdad la extraño.
—¿Vas de salida? —pregunta con una sonrisa mientras toma su bolso y se acomoda la chaqueta—, no doblaré turno esta noche, quiero descansar y mi sabio jefe aceptó que me tomara la noche libre sin descontarla de mi sueldo.
Le sonrío divertido y le extiendo mi mano cuando sale de la recepción deshaciendo el moño de su cabello. Las hebras negras le caen en cascada y la hacen lucir más hermosa de lo que ya es.
—Siendo así, te llevo a tu casa —me ofrezco enseguida y ella enreda su brazo con el mío mientras atravesamos la entrada del hotel.
Al ser el dueño del hotel, no tardan en traer mi auto, les agradezco y me subo al lado del conductor después de abrirle la puerta a Cynthia. Ella me agradece el gesto con una sonora sonrisa y partimos en dirección a su casa, y no es necesario que me dé indicaciones por el camino ya que no es la primera vez que visito su casa.
—¿Y como has estado? —empieza ella, removiéndose sobre su asiento—, tenía tiempo que no compartíamos un momento a solas. Ya te extrañaba. —se queja haciendo un gesto de frustración.
Juega con su cabello mientras me observa en espera de una respuesta. La miro de reojo reprimiendo una sonrisa.
—Yo también te extrañaba, pero el trabajo me tiene bastante ocupado, Cynthia —le digo y ella enarca una ceja, mirándome fijamente, como si estuviese ocultando algo.
Se cruza de brazos y los apoya sobre su pecho.
—¿Así que trabajo? —musita con tono sospechoso y paso saliva con el recuerdo de Maia sobre mi escritorio, que me golpea de repente.
Mi cuerpo reacciona inevitablemente y tengo que respirar profundamente para no tener una erección en este momento.
—Tú sabes que soy un hombre muy ocupado, no puedo permitirme tantos descansos —le digo y ella suelta un resoplido que me da la razón.
—Lo sé.
Mantengo la vista fija en la autopista, ella hace diversos comentarios que respondo con una risa o con sarcasmos haciendo que ella sonría, una sensación agradable me llena el pecho y cuando llegamos a su casa, siento un ápice de tristeza porque extraño a mi única amiga y no sabía que necesitaba compartir tiempo con ella hasta ahora.
—Ya llegamos —digo con pesar.
Ella asiente levemente y enfoca su mirada en mis labios, la miro extrañada, sintiendo que mi cuerpo se tensa cuando me percato de sus intenciones.
—No quiero entrar a mi casa —replica mientras se quita el cinturón de seguridad y sin siquiera darme tiempo de reaccionar, se sube a horcajadas sobre mí mientras se acomoda en el espacio entre mi cuerpo y el volante que golpea su espalda.
Suelto un jadeo de sorpresa cuando reacciono y la miro perplejo porque desde hace años que decidimos permanecer solamente como amigos, ya que nunca funcionamos como algo más.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunto sin ninguna intención de ser grosero, ella sonríe cálidamente y niega haciéndose la ingenua.
Mi respiración comienza a agitarse y siento la necesidad de apartarla.
—Solo quiero comprobar una teoría que tengo desde hace unos días —me dice suavemente antes de presionar sus labios contra los míos y arrebatarme el aliento de golpe.
Mis manos viajan a su cintura y la presiono contra mi anatomía intentando incentivar alguna sensación que me permita quitarle la ropa y hacerla mía como lo hice tantas veces en el pasado, algo que me haga saber que estoy equivocado con respecto a lo que siento pero simplemente no puedo porque sus labios no son los labios que quiero besar y cuando la separo de mí con delicadeza y me mira a los ojos, hay un ápice de diversión y no de dolor brillando en ellos.
—Lo sabía —chilla con emoción—, hay alguien más en tu vida. ¡Ya era hora!
Permanezco atónito mientras ella vuelve a su asiento tan rápido que me cuesta asimilar lo que acaba de pasar, se acomoda su ropa despreocupada y arregla su cabello con ambas manos sin siquiera mirarme.
—¿Qué fue todo esto? —inquiero con un deje de enojo crispando mi voz—, ¿estabas jugando conmigo?
Ella niega rápidamente y sonríe, volviendo a enfocar su atención sobre mí.
—Claro que no, sólo que te he notado más sonriente y distraído estos últimos días e imagino que se debe a una mujer —me explica—, así que quería comprobar lo que harías.
Pongo los ojos en blanco por su respuesta un tanto ilógica.
—¿Y no era más fácil preguntármelo que subirte encima de mi? —arqueo una ceja, esbozando una sonrisa. Mi enojo se ha esfumado por completo.
Cynthia me mira con diversión ya que me conoce bastante bien para saber la respuesta.
—¿Me lo hubieras dicho? —contraataca.
Sonrío cuando comprendo de que va todo.
—Probablemente no —miento, ella me mira incrédula y suspiro en rendición—. Claro que no.
—¿Ves? Por eso lo hice —se justifica—, hace un mes hubiese sido todo lo contrario, me hubieras tocado o correspondido el beso con mayor fervor y probablemente hubiéramos terminado follando en la parte trasera de tu auto.
La miro ofendido tratando de retener una carcajada pero fallo y exploto contagiándome con su risa que tantas veces me hizo olvidar los malos ratos y que ahora no tiene el mismo efecto que la risa de Maia.
