Llegó al trabajo corriendo, sentía que la cabeza se le iba a partir al medio, tomó un analgésico para calmar el dolor y se masajeó con las yemas de los dedos. Se quedó parada recordando lo que había pasado esa noche y se empezó a reír.
—¿De qué te ríes? —preguntó Mat mirándola con una sonrisa.
—Nada, de algo que pasó ayer —soltó una risa bajita.
—Si no quieres contarme estaré bien, solo me dejarás con la duda —le sonrió agachando la cabeza.
—¿Crees que una persona se puede enamorar a primera vista? —se veía pensativa mientras se reía para sus adentros.
—¿Estás enamorada? ¡Ay, tienes que contarme todos los detalles! —luego se rió—. Sí, creo en el amor, no sé si a primera vista, pero una persona se puede enamorar perdidamente de alguien —Mat suspiró y se cruzó de brazos.
—No estoy enamorada, solo tengo esa pregunta en mi cabeza. ¿Si alguien se puede enamorar con solo mirarla y decir: "yo quiero a esa persona en mi vida"? —lo miró con picardía.
—¿Quién es? —la tomó de los brazos—. Si me cuentas yo te cuento —insistió.
—Te contaré al salir del trabajo, ahora cuéntame tú primero —se colocó la chaqueta y fue abrochando los botones uno por uno.
—Conocí a un hombre encantador —dijo Mat con la mirada brillante—. Sabes que eres la única en quien confío para hablar de mis relaciones —suspiró de insuficiencia.
—¿Y, lo conociste y qué pasó? —estaba muy curiosa.
—¡Estamos de novios! —habló emocionado.
—Me alegro por ti, espero que sean muy felices juntos —expresó con una mirada tierna, acariciándole el hombro.
—No creas que me vas a dejar con la duda hasta hoy a la noche —la miró con picardía y la señaló con el dedo.
—¿Recuerdas al sujeto que te mencioné ayer?
—Claro... —asintió con un movimiento de cabeza.
Luana le contó lo que había pasado y Mat gritó de la emoción.
—Te mereces alguien que te ame, te cuide y quiera estar contigo verdaderamente —luego suspiró—. Me gustan los hombres, pero también soy hombre y no estaba de acuerdo con la forma en que te ignoraba Alex. Sé que suena duro, pero él te ignoraba, querida —la miró con cariño.
—Lo sé, es solo que nunca tuvimos la oportunidad de estar solos —Luana se entristeció.
—Querida, nunca te tocó. Si fuera tu marido y me gustaran las mujeres te habría hecho diez hijos, eres hermosa y no debes rogar amor a nadie, ellos deben rogarte —Luana se empezó a reír de su comentario—. Además, ¿qué estás esperando? Llama a ese hombre, debes librarte de esa maldición s****l que tienes —la sacudió por los hombros.
—¡Mat! Suenas igual que Camila —puso los ojos en blanco.
—Es una verdad, no sabes de lo que te pierdes —luego sacudió las manos haciendo señales de calor.
—¿Quiénes son los pacientes que vienen hoy? —preguntó evadiendo el tema y arrugando la frente.
—Revisa la planilla —le señaló la hoja.
—¿Hay solo dos pacientes? —preguntó sorprendida.
—Mejor, así tenemos tiempo de hablar y me das más detalles de tu galán —le guiñó un ojo.
—Espera, ¿este nombre está bien? —miró sorprendida el nombre del paciente.
—Sí, al parecer se acaba de registrar. ¿Qué tiene el nombre de raro? —preguntó mirando la planilla.
—Es él, el hombre de ayer, Marcos Silvers —se mordió las uñas por los nervios.
—Querida, es una señal del destino, ve a abrir la puerta y llámalo —dijo con un tono chistoso.
—O es un psicópata que me está siguiendo —entró en pánico apoyándose contra la puerta.
—Debe ser una coincidencia —acarició sus brazos para que se calmara.
—Una coincidencia es normal, pero dos son muchas —respiró hondo y se agachó para mirar por el rabillo de la puerta, y lo vio esperando de pie frente a la sala.
—Está ahí. ¿Qué hago? —estaba en pánico, aún podía sentir la sensibilidad en su piel por el beso de esa noche.
—Debes calmarte, pareces una niña de diez años cuando ve al chico que le gusta —Mat respiró hondo y la tomó de los hombros—. Estás roja como un tomate, ponte el delantal, respira hondo y hazlo pasar.
Acto seguido, Luana hizo lo que le dijo Mat.
—Silvers, adelante por favor —le ardía la cara de la vergüenza, tenía circulando en la cabeza lo que había ocurrido esa noche con él.
—Qué sorpresa, nos volvemos a encontrar —Marcos vio la cara sonrojada de Luana y se empezó a reír.
—Hola, Marcos, ¿cómo estás? Dime... ¿en qué zona del cuerpo debo realizar la radiografía? —preguntó Luana, mirando la planilla.
