Llegó al trabajo corriendo, sentía que la cabeza se le iba a partir al medio; tomó un analgésico para calmar el dolor y se masajeó el cuero cabelludo con las yemas de los dedos. Se quedó parada recordando lo que había pasado esa noche con una sonrisa.
—¿Estás feliz? —preguntó Mat mirándola con una sonrisa desde la mesa de la sala de descanso.
—Sí, estoy feliz —soltó una risa bajita.
—Si no quieres contarme estaré bien, solo me dejarás con la duda —le sonrió agachando la cabeza.
—¿Crees en el amor a primera vista? —se acercó para sentarse de frente a él.
—¿Estás enamorada? ¡Ay, tienes que contarme todos los detalles! —luego se rió—. Sí, creo en el amor, no sé si a primera vista, pero una persona se puede enamorar perdidamente de alguien —Mat suspiró y se cruzó de brazos mirándola de reojo.
—No estoy enamorada, solo tengo esa pregunta en mi cabeza. ¿Que si alguien se puede enamorar con solo mirarla y decir: "yo quiero a esa persona en mi vida"? —suspiró recordando aquella noche, el beso...
—¿Quién es? —la tomó de los brazos—. Si me cuentas, yo te cuento —insistió haciendo un puchero con los labios.
—Te contaré al salir del trabajo, ahora cuéntame tú primero —dijo tras consultar la hora en el reloj de pared. Se colocó la chaqueta y fue abrochando los botones uno por uno.
—Conocí a un hombre encantador —dijo Mat con la mirada brillante—. Sabes que eres la única en quien confío para hablar de mis relaciones —suspiró lleno de emoción.
—¿Y? ¿Lo conociste y qué pasó? —Luana se levantó para terminar de acomodar su ropa.
—¡Estamos de novios! —exclamó con un tono agudo.
—Me alegro por ti, espero que sean muy felices juntos —con una mirada tierna, ella le frotó la mano en el hombro.
—No creas que me vas a dejar con la duda hasta hoy a la noche —la miró con picardía y la señaló con el dedo.
—¿Recuerdas al sujeto que te mencioné ayer?
—Claro... —asintió con un movimiento de cabeza.
—Anoche lo encontré de casualidad, estábamos en un restaurante y subimos a un reservado. Bueno, hablamos, me llevó a mi casa y nos besamos en la puerta... —respiró profundo—. Me dejó bien... bueno, sentí una chispa, como si nos conociéramos de antes, no sé. Besa riquísimo. Ya intercambiamos contactos —se mordió los labios sintiendo un calor extraño.
—Llámalo, Lu, te mereces a alguien que te ame, te cuide y que quiera estar contigo —luego suspiró—. Me gustan los hombres, pero también soy hombre y no estaba de acuerdo con la forma en que te ignoraba Alex. Sé que suena duro, pero él te ignoraba, querida —la miró con cariño.
—Lo sé —agachó la mirada sintiendo que se le nublaba la vista.
—Querida, mereces sentirte deseada. Eres hermosa y no debes rogar amor a nadie, ellos deben rogarte —Luana sonrió levemente ante su comentario—. ¿Qué estás esperando? Llama a ese hombre, date una oportunidad de disfrutar la vida —la animó dándole un suave apretón en los hombros.
—¡Mat! —puso los ojos en blanco apartándose con una sonrisa tímida.
—Es la verdad, necesitas conectar con alguien que de verdad te valore —Mat sacudió las manos restándole importancia—. ¿Quiénes son los pacientes que vienen hoy? —cambió de tema señalando la planilla.
—¿Hay solo dos pacientes? —enarcó una ceja leyendo.
—Mejor, así tenemos tiempo de hablar y me das más detalles de tu macho —le guiñó un ojo cruzando las piernas.
—Espera, ¿este nombre está bien? —señaló el nombre con el dedo índice.
—Sí, al parecer se acaba de registrar. ¿Qué tiene de raro? —se acercó a la planilla y corrió el dedo.
—Es él, el hombre de ayer, Marcos Silvers —se llevó el dedo a la boca y se mordió la uña sin apartar la vista de la lista.
—Querida, es una señal del destino, vamos a nuestros puestos y que pase —la sujetó de los hombros y la condujo hasta el consultorio.