—Sólo por eso lo dejo pasar —respondo haciéndome el enojado y ella se encoge de hombros, con un ligero rubor en sus mejillas.
—Me parece justo —juega con sus manos—, pero quiero saber quien es la afortunada, sabes que somos amigos y hasta el momento, no me has dicho quién es.
Entiendo de dónde viene su curiosidad por saber de ella pero eso no impide que mi cuerpo se ponga rígido porque es un tema delicado, pero al mismo tiempo, tengo la necesidad de desahogarme con alguien y sé perfectamente que Cynthia nunca me juzgaría.
—No somos nada —me adelanto a decir, queriendo minimizar mis sentimientos por ella.
Cynthia me observa con detenimiento y sé que está analizando mi respuesta.
—No pregunté qué eran —replica con obviedad y suelto un bufido.
—Es que no lo entiendes, ella y yo no podemos ser nada, ella no es la mujer que quiero para mi vida —me frustro al no saber explicarle lo que en realidad siento—, es muy joven para mí —me limito a decir mientras respiro hondo cuando una una punzada de dolor me atraviesa el pecho.
—Define, "muy joven para mí" —me pide imitando mi voz y no puedo evitar sonreír, aunque no sienta el mínimo interés en hacerlo.
Permanezco callado unos segundos mientras juego con el reloj que yace en mi muñeca, y es en ese instante en el que me doy cuenta de que no tiene caso seguir posponiendo un tema como este porque sé que si hubiese sido otra mujer, Cynthia ya lo sabría desde hace días o incluso semanas.
—Le llevo diecinueve años —suelto de repente y un silencio abrumador reemplaza la atmósfera confirmando el error que estoy haciendo.
—Wow, eso es una gran diferencia de edad.
Es lo único que dice. Luce genuinamente sorprendida ante mi confesión pero lo que más me sorprende es que no me mira de manera diferente. Su mirada es reconfortante y un poco alentadora. Esperaba ver desilusión o asco.
—Lo sé —me limito a decir.
—¿Ella está de acuerdo con eso? —inquiere, suavizando su voz. Intenta comprender la situación pero mi valentía se ha reducido a cenizas y no creo poder explicarle todo.
—Supongo que sí, hemos compartido varios momentos juntos y todo es perfecto cuando estoy con ella pero... —me detengo antes de terminar la oración ya que me avergüenza demasiado confesar quién es porque eso me convierte en una m****a de persona.
Cynthia suelta un suspiro y toma mi mano delicadamente, me da un apretón afectuoso y une su mirada con la mía. Solo veo comprensión en sus ojos.
—La diferencia de edad no lo es todo como muchas personas piensan y si ustedes están de acuerdo con eso, entonces no veo cuál es el problema —la miro como si me hubiese abofeteado y me suelto de su agarre sintiendo una oleada de frustración e impotencia al no ser las palabras que deseaba escuchar.
Al menos, no de ella.
Necesito a alguien que me diga que todo lo que estoy haciendo está mal y es inmoral, que soy un hombre jodidamente horrible y que merezco lo peor. Pero al parecer mi amiga no cree eso de mí.
—¿Qué diablos sucede contigo, Cynthia? ¡Ella es una adolescente y muy bien podría ser mi hija! ¡Tienen la misma edad! —me desahogo con ella, gritándole todo lo que me mantiene despierto por las noches. Este t******o en el que vivo.
Ella me mira dubitativa y la irregularidad de mi respiración es el único sonido que captan mis oídos.
—Ya no es una adolescente, es un adulto y eso ya lo sabes muy bien, si no, nunca te habrías permitido involucrarte con ella, hay algo más que no me estás contando y eso te está comiendo vivo —asevera con una voz seria y dura que me hace suspirar rendido.
Le respondo con un gruñido y ella sólo ladea la cabeza, odio que me conozca tanto como para entender que no es sólo la diferencia de edad lo que me está jodiendo la cabeza.
—Es la mejor amiga de Emily —admito, cerrando los ojos con pesar cuando siento su intensa mirada quemando mi piel.
Pienso que se quedará callada nuevamente, es algo difícil de digerir, pero me equivoco, ella vuelve a hablar y sus palabras no ayudan en nada. Sólo me hacen sentir peor de lo que ya me siento.
—Oh, eso es definitivamente un problema.
Suelto una risa sarcástica mientras la miro con obviedad.
—¿Crees que no lo sé? Soy el peor padre de la historia y lo peor es que no he podido alejarme de ella porque aunque sé lo malo que es quererla, me encuentro anhelando pasar todo el tiempo con ella.
Me sorprendo a mí mismo por mi confesión. Nunca antes pensé poder admitir algo así frente a alguien más. Y a juzgar por los latidos erráticos de mi corazón, sé que no hay mentira en mis palabras. Sin embargo, la tensión vuelve a llenar la atmósfera cuando la escucho resoplar y maldecir en voz baja.
—Estás j****o, amigo —es su única respuesta.
—Dime algo que no sepa, Cynthia.
—Te estás empezando a enamorar de ella, o quizás ya lo estás —no es una pregunta, es una jodida afirmación.
El corazón me da un vuelco violento que arrasa con mi habilidad de gestionar mis emociones, no soy capaz de respirar con normalidad porque esas palabras resuenan en mi cabeza y el golpeteo en mi pecho es insoportable, y sólo me hace sentir mareado. Me niego a creer sus palabras.
No es verdad, no puede ser verdad.