—En los hombros... me golpeé y creo que me lesioné —respondió Marcos, mirándola a los ojos. Luana se quedó petrificada en el lugar unos segundos.
—Señor Silvers, por favor, debe quitarse la camisa —intervino Mat desde atrás, viendo que Luana estaba tildada.
Luana miró a Mat fastidiada.
Marcos se sacó la camisa y dejó su torso al desnudo; tenía los músculos bien definidos y el bronceado lo hacía ver extremadamente apuesto. Luana se congeló, parecía que había sido tallado por el mismísimo Miguel Ángel.
—Debo ir a atender a la sala de al lado, los dejaré solos... no hagas mal tu trabajo, Luana —Mat se fue ni bien pronunció esas palabras y Luana percibió que lo hacía a propósito.
—Debe quitarse la cadena, no puede tener objetos metálicos —Luana estaba mirando su torso y tragando saliva al mismo tiempo.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó al verla colorada y nerviosa. Ella lo miró a la cara y él le guiñó un ojo.
—Por favor, debo realizar mi trabajo, la cadena —habló firme extendiendo la mano.
—¿Puedes ayudarme? —fingió que le dolía el hombro.
Luana le quitó la cadena del cuello y la guardó en el bolsillo de su chaqueta.
—Acuéstese, por favor —le ordenó a Marcos, acomodó el tomógrafo y se alejó para tomar la placa. Unas luces invadieron la sala y ella se acercó a él juntando las manos—. Ahora puede levantarse y vestirse —sostenía la camisa de Marcos en sus manos.
—Necesito ayuda con la ropa. ¿Puedes ser buena y ayudarme? —puso cara de cachorrito.
Extendió la camisa y lo vistió, luego abrochó los botones lentamente. Sus manos estaban temblando, podía sentir su respiración y su mirada penetrante; después le puso la corbata y acomodó el cuello de su camisa.
—Listo, te informaré cuando esté lista la placa —retrocedió un paso al darse cuenta de que estaban muy cerca del otro.
—Mira el nudo de mi corbata... ¿Podrías hacerme un último favor? —pidió mirándola con ojos suplicantes; ella no se pudo negar.
Tomó el nudo de la corbata y lo acomodó destreza. Marcos aprovechó y la tomó de la cintura, la acercó a él, la sujetó entre sus piernas mientras estaba sentado sobre la cama del tomógrafo.
—Me gustas mucho... —le dijo al oído y le besó el lóbulo de la oreja. Luego se dirigió a su boca y la besó con intensidad saboreando su gustito a menta.
No tenía intenciones de soltarla.
Un calor recorrió su cuerpo, seguido de un escalofrío algo que nunca antes había experimentado. Ella se dejó llevar, el beso era cada vez más intenso; Luana podía sentir el perfume hipnotizante y su gusto masculino. Se aferró a él rodeando su cuello con sus brazos y le siguió el ritmo, sus piernas flaquearon por un instante.
Después de unos minutos se escucharon unos gritos provenientes de afuera y Marcos la soltó. Luana tenía los labios hinchados y el borde de la boca irritado por el roce de su barba, que tenía unos dos milímetros de crecimiento. Se llevó la mano a su boca, su rostro estaba rojo y su respiración se escuchaba agitada.
Marcos sonrió al ver la expresión en su rostro.
Los gritos por fuera se sentían cada vez más cerca.
—Señora, no puede ingresar si no tiene una cita programada —el guardia de seguridad de la clínica la quería frenar.
—Solo quiero ver a esa sinvergüenza —gritó una mujer en la puerta.
—¡Es Elsa! —Luana recuperó la conciencia al escuchar la voz de la mujer.
—¿Quién es Elsa? —preguntó Marcos, despreocupado, aún sentado y observándola.
—Mi suegra... —Luana se llevó las manos a la cara.
La puerta se abrió y una mujer rubia vestida como si fuera la primera dama entró a la sala señalando con el dedo y con mirada furiosa.
—Así te quería encontrar, zorra —exclamó enojada—, junto a tu amante en horas de trabajo. Haré que tu jefe se entere de esto —se acercó a ella enojada.
—¿Amante? —preguntó confundida y retrocedió algunos pasos.
—Tengo fotos de ustedes dos besándose en la puerta de la casa donde conviven con mi pobre y convaleciente hijo, y qué casualidad que los encuentro aquí. Además, mírate, mira tu rostro, se nota que estuvieron haciendo algo más que tomar una placa aquí... —Elsa tenía una mirada severa—. ¿Eso es lo que querías? ¿Dejarlo en ese estado para poder verte con tu amante tranquila? Verás, iré a la policía y dejaré una denuncia. Espero que te encarcelen.
Le quiso tirar del cabello, pero Luana corrió la mano de Elsa.
