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Red De Trampas

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Descripción

Soportar la indiferencia es un arte doloroso, y Luana lo había perfeccionado durante meses. Vivía atrapada en un matrimonio fantasma, una farsa donde los engaños de Alexander eran un secreto a voces y la cama fría, especialmente desde que descubrió que él se acostaba con su mejor amiga.

Aquella noche, Luana decidió vestirse de valor. Iba a darle una última oportunidad; un último intento desesperado por remendar las grietas de una relación que ya estaba en ruinas. Sin embargo, el destino —o la verdadera naturaleza de su esposo— volvió a golpear primero: un mensaje de texto de Alexander cancelando los planes, una vez más, la dejó sola en la oscuridad.

Pero esa misma noche, el juego cambió para siempre.

Un trágico accidente automovilístico se interpuso en sus vidas. De la noche a la mañana, el hombre frío y distante pasó a depender de las máquinas de un hospital para seguir respirando, y lo que era aún peor, pasó a depender exclusivamente de su cuidado. Atada por las presiones de una sociedad que le exigía ser la esposa perfecta, la mártir abnegada que vela por el marido postrado, Luana se descubrió encerrada en una nueva jaula de oro.

Ahora, rodeada de miradas que juzgan y una culpa impuesta, se encuentra en la encrucijada más peligrosa de su vida: cumplir con el rol que el mundo espera de ella, o romper las cadenas del pasado y aceptar la oportunidad de un nuevo amor.

