PRIMER ENCUENTRO
Isabella
Dicen que cuando entras en Blackwell Enterprises, dejas tu alma en la puerta.
Y si tienes la mala suerte de trabajar directamente con el señor Blackwell... bueno, que Dios te ampare.
Yo no creo en los cuentos de terror.
Pero sí creo en la necesidad. Y la mía pesa más que cualquier miedo.
Respiré hondo frente al espejo del baño del piso 42. Coleta alta, lápiz labial discreto, vestido modesto. Ni rastro de nervios en el rostro, aunque por dentro sentía mariposas dando patadas. Primera impresión, recordé. Firmeza. Educación. Nada de titubeos.
Eran las 7:55 a.m. cuando tomé asiento frente a su oficina.
El escritorio estaba impecable. Las instrucciones también: "No interrumpas a Leonard Blackwell, a menos que se caiga el edificio."
Perfecto.
Justo lo que necesitaba para mantenerme lejos de problemas.
A las 8:00 en punto, las puertas del ascensor se abrieron.
Y entonces lo vi.
Traje n***o entallado. Camisa blanca. Corbata gris acero. Cabello oscuro perfectamente peinado hacia atrás. Ojos grises como el invierno. No caminaba, flotaba. Como si el mundo le hiciera espacio por respeto… o por miedo.
El mismísimo Leonard Blackwell.
Sus ojos se posaron en mí por primera vez y sentí un escalofrío. No por miedo. Por la intensidad con la que me miraba. Como si tratara de descifrar si yo era una amenaza... o una pérdida de tiempo.
—¿Quién es usted? —preguntó con voz baja, cortante, sin frenar el paso.
—Isabella Torres. Soy su nueva secretaria, señor Blackwell. —respondí al instante.
Se detuvo.
Giró apenas el rostro hacia mí. No del todo. Como si mirarme por completo fuera gastar energía que no merecía.
—No me gustan los errores, señorita Torres. Ni retrasos. Ni excusas.
—Perfecto, porque yo tampoco los tolero, señor Blackwell.
Fue como lanzar un cubo de hielo al fuego. O viceversa.
Un silencio se extendió entre nosotros. Algunos empleados pasaron más rápido. Otros fingieron leer documentos.
Él me miró por primera vez, de verdad. Sus ojos bajaron apenas, sin descaro, pero con análisis.
—Veremos cuánto le dura esa actitud.
Y sin más, se metió en su oficina, cerrando la puerta tras de sí.
Yo sonreí. Pequeñito, casi imperceptible.
Pero fue mi primera victoria.
Leonard
Otra secretaria.
Otra semana lidiando con ineficiencia, dramas y errores ortográficos.
La última duró tres días. Tres.
Me irritan las excusas, las voces temblorosas, los “lo siento, señor Blackwell”. Estoy harto de personas que dicen sí a todo sin saber lo que hacen.
Así que cuando la vi —sencilla, coleta alta, vestido barato— pensé que Recursos Humanos se había superado. Una niñita con ojos brillantes. Adorable, dirían algunos. Inútil, pensé yo.
Pero entonces abrió la boca.
“Perfecto, porque yo tampoco los tolero, señor Blackwell.”
No tartamudeó. No sonrió nerviosa. No bajó la mirada.
Interesante.
Entré en mi oficina sin decir más, pero no pude ignorar esa pequeña chispa. No era lo que esperaba. Y eso me molestaba.
La gente predecible es más fácil de manejar.
Ella no lo parecía.
El día pasó como siempre: reuniones, números, decisiones. Me sumergí en documentos y contratos, esperando la típica interrupción de una nueva secretaria buscando aprobación por cada paso.
Pero ella no llamó.
No tocó.
No pidió ayuda.
A las 2:00 p.m., recibí en mi bandeja un informe perfectamente organizado, con notas al margen y correcciones que nadie había tenido el valor de marcar antes.
Isabella Torres tenía carácter.
Y, lo que era peor… tenía cerebro.
Eso la convertía en un riesgo.
Y los riesgos no me gustan.
Isabella
A las 6:00 p.m., apagué el ordenador y ordené mi escritorio.
Sabía que no sería fácil. Leonard Blackwell no parecía el tipo de hombre que dejaba que alguien se acercara demasiado. No emocionalmente. Y mucho menos profesionalmente.
Pero yo no había venido a impresionarlo.
Había venido a demostrar que podía.
Que valía.
Y por primera vez, sentí que ese castillo de hielo tenía una grieta.