No puedes huir del pasado
Maia
—¿Qué hay de malo conmigo? —le pregunté mientras contenía el llanto dentro de mi garganta, pese a que mis intentos por lograrlo se debilitaban con las miradas llenas de desprecio que me lanzaba—, ¿por qué has cambiado de actitud? ¿Qué he hecho?
Eso pareció avergonzarle porque ocultó su mirada y metió las manos en los bolsillos de sus desgastados vaqueros, impaciente y apretando de vez en cuando los dientes. Su mandíbula tintineaba y tenía los labios curvados en una línea recta, que conocía muy bien después de dos años a su lado, siempre hacía ese gesto cuando estaba irritado y la sola idea de enfadarlo me asustaba.
No quería que se enojara conmigo. No quería ser la razón de su ira.
—Dime que sucede —mi voz era un patético chillido, él permaneció en silencio. No me miraba.
Desesperada por saber lo que ocurría entre nosotros, entreabrí los labios para decir algo más pero su voz me interrumpió antes de que pudiera formular una oración.
—Has cambiado. —espetó finalmente, usando una nota gélida que no albergaba ningún sentimiento—, no eres la misma.
Lo miré con una expresión de perplejidad incrustada en mi rostro. No entendía a qué se refería, no entendía porque estábamos teniendo esta conversación. No entendía lo que estaba pasando con nosotros.
Aún así, quise enmendar lo que sea que estuviese rompiéndose entre nosotros. Sin embargo, en ese momento no me di cuenta de que lo único que se estaba rompiendo era yo.
—Eso no es cierto, sabes que sigo siendo la misma de antes —le dije, casi balbuceando porque las palabras parecían no querer salir de mi boca, me acerqué despacio a él; retrocedió cuando intenté tocarle la mano—, Chase, sigo siendo yo —no pude mas y solté un sollozo.
Mi actitud lo estaba poniendo de malas. Dejó escapar un gruñido de frustración, frunció el ceño y me miró como si fuese una completa ingenua.
—¡Es que no te has visto en un j****o espejo, Maia! No eres la misma chica de antes —su mirada cargada de exasperación me reparó de arriba a abajo y quise hacerme un ovillo para no sentirme tan expuesta ante él—, desde que abandonaste el ballet has cogido peso y me da vergüenza que me vean contigo. Tengo una reputación que mantener con el equipo y tú lo sabes muy bien.
Mi corazón dejó de latir por la crueldad que envolvían sus palabras al momento de hablar, jamás me había sentido tan avergonzada de mí misma, nunca antes había notado las libras de más que adornaban mi cuerpo, o quizás sí, pero nunca les di importancia porque creía que no la merecían y no fue hasta ese preciso momento cuando sentí un odio tan profundo y dañino y lo peor es que no iba dirigido a él. No lo odiaba en absoluto.
Apenada, levanté la mirada para encontrarme con sus ojos y no tardó mucho en que las lágrimas mojaran mis acaloradas mejillas, los dolorosos sollozos abandonaron mi garganta, dejando que me derrumbara como nunca antes lo había hecho.
Chase soltó una maldición antes de acercarse a mí y sostenerme del mentón. Su toque no era delicado y mucho menos cuidadoso. Y juzgando nuestra historia, nada con él lo había sido.
—¿Ya no te gusto? —repliqué. Aunque era más una afirmación y me dolió comprobarlo cuando no lo negó como esperaba que lo hiciera.
—No como antes —admitió con firmeza, no había ningún ápice de mentira en sus ojos azules—, tu figura ha cambiado desde hace unos meses y mis amigos han comenzado a burlarse de mí por tener una novia gorda. No es bien visto que el capitán del equipo salga con una chica como tú. Ya sabes, con kilos de más...
>
Esa palabra que las personas utilizaban para denigrar la apariencia física de los demás, la había escuchado desde que tenía nueve años y era un constante recordatorio de mi instructora de ballet, se encargaba de hacérmelo saber todo los días, ya que mis caderas acentuadas suponían un problema para las coreografías y siempre tenía algo que decir acerca de los cambios de mi cuerpo.