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El accidente
Llegó a casa tras esquivar el tráfico de un típico viernes. Traía el corazón acelerado por el mensaje que Alexander le había enviado al teléfono poco antes: *“Espérame en casa... te compré algo para que uses esta noche”*. Arrojó su bolso sobre la mesa del comedor, subió a la habitación y buscó el regalo. Encontró una caja roja con un lazo del mismo color descansando sobre la cama. Al tirar del moño, descubrió un hermoso conjunto de lencería color rojo carmín. —*Wow*... nunca usé algo como esto —murmuró para sí misma. Lo tomó entre sus manos y se encerró en el baño. «Hoy se tiene que dar. Después de tanto tiempo, después de tantos obstáculos... al fin vamos a poder ser un matrimonio real», pensó mientras el agua caliente se encargaba de relajar sus rodillas temblorosas. Esos meses Alexander había estado muy distanciado, pero las cosas estaban por cambiar. Al salir de la ducha se maquilló, secó su cabello y adornó su figura con el conjunto rojo; sin embargo, se cubrió con una bata tras sentir un repentino escalofrío que le erizó la piel. Se sentó al borde del colchón y encendió algunas velas aromáticas. La habitación estaba perfecta. Las horas transcurrieron al compás del reloj antiguo que adornaba el *living*. Sus ojos comenzaron a pesar hasta que se cerraron por completo; el cansancio le ganó. De repente, el sonido de una notificación la sobresaltó: > *“No voy a llegar esta noche. Mi vuelo se demoró por cuestiones laborales. Vamos a tener que posponer la luna de miel una vez más, voy a cambiar la fecha de los boletos. Lo siento.”* > Luana no contestó. Simplemente arrojó el teléfono silenciado sobre la cama. Apagó cada vela y tiró toda la decoración a la basura, incluido el conjunto nuevo. Le parecía inútil. Con la desilusión calando hondo en su pecho, se acostó a dormir. **La mañana siguiente...** ¡Ding-dong! El timbre la despertó a primera hora de la mañana. Se levantó aturdida y tallándose los ojos. ¿Habría olvidado Alexander sus llaves? Bajó corriendo las escaleras, descalza y envuelta en la bata, con una sonrisa que se desdibujó de un plumazo al abrir. En el umbral había dos oficiales de policía. —Buenos días, oficiales, ¿puedo ayudarlos en algo? —preguntó confundida, conteniendo un bostezo. —¿Señora Luana McKnight? —preguntaron examinándola. —Sí, soy yo —respondió, cruzando los brazos para asegurar la bata sobre su pecho. —¿Podemos pasar a hablar? —solicitó uno de ellos con cautela, enseñando su placa. Ella les cedió el paso. Una vez sentados en el *living*, el ambiente se volvió denso. —Señora... estamos aquí para darle una triste noticia. Su esposo sufrió un accidente automovilístico hace unas horas. Vinimos a informarle que se encuentra en la UCI; intentamos comunicarnos antes, pero no atendió las llamadas. Esas palabras se sintieron como un golpe directo al estómago, como si dos alarmas de incendio resonaran en sus oídos. No pudo contenerse; se llevó las manos temblorosas a la cara para limpiar las lágrimas que desbordaban sus ojos. —No, no, no es posible... —sollozó, con el cuerpo entero sacudido por el *shock*. Tras marcharse los oficiales, Luana casi tropieza en las escaleras debido a la falta de coordinación. Al entrar a su habitación, tomó el teléfono con torpeza y marcó. —Mamá, papá, por favor, los necesito... —habló sentada en el suelo, ahogada en llanto. —Hija, ¿qué sucedió? —la voz de su padre sonó alarmada. —Alexander tuvo un accidente con el auto. ¿Pueden venir? No quiero estar sola, tengo que ir al hospital... está en la UCI. Sus piernas flaquearon al cortar. Se cambió de ropa como pudo, bajó las escaleras y esperó detrás de la puerta hasta que sus padres anunciaron su llegada. Al llegar al hospital, la condujeron directamente a la Unidad de Cuidados Intensivos. La piel se le erizó apenas cruzó el umbral. Alexander tenía la cabeza completamente vendada y diversas fracturas visibles. —Está en coma, no sabemos cuándo despertará. Es un milagro que haya sobrevivido a un impacto de esa magnitud —explicó el médico de guardia mientras anotaba unos datos en el monitor. —Santo cielo —murmuró ella. Se acercó a la camilla y le tomó la mano con suavidad. —Cualquier cosa, puede tocar el timbre del pasillo —añadió el doctor antes de salir. «¿Cómo es que llegaste a esto, Alex?», pensó en voz alta, contemplando el estado lamentable de su marido. El tiempo se dilató en la penumbra de la sala. Más tarde, una mano en su hombro la devolvió a la realidad. —Hija... despierta —le susurró su padre—. Están los padres de Alexander afuera. Ella asintió en silencio y salió de la habitación. Se dejó caer en las sillas del pasillo a esperar que sus suegros terminaran la visita. Apoyó la cabeza en el hombro de su madre, manteniendo la vista fija en la puerta. Media hora