—Puede ser un psicópata que me está siguiendo —se apoyó contra la puerta y respiró profundo.
—Debe ser una coincidencia —acarició sus brazos para que se calmara.
—Una coincidencia es normal, pero dos son muchas —respiró hondo y se agachó para mirar por el rabillo de la puerta, y lo vio esperando de pie frente a la sala—. Está ahí. ¿Qué hago? —estaba en pánico, aún podía sentir la sensibilidad en su piel por el beso de esa noche.
—Debes calmarte, pareces una niña de diez años cuando ve al chico que le gusta —Mat respiró hondo y la tomó de los hombros—. Estás roja como un tomate, respira hondo y hazlo pasar.
Luana hizo lo que le dijo Mat: respiró tan hondo que se le infló el pecho.
—Silver, adelante por favor —lo vio acercarse y le empezó a arder la cara; tenía circulando en la cabeza lo que había ocurrido esa noche con él.
—Qué sorpresa, nos volvemos a encontrar —Marcos vio la cara sonrojada de Luana y se empezó a reír.
—Hola, Marcos, ¿cómo estás? Dime... ¿en qué zona del cuerpo debo realizar la placa? —preguntó mirando la planilla intentando distenderse de sus emociones.
—En los hombros... me golpeé y creo que me lesioné —respondió Marcos, mirándola a los ojos. Luana se quedó petrificada en el lugar mirando sus ojos.
—Señor Silver, por favor, debe quitarse la camisa —intervino Mat desde atrás, viendo que Luana estaba tildada.
Luana miró a Mat fastidiada.
Marcos se sacó la camisa y dejó su torso al desnudo; tenía los músculos bien definidos y el bronceado lo hacía ver extremadamente apuesto. Luana se congeló, parecía que había sido tallado por el mismísimo Miguel Ángel.
—Debo ir a atender a la sala de al lado, los dejaré solos... no hagas mal tu trabajo, Luana —Mat se fue ni bien pronunció esas palabras y Luana sabía que lo hacía a propósito.
—Debe quitarse la cadena, no puede tener objetos metálicos —Luana centró sus ojos en la cadena, estaba mirando su torso y mordiéndose los labios.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó al verla mirando su torso con esa cara que no sabía disimular.
Ella lo miró a la cara volviendo a retomar la compostura, y él le guiñó un ojo.
—Por favor, debo realizar mi trabajo, la cadena —se puso firme extendiendo la mano.
—¿Puedes ayudarme? —hizo una mueca de dolor.
Luana le quitó la cadena del cuello y la guardó en el bolsillo de su chaqueta.
—Acuéstese, por favor —le ordenó a Marcos. Acomodó el tomógrafo y se alejó para tomar la placa. Unas luces invadieron la sala y ella se acercó a él juntando las manos—. Ahora puede levantarse y vestirse.
Luana le pasó la camisa mientras él se sentaba con total parsimonia.
—Necesito ayuda con la ropa. ¿Puedes ser buena y ayudarme? —le suplicó con cara de cachorro.
Extendió la camisa y lo vistió, luego abrochó los botones lentamente. Sus manos estaban temblando, podía sentir su respiración caliente sobre el cuello y su mirada penetrante; después le acomodó la corbata y el cuello de su camisa. Sentía ese perfume masculino que la estaba volviendo loca. Pasó sus manos sobre los hombros de él para finalizar.
—¿Haces esto con todos los hombres que vienen acá? —preguntó de repente, mirando su cuello con la tentación de probarlo.
Luana parpadeó volviendo en sí.
—Listo, te informaré cuando esté lista la placa —retrocedió un paso al darse cuenta de que estaban muy cerca el uno del otro.
—Me pone un poco celoso... —desvió sus ojos azules a la chaqueta de ella; como era blanca, se le veía la blusa negra y un tanto escotada que traía abajo.
—Yo solo estoy haciendo mi trabajo, aún me quedan pacientes que atender... —lo interrumpió alejándose un poco más.
—Mira el nudo de mi corbata... ¿Podrías hacerme un último favor? —pidió señalando la corbata; ella no se pudo negar.
Tomó el nudo de la corbata y lo acomodó con destreza. Marcos aprovechó la cercanía para sujetarla de la cintura, la acercó a él y la encerró entre sus piernas.
