NL SOY SU SACO DE BOXEO

830 Palabras
Leonard El día empezó mal. Una llamada a las cinco de la mañana desde Londres anunciando que una de nuestras inversiones inmobiliarias había fracasado. A las seis, un correo de los abogados con malas noticias sobre un litigio millonario. Y a las ocho, la junta directiva con su interminable desfile de incompetentes pidiendo soluciones milagrosas. Para el mediodía, sentía la mandíbula tensa y un dolor punzante en las sienes. No había desayunado, el café sabía a cenizas, y mi paciencia era un hilo a punto de romperse. Y para colmo, Isabella Torres seguía ahí. Sencilla. Serena. Con esa maldita expresión de calma que me exasperaba. Cuando entré a la oficina tras la junta, la encontré revisando documentos en mi escritorio auxiliar. —¿Quién le dio permiso para tocar eso? —solté, con voz fría como un látigo. Ella levantó la vista, tranquila, aunque noté cómo sus manos se detuvieron un segundo antes de volver a moverse con cuidado. —Solo estoy organizando los contratos que me pidió revisar. El equipo de contabilidad dejó varios sin firmar. —¿Y quién dijo que necesitaba su criterio? —dije, avanzando hacia ella. Cada paso hacía crujir el piso de mármol bajo mis zapatos. —Nadie. Solo soy su secretaria, no su asesor financiero. Pero alguien tiene que evitar que firme errores. ¿Su tono? No era desafiante. No del todo. Era… firme. Me incliné sobre el escritorio, apoyando las manos a ambos lados de los documentos, atrapándola con mi sombra. —Escúcheme bien, señorita Torres. Hoy no es el día para que juegue a ser indispensable. Mantenga la boca cerrada y haga solo lo que se le pide. Sus ojos oscuros me miraron directo. No bajó la vista. No tragó saliva. —Con todo respeto, señor Blackwell —su voz no tembló ni una pizca—, no soy su saco de boxeo emocional. Entiendo que su día haya sido difícil, pero el mío también tiene límites. Un silencio pesado se instaló entre nosotros. En mi oficina nadie me hablaba así. Nunca. Ella respiró hondo, enderezando los hombros. —Soy su secretaria. No su terapeuta. No su esposa. No su enemiga. Si quiere desquitarse con alguien, le recomiendo un saco de arena en el gimnasio. ¿Qué demonios…? Por un instante no supe qué decir. Yo, Leonard Blackwell, incapaz de articular una respuesta. —¿Terminó? —gruñí finalmente. —Por ahora, sí. —Tomó los documentos, los ordenó en una carpeta y la dejó sobre el escritorio con un gesto pulcro y calmado. Yo me aparté un paso, intentando recuperar el control de mi expresión. Nadie me hablaba de esa manera… pero había algo en ella, en esa mezcla de humildad y carácter, que me impedía estallar. Y eso me enfureció aún más. Isabella Respiré profundo cuando él se giró hacia la ventana. Su espalda ancha, rígida como un muro de concreto. Sus manos en los bolsillos del pantalón. Parecía un rey caído en guerra con su propio reino. ¿Me había pasado? Tal vez. Pero alguien tenía que ponerle un alto, aunque fuera yo, la humilde secretaria con sueldo ajustado y demasiadas responsabilidades familiares esperando en casa. —Señor Blackwell… —dije, suavizando mi voz. No era mi intención provocar una explosión. Solo marcar un límite. —¿Qué? —respondió sin mirarme. —Puedo ser su apoyo en el trabajo. Puedo organizar su agenda, filtrar llamadas, mantener todo en orden. Pero no puedo ni voy a absorber su mal humor. Él no contestó. Solo permaneció ahí, inmóvil. Después de unos segundos eternos, giró apenas la cabeza. Sus ojos grises me atraparon como un rayo en tormenta. —Usted… —empezó, su voz más baja ahora, casi como un susurro—. Usted no tiene idea de lo peligroso que es hablarme así. —Y usted no tiene idea de lo peligroso que es tratar a todos como si fueran reemplazables. —respondí, sin amedrentarme. Sus labios se curvaron en algo que no era una sonrisa… más bien un reconocimiento sombrío. —Podría despedirla en este mismo instante. —Puede intentarlo. Pero tendrá que explicar por qué se deshizo de la única secretaria que no se asusta con su mal genio. Un silencio más. Pesado. Lleno de electricidad. Y entonces él hizo lo impensable. Se rió. Apenas un resoplido seco… pero era la primera vez que lo veía hacer algo que no fuera ordenar o gruñir. —Tenga cuidado, señorita Torres —dijo finalmente—. Está jugando con fuego. —Entonces asegúrese de no quemarse, señor Blackwell. Leonard Cuando Isabella salió de la oficina, me quedé mirando la carpeta sobre mi escritorio. Todo estaba impecable. Claro, conciso. Exactamente como debía ser. Y sin embargo, no podía concentrarme en los números. Solo en ella. En su voz firme, sus ojos decididos, su forma de plantarse frente a mí sin temblar. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien me estaba desafiando. Y lo peor… Es que me gustaba.
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