CAPITULO 17
POV AURORA
Está ahí, frente a mí, tan real y tangible, que por un momento me cuesta creerlo. Mi cuerpo parece querer traicionarme, temblando con cada paso que doy hacia él, pero me esfuerzo por mantenerme firme. Necesito mostrarme segura, aunque por dentro una tormenta se desate.
Sus ojos me observan con una mezcla de ternura y asombro, como si tampoco pudiera creer que soy yo quien está aquí. Veo cómo su mirada recorre cada detalle de mi rostro y mi cuerpo, deteniéndose por instantes, como si quisiera grabar esta imagen en su memoria. Y es entonces cuando me doy cuenta: Giulia logró exactamente lo que quería.
Lorenzo está sorprendido.
—He... estoy aquí porque Giulia me dijo que me necesitaba, que era algo urgente —dice finalmente, su voz extrañamente cautelosa, pero sin apartar sus ojos de mí.
—Lo sé, pero ella no vendrá —respondo con calma, tratando de que mi tono no revele la ansiedad que siento por dentro—. La cita es conmigo. Creo que tenemos mucho de qué hablar.
Su expresión cambia ligeramente. Es como si un peso invisible cayera sobre sus hombros al escuchar mis palabras.
—Aurora, esto no está bien. Yo no debería estar aquí —murmura, desviando la mirada por un instante, aunque rápidamente vuelve a mirarme.
—No digas eso —replico, mi voz cargada de determinación—. No voy a dejar que te vayas sin antes escucharme. Hay cosas que necesito decirte, cosas que me están atormentando y que necesito aclarar.
Antes de que pueda evitarlo, tomo su mano, buscando detenerlo de alguna manera, como si ese contacto físico pudiera reforzar mi decisión de enfrentarlo. Pero apenas nuestras pieles se tocan, algo en mi interior se enciende. Es como si una chispa recorriera mi pecho, expandiéndose en forma de energía que amenaza con desbordarse.
Lo suelto de inmediato, temerosa de lastimarlo con mis poderes, y doy un paso atrás, intentando calmarme.
Lorenzo se queda mirándome, con una mezcla de preocupación y algo más que no puedo descifrar.
—Aurora, lo siento tanto... —comienza a decir, su voz cargada de una culpa que me duele escuchar—. No quiero ser grosero, ni mucho menos lastimarte, pero hay cosas que no puedo contarte. Hay cosas en mí que no debes saber, nunca. Y lo lamento, de verdad lo lamento... porque si las cosas fueran diferentes, me quedaría a tu lado sin dudarlo.
Sus palabras son como un golpe en el pecho. Puedo sentir la sinceridad en cada una de ellas, y eso solo hace que el dolor sea más agudo.
—No necesitas protegerme de nada —digo con firmeza, aunque mi voz tiembla ligeramente al final—. Escucha, Lorenzo. No digas nada. Solo déjame hablar ahora que finalmente tengo el valor de hacerlo.
Respiro hondo, buscando las palabras adecuadas para expresar lo que siento, aunque ni yo misma lo entienda del todo.
—Tú... tú eres la primera persona que despierta tantas cosas en mí. A veces, cuando estoy cerca de ti, mis manos tiemblan, mi corazón late tan rápido que siento que se va a salir del pecho. Y cuando estás lejos... no puedo dejar de pensar en tus ojos. En esa mirada tuya, fría y a la vez cálida, que siempre parece atravesarme.
Él me observa en silencio, pero noto que su respiración se vuelve más pesada, como si mis palabras lo estuvieran afectando más de lo que quisiera admitir.
—No entiendo por qué... —continúo, esforzándome por mantener mi voz estable—. No sé por qué tú, por qué ahora. Apenas te conozco, Lorenzo, pero de alguna manera siento que eres importante. Muy importante. Es como si estuvieras en mi vida por una razón que aún no comprendo.
Sus ojos, esos ojos que tanto me atraen, parecen llenarse de algo indescriptible. Hay dolor en ellos, pero también una chispa que no había visto antes. Sus labios se mueven, como si quisiera responder, pero se detiene.