después, la puerta se abrió. Elsa, la madre de Alexander, salió con el rostro destrozado, mientras que Germán, su suegro, caminaba con la mirada perdida. De pronto, Elsa se detuvo en seco. Al divisar a Luana, giró sobre sus talones. Sus tacones resonaron con violencia en el pasillo, quebrando el respetuoso silencio del hospital. —¡Tú! ¡Todo esto es tu culpa! —gritó, desquiciada. Se plantó frente a ella y levantó la mano dispuesta a abofetearla, pero la madre de Luana reaccionó a tiempo, sujetándola del brazo con firmeza. —¡Aléjate de mi hija! —bramó, empujándola sutilmente hacia atrás. Luana observó la escena completamente aturdida. Germán intervino de inmediato, tomando a su esposa del hombro. —Elsa, ¿vas a armar un escándalo en este preciso momento? Compórtate. Pide disculpas y vámonos —le ordenó en un hilo de voz tenso. Luana prefirió ignorar el veneno de su suegra y desvió la mirada, limpiándose las lágrimas rebeldes mientras escuchaba una disculpa automática y vacía. Finalmente, los padres de Alexander se marcharon. Sabía que su esposo era el orgullo de la familia, pero aquello no justificaba los maltratos. —Te dejamos un tiempo a solas con él, mi amor. Mañana volvemos temprano —le dijo su padre, dándole un beso en la frente. Luana asintió con un nudo insoportable en la garganta. Al quedarse sola en la habitación a oscuras, el único sonido era el rítmico y monótono pitido de las máquinas que mantenían a Alexander con vida. Apoyó la cabeza en el borde del colchón y, vencida por el cansancio y el dolor, terminó quedándose dormida a su lado. **Al día siguiente...** Cerca de las doce resonó el sonido del timbre dentro de su casa. Había vuelto esa mañana para dormir un poco, tomar un baño y buscar algunas cosas para regresar al hospital a cuidar de Alexander. Dormía profundamente tras haber estado toda la noche en vela. Se calzó unas pantuflas y bajó a pasos torpes por la escalera. Espió con sus ojos enrojecidos a través de la mirilla de la puerta. —¿Qué está haciendo en mi casa? —se preguntó al ver quién estaba de pie afuera. Martín guardaba una mano en el bolsillo de la campera y sostenía unas flores en la otra. Era el hermano de su amiga Camila y una de las pocas personas del entorno de Alexander que siempre se había mostrado afable con ella. Luana abrió la puerta, despeinada y luciendo un pijama de gatitos. Se apoyó en el marco. —Lu... ¿Cómo estás? Vine a ver si necesitabas algo. Justo pasaba por acá, vi tu auto y decidí venir a verte... —tartamudeó con el labio tembloroso. —Acabo de despertarme, pero me siento igual que ayer... —soltó una risa amarga y las lágrimas amenazaron con salir. —Lo siento... —susurró Martín y se rascó el cuello. —Perdón, pero... —se cubrió el rostro con las manos para ocultar sus lágrimas. —¿Puedo pasar un rato? —inquirió con el rostro sonrojado, señalando al interior de la casa. Ella dudó unos segundos, pero pensó que tal vez le vendría bien un poco de compañía; asintió y le cedió el paso. Martín la siguió hasta la cocina, colocó las flores en agua y se quedó de pie. Luana le sirvió una taza de café. Martín la aceptó y suspiró al mirarla a los ojos. —Gracias —susurró él bien bajito. —Todos deben tenerme lástima ahora mismo... —expresó ella con la voz tomada. Martín se rascó la cabeza. Hubo un silencio que se sintió insoportable. —Vine para que sepas que puedes contar conmigo y con mi familia, Lu. Sabes que nosotros no somos como la familia de Alexander —espetó sentándose en un banco de la cocina. —Lo sé, y gracias. Pero creo que voy a estar bien. De verdad. —Luana apoyó los codos sobre la mesa y lo miró con sus ojos cristalinos. —¿Cómo estás, aparte de todo esto? —se acercó a ella y la tomó de la mano. —No lo sé. Las cosas no venían bien en nuestro matrimonio —se sinceró Luana, aceptando el contacto. —Bueno... —Martín se mordió los labios antes de hablar de más. —Es terrible. Todos saben cómo nos iba en nuestro matrimonio —miró hacia arriba y soltó un suspiro pesado. Se llevó ambas manos al cuello y apretó con fuerza las yemas de sus dedos en un intento por relajar la tensión. Martín le dio un abrazo de forma repentina, envolviendo su cuerpo por completo. Después de tanto tiempo, ella se sintió un poco en paz; pero en cuanto su sentido común despertó, consideró el gesto demasiado invasivo. Miró una foto de su casamiento que posaba sobre una repisa de la cocina y lo apartó con calma. —Martín, voy a pedirte que te vayas. Quiero estar sola —exigió, marcando distancia. Tras marcharse Martín, la casa quedó en total silencio. Unos minutos después, él le envió un mensaje: > *“No quiero que me malinterpretes. De verdad te valoro como mi amiga. Te quiero.”* > Luana se quedó mirando ese mensaje por varias horas hasta que consiguió conciliar el sueño de nuevo.

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