Sus comentarios no me afectaban tanto a pesar de que los oía a diario, pues sabía que sólo podía tener poder sobre mí si yo se lo daba. Claro que tenía inseguridades como todo el mundo y lidiaba con ellas, pero nunca fueron el centro de mi vida. Aunque para ella siempre había un defecto que no podía pasar por alto. Todo el tiempo me recordaba lo imperfecta que era a sus ojos y esa había sido una de las razones por las que decidí dejar el ballet hace unos meses, cuando cumplí quince años me cansé y decidí hablar con mi madre.
Amaba el ballet hasta que simplemente dejé de hacerlo, un día desperté y me di cuenta de que, aunque no pudo destruir mi autoestima, sí pudo hacerme odiar lo que consideraba mi pasión.
No quería estar en ese ambiente un segundo más y enterré mis sueños en un cofre que nunca más abrí, Chase lo sabía todo y en su momento me brindó todo el apoyo que necesitaba. Él había estado estado conmigo asegurándome lo hermosa que era y le creí, creí cada palabra que decía así que me dolió aún más que fuera él el que me confirmara todos los defectos que una vez me hizo olvidar.
Lo alejé de mí sin ser brusca y me limpié las lágrimas con el dorso de la mano, temiendo que el maquillaje se me corriera y tuviese otro defecto por el cual avergonzarme.
—Y-yo puedo cambiarlo —balbuceé sin pensar lo que estaba diciendo o haciendo—, lo puedo arreglar, Chase—me apresuré a decir, queriendo evitar que me dejara. No sabía porque, pero necesitaba su aprobación, necesitaba tenerlo conmigo.
Una risa burlesca brotó de sus labios y me miró con un atisbo de diversión. Pero lo conocía demasiado bien para saber que no estaba contento, habíamos sido mejores amigos antes de iniciar una relación. Hasta Emily supo que había algo entre nosotros primero y se encargó de ser nuestro cupido antes de marcharse a Hawái.
Hubiera dado todo para que se quedara.
—Dudo que haya arreglo para ti, Maia, te has descuidado demasiado y ni siquiera tener una cara linda te beneficia —comentó con desagrado, no se inmutaba ante las barbaridades que salían de su boca, ni siquiera se detenía a pensar en las grietas que estaba abriendo dentro de mi corazón y que nunca sanarían.
Mi pecho se apretó nuevamente y sentí que el aire comenzaba a faltarme. Siempre había sido de contextura rolliza, no era delgada, pero tampoco era gorda, no quería decir que fuera malo serlo, pero no lo era, o al menos eso creía. Porque ante los ojos de mi novio era eso y más. No era una justificación pero entendía el porqué de su decepción, él me conoció hace dos años, cuando era muy delgada, demasiado delgada, porque solo estando así podía permanecer en la clase de ballet.
Pero nunca me sentí cómoda con mi figura, no era la persona que me gustaba ver en el espejo así que gané peso y cuando por fin había estado conforme conmigo misma, había dejado de gustarle a mi novio.
—Estás siendo muy cruel conmigo —mi llanto apenas me dejaba hablar, me ardían los ojos y sentía que mi corazón se oprimía—, me estás haciendo daño.
Se cruzó de brazos y arqueó una ceja, furioso.
—¿Y crees que ser la burla de mis amigos se siente bien? —inquirió con rabia—, pensé que tú sola te darías cuenta de lo que le estabas haciendo a tu cuerpo, pero ya vi que no, te gusta estar así como estás —me hirió como ni una persona lo había hecho y ante su gélida mirada me sentí como una completa pila de basura que carecía de valor y aprecio.
Y por un pequeño momento me pregunté si Chase se merecía estar con alguien como yo, alguien por debajo de sus estándares de belleza que por supuesto no cumplía.
Permanecí callada y quise amortiguar los sollozos que se acumulaban en mi garganta.
—Por favor, detente —pedí con la voz rota—, no te perdonaré si dices otra palabra.
—No seas patética, Maia —escupió con desdén—, si te digo esto es porque te quiero, quiero que estés bien y me preocupa verte así —caminó tres pasos hasta tenerme delante y con sus brazos rodeó mi cintura.
Quise hacerme creer que me sentía bien al estar envuelta en sus brazos de nuevo, pero la verdad era que nunca me había sentido tan desprotegida en mi vida como en ese momento.
—¿Y si me quieres porque me dices todas estas cosas? —me temblaron los labios.