—Aurora... —murmura finalmente, su voz apenas un susurro, cargada de emociones contenidas.
Quiero que diga algo, cualquier cosa, pero al mismo tiempo, temo su respuesta. Temo que sus palabras puedan confirmar mis peores miedos... o despertar algo aún más fuerte dentro de mí.
—No sigas, por favor. No lo hagas.
Su voz, tan baja y quebrada, me detiene en seco. Sus palabras me hieren más de lo que debería admitir, pero también me confunden.
—¿Por qué, Lorenzo? —le pregunto con suavidad, intentando contener las lágrimas que amenazan con salir—. ¿Por qué tengo que alejarme? ¿Qué es lo que te atormenta tanto? Confía en mí. Tal vez pueda ayudarte.
Veo cómo su mandíbula se tensa y su mirada vacila, como si estuviera luchando consigo mismo. Sus labios se mueven, tratando de formar palabras, pero solo logra emitir un leve susurro, inaudible.
—No... yo no... —tartamudea finalmente, evitando mis ojos por un instante antes de mirarme de nuevo.
Y entonces lo hace. Lorenzo toma mi mano, con una suavidad que me desarma, y da un paso hacia mí, acercándose tanto que puedo sentir el calor que emana de su cuerpo. Mi respiración se acelera, y sé que la suya también, porque ahora es imposible no escucharla. Siento como mi poder emana energía cálida, es como si su contacto esta vez me hace feliz, estar con Lorenzo me descontrola.
Nuestros rostros están tan cerca que puedo distinguir cada detalle de sus facciones: la curva de su mandíbula, la sombra de su barba, y esos ojos que parecen gritar lo que su boca no puede decir.
El tiempo parece detenerse.
Puedo sentir el latido de su corazón, fuerte y errático, como el mío. Mis labios se entreabren ligeramente, no porque quiera decir algo, sino porque mi cuerpo parece actuar por cuenta propia, atraído hacia él como un imán.
—Lorenzo... —susurro, casi sin darme cuenta y sin poder apartar mi mirada de la suya.
Él me mira fijamente, como si estuviera buscando algo en mi interior, una respuesta o tal vez una razón para dar el siguiente paso. Pero la tensión en su rostro me dice que está librando una batalla interna.
Su mano, aún entrelazada con la mía, tiembla ligeramente, como si estuviera a punto de soltarme, pero no lo hace. Su mirada se desliza hacia mis labios, y durante un breve instante, creo que se va a inclinar hacia mí. Toca mi rostro con suavidad y ternura.
Pero entonces, como si algo invisible lo empujara de vuelta, Lorenzo retrocede abruptamente, soltando mi mano y apartando la mirada.
—Lo siento, Aurora —dice con voz tensa, casi susurrando—. Esto no puede pasar.
—¿Qué? ¿Por qué no? —le pregunto, incapaz de ocultar la desesperación en mi voz—. ¿Qué es lo que estás evitando?
No responde. Sus ojos parecen llenarse de una tristeza que no puedo comprender, y antes de que pueda insistir, Lorenzo da un paso más hacia atrás, creando una distancia que me duele más que cualquier palabra que pudiera decir.
—Aurora, por favor, entiéndelo. Esto no es algo que puedas arreglar. Yo... no soy alguien con quien debas estar cerca, es mejor asi.
Me quedo allí, mirándolo, tratando de procesar lo que acaba de pasar. ¿Por qué se aleja cuando es evidente que siente lo mismo que yo? ¿Por qué actúa como si estar cerca de mí fuera un castigo?
Sin decir nada más, Lorenzo se da media vuelta y comienza a caminar, dejándome sola con una maraña de emociones que no sé cómo desenredar.
Lo observo mientras se aleja, mi corazón latiendo con fuerza y mi mente llena de preguntas. No entiendo nada de lo que acaba de pasar, pero sé una cosa: esto no puede terminar aquí…