POV LORENZO
Esas palabras me dolieron más de lo que imaginé. Decirle que se aleje de mí es lo más difícil que he hecho. Desde que la vi por primera vez, algo en mi interior cambió, algo que no logro entender del todo. Aurora ha despertado en mí un cúmulo de emociones que creí enterradas, emociones que pensé que mi maldición había destruido para siempre. Siento que debo protegerla, mantenerla a salvo de todo, incluso de mí mismo.
Quiero que esté bien, que sea feliz, pero al mismo tiempo, temo por ella. Mis demonios, tanto internos como externos, son una amenaza constante. El simple pensamiento de que puedan asecharla o, peor aún, dañarla, me llena de un pánico indescriptible. No sé por qué me importa tanto, no sé qué es lo que me une a ella, pero es como si su presencia fuera una especie de luz en mi tormentosa oscuridad.
La búsqueda de la mujer que puede romper mi maldición está llegando a su fin. Mi padre asegura que está en este pueblo, que no pasará mucho tiempo antes de que ella venga a nosotros por su propia voluntad. Sin embargo, lo que me ha dicho recientemente me tiene desconcertado. Según él, la única manera de acabar con la maldición es casarme con ella y consumar el matrimonio en una noche en la que mi cuerpo esté bajo la transformación.
La sola idea me revuelve el estómago. ¿Cómo podría exponer a una persona inocente a algo tan terrible? ¿Cómo podría obligarla a cargar con mi condena, cuando ella no tiene culpa de nada? Mi padre, como siempre, es frío e implacable, asegurándome que no hay otra opción, que el destino de mi alma y el futuro de nuestra familia dependen de esto.
—Lorenzo, no puedes dudar ahora —me dijo esta mañana, con ese tono autoritario que siempre utiliza—. Esa mujer es tu salvación, te guste o no. Si no lo haces, la maldición seguirá consumiéndote hasta que no quede nada de ti.
Pero ¿a qué precio? Cada vez que pienso en Aurora, la imagen de su rostro aparece en mi mente. La dulzura de su mirada, la fragilidad que intenta ocultar con valentía. Y lo peor de todo, la conexión inexplicable que siento hacia ella. Una conexión que va más allá de lo físico, más allá de lo que entiendo.
Cierro los ojos y trato de calmar mi mente, pero su rostro sigue ahí. ¿Y si es ella? ¿Y si Aurora es la mujer que puede romper mi maldición? La idea me llena de un terror abrumador. Porque si es así, no solo pondría en riesgo su vida, sino también su alma.
Siento el peso de mi propia condena aplastándome, una carga que no pedí, pero que debo llevar. No quiero que ella pague por los errores de mi familia, por los pecados de mi sangre. No quiero verla sufrir por algo que no eligió.
La noche cae, y con ella, la transformación se avecina. Mi piel comienza a arder, y sé que pronto perderé el control. Me encierro en mi habitación, con las puertas reforzadas, esperando lo inevitable. Pero incluso mientras el dolor me consume, un pensamiento me atormenta: ¿y si no puedo protegerla? ¿Y si, al final, soy yo quien termina destruyéndola?
Días después…
A pesar de que los días han pasado, el dolor sigue ahí, como si el tiempo no tuviera poder alguno para aliviarlo. Esa sensación de vacío se ha vuelto insoportable. Odio no poder verla, odio que su recuerdo se instale en mi mente a cada momento. Es como una melodía que no puedo dejar de escuchar, dulce y melancólica, llena de preguntas que no sé cómo responder.
No puedo hablar de esto con nadie. Mi padre jamás entendería lo que me está ocurriendo; él solo ve objetivos y resultados, nunca sentimientos. Para él, el legado de nuestra familia es lo único importante, y yo soy el heredero de ese destino oscuro, quiera o no. Pero ¿cómo puedo ser el líder que él espera si siento que estoy al borde de un abismo cada vez que pienso en ella?
El sonido de mi teléfono interrumpe mis pensamientos. Es un mensaje de Giulia. "Es algo muy importante, no faltes al lugar donde nos vimos por última vez", dice el texto. Mi primer impulso es ignorarlo. No quiero volver allí. Ese lugar está cargado de recuerdos que me desgarran, de la última vez que vi a Aurora, de las palabras que tuve que decirle y que aún me atormentan.