Su abrazo se desvaneció tan rápido que por un momento dudé que hubiese sucedido, que tan siquiera fuese real. Con una mano agarró el exceso de piel que albergaba en mis caderas y que yo no sabía que era posible hacer. El consiguió tocar esas partes que nunca antes había considerado un defecto y nunca antes me sentí tan desnuda y vulnerable.
—¿Crees que esto es estar sano? —apretó mi carné con la intención de hacerme daño y solté un jadeo de dolor que ignoró—, mírame a mí y mírate a ti. Es demasiado obvio, ¿no?
Me soltó bruscamente y me abracé deseando desaparecer de aquel lugar para no sentirme tan humillada, quería llorar hasta agotarme, quería morirme, quería que Chase se retractara de sus palabras y me dijera que todo había sido una broma de mal gusto o algo así, pero nada de eso ocurrió y a partir de ahí comenzó mi peor pesadilla.
—O bajas de peso o te vas olvidando de mí para siempre.
—No cambiaré por nadie. —Ambos sabíamos que estaba mintiendo...
—¡Maia Steinfeld! —parpadeo desorientada cuando escucho el grito de mi queridísima amiga—, ¿me estás escuchando tan siquiera, castaña? —Emily tira de mi brazo, me zangolotea con fuerza y eso basta para salir de mi doloroso trance.
Ignoro la mirada acusatoria que me lanza y meneo la cabeza alejando esos recuerdos que no quiero revivir nunca más, pestañeo en múltiples ocasiones y trato de darle mi atención a la rubia que tengo sentada en mi cama desde hace unos minutos, ya que no se le ocurrió mejor hora que la madrugada para escabullirse en mi habitación.
Paso saliva y finjo bostezar para disimular la opresión que siento en mi pecho,—Si te estaba escuchando —miento.
Ella hace un gesto incrédulo y esboza una sonrisa que me pone a temblar.
—Eso es una completa mentira y lo sabes, estabas como ida y ni siquiera pusiste atención a lo que te dije —comenta mientras se recuesta a lado mío y se mete entre las sábanas de mi cama—, pensé que la distraída de esta relación era yo —susurra para sí misma y no puedo evitar reírme ante su comentario.
Eso la hace mirarme detenidamente, suelto un resoplido admitiendo la derrota y me sincero con ella.
—No te estaba escuchando —la miro apenada.
Emily suspira exageradamente y pongo los ojos en blanco para intentar enmascarar mi diversión.
—Dime algo que no sepa, querida —espeta con sarcasmo.
>
Mi pulso se acelera con ese pensamiento insólito, pero me obligo a dejar de pensar en cosas que no deberían estar presentes en mi mente y concentrarme en lo que dice mi mejor amiga. Aunque dudo que pueda prestarle atención después de haber estado divagando en el pasado, un pasado que me sigue doliendo y que por mas que intente decirme a mí misma que esta superado, no lo esta. En absoluto.
Se me olvidó que el pasado no siempre permanece oculto y tarde o temprano tendré que enfrentarlo si quiero seguir adelante con mi vida. No puedo seguir estancada en el tiempo sin saber que hacer con las decisiones que tomé.
—Lo siento, ¿vale? Fue grosero ignorarte mientras hablabas —dejo escapar un bufido y juego con los dedos de mis manos—, pero dime por qué estás aquí tan temprano, aunque a juzgar por tu sonrisa maliciosa sé que no puede ser bueno.
Ella jadea haciéndose la ofendida y mi sonrisa se ensancha.
—¿Cómo puedes decir cosas tan terribles sobre mí? —finge una expresión de sorpresa.
La miro fijamente enarcando ambas cejas y ella se muerde el labio, sabiendo que la conozco lo suficiente para saber que tiene una idea en mente y no desistirá de ella.
—Será mejor que empieces a hablar, rubia.
Toma un profundo respiro antes de retomar la conversación, me explica lo que tiene planeado y no puedo evitar rodar los ojos de vez en cuando por las ocurrencias que sigue teniendo pese a que ya no somos unas adolescentes de quince años que intentan escapar de sus padres.
—Sabes que tuve que cancelar nuestros planes de acampada por la discusión con mi padre pero ya hice nuevos planes —la miro escépticamente, intentando procesar toda la información recibida—. Así que nos vamos en cuatros días —termina y niego con la cabeza enseguida.
—No nos iremos a escondidas, Emily, tu padre no se merece esto. Se preocupará por nosotros y probablemente llamará a la policía.