—¡Estás loca! Ve a atenderte con un psiquiatra... no voy a tolerar más tus ofensas, Elsa. Cuando tu hijo despierte me voy a divorciar de él, entonces, lo que que haga de mi vida no es tu problema —gritó Luana señalando a la puerta—. ¡Ahora vete! —la echó con un tono mordaz.
—¡Dios mío, pobre Alexander que terminó con una víbora como tú! —Elsa se llevó la mano al pecho de forma dramática.
Luana se llevó una mano a la frente y soltó un suspiro revoleando los ojos.
—¿Qué está pasando aquí? —se escuchó la voz de la jefa de Luana mientras entraba a la sala—. Señora, aquí se debe guardar silencio, si no se calla llamaré a seguridad —se dirigió a Elsa.
—Pasa que la señorita estaba intimando con su amante en horas de trabajo —exclamó con una mirada desquiciada.
—No aceptaré falsas acusaciones y respete a los pacientes —la calló la jefa de Luana al ver su cara de trastornada.
—Tengo pruebas de ellos besándose en otro lado, mire las fotos —Elsa sacó las fotos impresas de la cartera.
—¿Puedes explicar esto, Luana? —habló seriamente al enseñarle las fotos.
—Yo... —antes de hablar, Marcos la interrumpió y la corrió con el brazo detrás de él.
—Debo meterme en esta discusión porque esa fue mi culpa. Ayer conocí a Luana en un restaurante. Como ella no tenía forma de volver a casa la llevé en mi auto, luego, lo del beso fue mi culpa también, la besé en contra de su voluntad —Luana se quedó atónita y no parpadeó una sola vez al escucharlo—. Además, por lo que oí, la señora la está acusando injustamente. Una falsa denuncia puede ser excarcelable —hizo una pausa con una mirada amenazante—. Soy abogado, me dedico a defender los derechos de las personas, y ofrezco como forma de pago por mis errores representar legalmente a la señorita —rodeó su cintura con su brazo.
—¿Y tú de dónde saliste? ¿Quién te conoce? —Elsa se burló de él.
—En esta clínica no ofendemos la integridad de nuestros pacientes —habló la jefa severamente.
—Le dejo mi tarjeta, y si quiere discutir asuntos legales con la señorita, debe comunicarse conmigo —Marcos le lanzó una mirada amenazante.
—¿Silvers? ¿Tú eres el hijo de Henry? —Elsa perdió el color del rostro.
—El mismo... —esbozó una sonrisa de orgullo y la miró con arrogancia.
—Tú... sabía que había visto esa cara de arrogancia en algún lado.
Elsa se marchó humillada destilando veneno.
—Disculpe, señor, prometo que esto no volverá a ocurrir —juntó sus manos para disculparse. La jefa de Luana se retiró, seguida de Elsa.
—Me deberías agradecer —la giró para que quedara de frente a él.
—Gracias, no sé cómo podré pagarte esto —se llevó la mano a la cara y apoyó la otra en el pecho de Marcos.
—Ya pensaré una forma —cerró la puerta que había quedado abierta y la acorraló dentro de la sala.
—En serio estoy muy agradecida, pero prefiero discutir esto en otra ocasión —puso sus manos con las palmas extendidas frente a él.
—Quiero despedirme de la manera adecuada... —la sentó sobre una camilla y capturó sus labios con más fuerza que antes, y apretó todo su cuerpo contra el suyo.
Luana estaba temblando, pero él estaba tan cegado que no se dio cuenta.
Al rato golpearon la puerta y él se apartó, no quería ocasionarle problemas en el trabajo.
—Anota tu número de teléfono —le dio su teléfono listo para agendar el contacto.
Ella anotó su número y le entregó el teléfono, y Marcos le envió un mensaje.
—Si necesitas algo marca mi número de teléfono y atenderé enseguida —tomó una lapicera de su bolsillo y escribió su número personal en otra tarjeta—. Ese número era de la oficina, olvidé darte mi número personal... quiero que tengas mi número de ambas formas, no sé, por las dudas —se encogió de hombros e hizo una pausa—. Si quieres puedes pasar por mi oficina, diles que buscas a Marcos, así sabrán que eres alguien cercana a mí, nadie me llama por mi nombre de pila en el edificio —le guiñó un ojo y se fue después de acariciarle la mejilla.
Apenas ella se quedó sola sonó su teléfono en su bolsillo.
—Hola. Atendió.
—Señora Mcnight. Soy el doctor Jhonson. Quería informarle que su esposo estuvo respondiendo bien estos días que no estuvo. Logró mover un dedo. Aunque aún no despierta es de vital importancia su compañía. Es más, creo que la extraña. —sonó la voz un tanto motivada del médico.
—Bárbaro, yo iré a visitarlo en un momento. Cuando salgo a de mi trabajo. Gracias por avisarme. —respondió ella tratando de volver a la realidad.
Colgó el teléfono y se frotó el cuero cabelludo.
Se abrió la puerta de la sala de golpe en ese preciso momento.