Ella lo empujó, pero el tipo ni estaba haciendo fuerza y ya le era imposible soltarse; además, podía sentir el calor de su cuerpo y esa respiración cargada de esa extraña sensación masculina.
—Me gustas mucho... —le susurró al oído.
Marcos le besó el lóbulo de la oreja. Luego se dirigió a su boca y la besó con intensidad, saboreando su gustito a menta.
Un calor recorrió su cuerpo, seguido de un escalofrío; algo que nunca antes había experimentado besando a otra persona. Ella se dejó llevar, el beso era cada vez más intenso; Luana se nubló ante ese perfume hipnotizante y su gusto masculino. Se aferró a él rodeando su cuello con sus brazos y le siguió el ritmo; sus piernas flaquearon por un instante.
Después de unos minutos se escucharon unos gritos provenientes de afuera y Marcos la soltó despacio con algo de reticencia. Luana sentía los labios hinchados y el borde de la boca irritado por el roce de su barba. Se llevó la mano a la boca; su rostro estaba rojo y su respiración se escuchaba agitada.
Marcos sonrió al ver que la carita de ella estaba sonrojada.
Ella se llevó la mano al pecho al escuchar unos tacones retumbando con violencia en el pasillo; se sentían cada vez más cerca.
—Señora, no puede ingresar si no tiene una cita programada —el guardia de seguridad de la clínica la quería frenar.
—Solo quiero ver a esa sinvergüenza —gritó una mujer en la puerta.
—¡Es Elsa! —Luana recuperó la conciencia al escuchar la voz de la mujer.
—¿Quién es Elsa? —preguntó Marcos, despreocupado, aún sentado y observándola.
—Mi suegra... —Luana se llevó las manos a la cara.
La puerta se abrió y una mujer rubia vestida como si fuera la primera dama entró a la sala señalando con el dedo y con la cara desencajada.
—Así te quería encontrar, zorra —exclamó enojada—, junto a tu amante en horas de trabajo. Haré que tu jefe se entere de esto —se acercó a ella luciendo fuera de sí.
—¿Amante? —Luana retrocedió algunos pasos.
—Tengo fotos de ustedes dos besándose en la puerta de la casa donde conviven con mi pobre y convaleciente hijo, y qué casualidad que los encuentro aquí. Además, mírate, mira tu rostro, se nota que estuvieron haciendo algo más que tomar una placa aquí... —su mirada era severa y su voz completamente despectiva—. ¿Eso es lo que querías? ¿Dejarlo en ese estado para poder verte con tu amante tranquila? Verás, iré a la policía y dejaré una denuncia. Espero que te encarcelen.
Le quiso tirar del cabello, pero Luana apartó la mano de Elsa con un movimiento de defensa ágil.
—¡Estás loca! Ve a atenderte con un psiquiatra... no voy a tolerar más tus ofensas, Elsa. Cuando tu hijo despierte me voy a divorciar de él; lo que haga de mi vida no es tu problema. Ya suficiente los soporté estos últimos meses. Y la verdad es que sí, me besé con otro en la puerta de tu maldita casa, por venganza de todo lo que tuve que soportar de vos y de tu imbécil hijo... —siseó Luana, señalando la puerta—. ¡Ahora vete! —la echó con un tono mordaz.
—¡Dios mío, pobre Alexander que terminó con una víbora como tú! —Elsa se llevó la mano al pecho de forma dramática.
—Y puedo ser peor —avanzó algunos pasos y Elsa retrocedió tragando saliva. Luana levantó la mano en señal de abofetearla.
—No, mi rostro, no me golpees —se cubrió el rostro con las manos encorvándose.
Luana se llevó una mano a la frente y soltó un suspiro revoleando los ojos mientras retrocedía.
—¿Qué está pasando aquí? —se escuchó la voz de la jefa de Luana mientras entraba a la sala—. Señora, aquí se debe guardar silencio, si no se calla llamaré a seguridad —se dirigió a Elsa.
—Pasa que la señorita estaba intimando con su amante en horas de trabajo —exclamó con una mirada desquiciada recobrando el valor.
—No aceptaré falsas acusaciones y respete a los pacientes —la calló la jefa de Luana al ver su cara de trastornada.