Frunce el ceño en desaprobación y se queda pensativa.
—Tienes razón, lo avisaremos cuando lleguemos a nuestro destino y así no se preocupara por nosotras —resuelve rápidamente—, nomas nos iremos una semana, prometo que te divertirás.
—No lo sé, no quiero que la tensión con tu padre empeore todavía más —susurro por lo bajo.
Descarta mis sentimientos con una mirada y sé que no puedo seguir excusándome de no querer ir cuando la única razón es que no quiero dejarlo. Maldición.
—Lo conozco y sé que en unos días se le pasará el enojo y ni siquiera se acordará —intenta convencerme.
—No lo sé…
Ella me mira con súplica.
—No seas aguafiestas —se encapricha.
Su insistencia es persistente y no quiero negarme, al fin de cuentas, estoy aquí para pasar tiempo con ella y no con su padre.
Me muerdo el labio indecisa, sé que no está bien que nos vayamos así pero tampoco tengo porque pedir el permiso de Derek para salir con Emily. Aunque desearía que pudiéramos irnos sin tener que ocultarlo, tengo un mal presentimiento sobre esto y espero equivocarme.
—Vale, acepto —murmuro con inseguridad y Emily suelta un grito antes de abrazarme efusivamente.
Me permito corresponder a su abrazo de la misma manera y por un momento todo los problemas de nuestro alrededor parecen irrelevantes.
—Yo sabía que entrarías en tus cabales —su voz me regresa a la realidad.
—Sal de mi habitación y déjame dormir antes de que cambie de opinión —gruño acomodándome en la cama al momento en que me cubro la cara con la sábana y suelto un bufido.
La escucho reírse y la siento levantarse de la cama suavemente. Sus pasos se alejan cada vez más y trato de cerrar los ojos para conciliar el sueño nuevamente, pero pierdo la concentración cuando vuelvo a oír su voz.
Dejo escapar un resoplido y levanto la sábana de mi cara, buscándola con la mirada para asesinarla por no dejarme dormir.
—Maia... —la cabeza de Emily se asoma por la puerta—, lo que sea que estabas pensando antes, puedes compartirlo conmigo, sé que tal vez se siente un poco raro estar reunidas después de cinco años sin vernos, pero para mí tú sigues siendo mi mejor amiga y sabes que puedes confiar en mí —hace una leve pausa, como si estuviera meditando algo y entonces dice—: Te quiero, castaña.
Parpadeo un tanto descolocado. Mi corazón comienza sentirse pesado dentro de mi pecho.
—Yo te quiero más, rubia —le digo sonriendo.
La sorpresa interrumpe la expresión de su rostro, como si no esperara mi respuesta. Cuando logra emerger de su trance, me da un leve asentimiento de cabeza para después salir por completo de la habitación sin decir nada más. Aunque no me pasa desapercibida la esperanza que vislumbré en sus ojos.
Una vez que me aseguro de que se ha ido por completo y no piensa regresar, me dejo caer de nuevo en la cama, llenándome de la miseria y la melancólica que me embarga al darme cuenta que estoy haciendo las cosas mal y no solo me refiero a Derek, si no a las decisiones que he tomado desde que tenía quince años y aunque ha pasado muchos años desde eso, aún me sigue afectando.
Quise escapar de San Francisco, de mi pasado, de mis padres, para poder despejar mi mente y justamente por eso cuando me dieron ese regalo de sorpresa no dudé en empacar mis maletas y salir corriendo, pero ahora me doy cuenta que no puedo seguir huyendo de mi pasado. No puedo seguir huyendo de mi misma cuando soy la única persona que puede salvarme
No puedo escapar de lo que se siente roto dentro de mi interior y me duele porque esa herida sigue sangrando y he ido dejando trozos de mí por el camino que no voy a poder recuperar. No mejoré, no me curé como quise hacerme creer, no es verdad toda la maraña de mentiras que me dije para seguir disfrazando la realidad.
Me mentí a mí misma y me perdí en el proceso.
Mis padres tenían razón al estar preocupados por mí, necesitaba más ayuda de lo que me permití admitir hace años, sólo los engañé diciendo que todo estaba bien conmigo, que había hecho lo posible para recuperarme cuando en realidad nunca antes me había sentido tan rota como ahora.