Pero algo dentro de mí se enciende. ¿Y si se trata de ella? ¿Y si algo malo le ha pasado? La sola idea de que pueda estar en peligro me paraliza, y antes de darme cuenta, mis dedos ya están escribiendo una respuesta. "Estaré ahí", envío sin pensarlo demasiado.
Estos días he evitado salir de la mansión. Me he refugiado entre sus muros, como si esconderme pudiera protegerme de mis propios pensamientos. Mis amigos han insistido en que salga, que deje de actuar como un prisionero de mi propia vida, pero no entienden. No entienden que mi mayor miedo es verla por casualidad, cruzar su mirada y no ser capaz de sostenerme en pie.
Me levanto con pesadez y me preparo para ir al encuentro. El simple acto de vestirme se siente extraño; hace días que no hago nada más que vagar por la casa como un alma en pena. Me miro en el espejo y casi no reconozco al hombre que tengo frente a mí. Hay algo en mis ojos, una mezcla de desesperación y anhelo que no sé cómo apagar.
El camino hacia el lugar acordado es más largo de lo que recordaba. Cada paso parece un eco de mis propios pensamientos, cada sombra en la calle un recordatorio de lo que he perdido. ¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Por qué no puedo dejarla ir?
Cuando llego, el lugar está vacío. Me detengo y miro a mi alrededor, sintiendo cómo mi corazón late con fuerza, como si supiera que algo está a punto de suceder. Me paso una mano por el cabello, tratando de calmarme, pero no funciona.
No sé qué me espera aquí, pero lo único que espero, lo único que anhelo y temo al mismo tiempo, es volver a verla.
Cuando levanto la vista, la veo.
Por un instante, creo que estoy soñando. Aurora está ahí, de pie, y el mundo entero parece detenerse. Su figura se recorta contra el cielo del atardecer, bañada en una luz cálida que le da un aire casi irreal. Mis ojos recorren cada detalle, incapaces de apartarse de ella.
Su cabello, recogido en una coleta alta, deja al descubierto la delicadeza de su rostro, resaltando la curva suave de su cuello. Nunca la había visto así, tan segura y al mismo tiempo tan vulnerable. Sus profundos ojos azules, acentuados por un maquillaje sutil, brillan con una intensidad que parece atravesarme, como si pudieran ver cada rincón oscuro de mi alma.
Lleva un pantalón n***o ajustado que realza sus formas con elegancia, un top blanco que refleja la pureza que siempre he visto en ella, y una chaqueta de cuero que le da un aire de fuerza que me desconcierta y fascina al mismo tiempo. Es como si delante de mí estuviera una mujer completamente nueva, alguien que ha tomado el control de su destino, y, sin embargo, sigue siendo la misma Aurora que nunca he podido dejar de pensar.
Mi corazón late con fuerza, como si quisiera escapar de mi pecho. Siento un nudo en la garganta, una mezcla de emociones que no puedo controlar. Estoy fascinado, anonadado... perdido.
Ella avanza hacia mí, y cada paso suyo parece resonar en mi interior. No puedo apartar la mirada, ni siquiera cuando mi mente me grita que me aleje, que esto solo complicará las cosas, que verla así, tan hermosa, tan fuerte, solo hará más difícil lo inevitable.
—Hola, Lorenzo —dice, y su voz es como una melodía que había olvidado cuánto necesitaba escuchar.
Me esfuerzo por mantener la compostura, pero siento que estoy fallando. Trago saliva, intentando despejar mi mente, pero la verdad es que no sé qué decir. Nunca antes había experimentado algo tan intenso.
—Aurora... —murmuro su nombre como si fuera una oración, un anhelo, algo sagrado que temo romper.
Me quedo quieto, mirándola, intentando grabar este momento en mi memoria. Cada detalle de ella, cada expresión, cada brillo en sus ojos. Por un momento, todo mi mundo se reduce a este encuentro, a esta mujer que ha despertado en mí sentimientos que no sé cómo manejar.
Y entonces, sonríe. Esa sonrisa ligera, tímida pero llena de algo que no puedo definir, termina por desarmarme. No sé cómo describir lo que siento, pero sé que, por más que intente, no hay manera de escapar de ella.
Me doy cuenta de que estoy perdido, más perdido que nunca, pero por primera vez en mucho tiempo, no quiero encontrarme.