—Tengo pruebas de ellos besándose en otro lado, mire las fotos —Elsa sacó las fotos impresas de la cartera.
—¿Puedes explicar esto, Luana? —habló seriamente al enseñarle las fotos.
Marcos, que estuvo observando todo como un gran espectáculo, se puso de pie y se paró junto a Luana.
—Yo... —Marcos la interrumpió y la corrió con el brazo detrás de él.
—Debo intervenir en esta discusión porque la responsabilidad fue completamente mía. Ayer conocí a Luana en un restaurante. Como ella no tenía forma de volver a casa, la llevé en mi auto; luego, fui yo quien cruzó la línea profesional motivado por un interés personal hacia ella. La señorita solo intentaba cumplir con su trabajo y mantenerme al margen —Luana se quedó atónita y no parpadeó una sola vez al escucharlo—. Además, por lo que oí, esta señora la está acusando injustamente. Una falsa denuncia es un delito grave que puede llevar consecuencias penales —hizo una pausa con una mirada amenazante—. Soy abogado, me dedico a defender estos casos, y me ofrezco a representar legalmente a la señorita para proteger su honra —se giró y la atrajo hacia adelante sujetándola de la cintura con su brazo musculoso.
—¿Y tú de dónde saliste? ¿Quién te conoce? —Elsa se burló de él.
—En esta clínica no toleramos que se ofenda la integridad de nuestros pacientes ni de nuestro personal sin fundamentos —habló la jefa severamente.
—Le dejo mi tarjeta. Si quiere discutir asuntos legales con la señorita, deberá comunicarse conmigo —Marcos le lanzó una mirada amenazante.
—¿Silver? ¿Tú eres el hijo de Henry? —Elsa perdió el color del rostro mientras miraba la tarjeta.
—El mismo... —esbozó una sonrisa orgullosa y la miró desde arriba con arrogancia.
—Tú... sabía que había visto esa cara de arrogancia en algún lado.
Elsa se marchó humillada, destilando veneno en el camino.
—Disculpe, señor Silver, prometo que esto no volverá a ocurrir —la jefa juntó sus manos para disculparse. Luego se retiró, seguida de Elsa.
—Me deberías agradecer —la giró despacio para que quedara de frente a él.
—Gracias, no sé cómo podré pagarte esto —se llevó la mano a la cara y apoyó la otra en el pecho de Marcos.
—Ya pensaré una forma... —cerró la puerta que había quedado entreabierta y recortó la distancia entre ambos, acorralándola suavemente contra la pared.
—En serio estoy muy agradecida, pero prefiero discutir esto en otra ocasión —puso las manos con las palmas extendidas sobre su pecho, sintiendo el latido acelerado de él.
—Quiero verte fuera de aquí, sin interrupciones —le dijo con voz ronca, inclinándose para acariciarle la mejilla con el pulgar y dejándole un beso tibio y prolongado justo en la comisura de sus labios, haciendo que a ella se le cortara la respiración.
—Yo te escribo —susurró Luana acomodándose la ropa, con la piel erizada por la cercanía.
—Está bien, espero tu mensaje, y si necesitas algo marca mi número personal —tomó una lapicera de su bolsillo y escribió su teléfono directo en otra tarjeta—. La tarjeta anterior era de la oficina... esta es para que no tengas ninguna excusa para no llamarme —se encogió de hombros con una sonrisa magnética—. Si quieres puedes pasar por mi despacho, diles que buscas a Marcos. Así sabrán que eres alguien especial para mí —le guiñó un ojo y se fue tras acariciarle suavemente el cuello.
Apenas se quedó sola, sonó el teléfono en su bolsillo.
—Hola —atendió tratando de recuperar el aire.
—Señora McKnight, soy el doctor Johnson. Quería informarle que su esposo estuvo respondiendo bien estos días. Logró mover un dedo. Aunque aún no despierta, es de vital importancia su compañía. Es más, creo que la extraña —sonó la voz motivada del médico.
—Bárbaro, yo iré a visitarlo en un momento, cuando salga de mi trabajo. Gracias por avisarme —respondió ella tratando de volver a la realidad.
Colgó el teléfono y se frotó el cuero cabelludo.
Se abrió la puerta de la sala de golpe en ese preciso momento.