POV LORENZO
La vi acercarse, con cada paso podía observar cosas diferentes en ella. Estaba ahí, de pie, con el cabello recogido en una alta coleta que dejaba su cuello expuesto, y esa ropa... nunca la había visto así. Era imposible no mirarla. Todo en ella parecía brillar, desde sus profundos ojos azules hasta la forma en que la luz de la tarde acariciaba su piel.
Por un momento, dudé si debía acercarme. Sabía que esto no debía estar pasando. No debía estar aquí. Pero mis pies me traicionaron y comenzaron a avanzar, como si fueran guiados por una fuerza que no podía controlar.
Cuando nuestros ojos se encontraron, sentí un golpe en el pecho, como si me hubieran robado el aliento. Esa mirada suya, tan intensa y sincera, me atravesó como mil dagas.
—Estoy aquí porque Giulia me dijo que me necesitaba —le dije, tratando de sonar indiferente, aunque mi voz tembló un poco. No podía apartar mis ojos de ella.
—Sí, lo sé, pero ella no vendrá. La cita es conmigo —respondió con una seguridad que me desconcertó.
Ella era diferente hoy. Más fuerte. Más decidida. No era la misma chica que había conocido semanas atrás, esa que me miraba con un toque de inocencia y duda. Esta Aurora sabía lo que quería, y eso me asustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Lorenzo, quiero que me aclares muchas cosas. —Sus palabras eran firmes, pero había una vulnerabilidad en su tono que me rompió por dentro.
Quise detenerla ahí mismo. Quise decirle que no, que no podía hablar, que no podía escucharla porque temía lo que podría pasar.
—Aurora, esto no está bien. Yo no puedo estar aquí.
—No digas eso. Yo no permitiré que te vayas sin antes escucharme y sin aclarar algo que me está atormentando. —Tomó mi mano, y el mundo pareció detenerse.
Su contacto era cálido, tan cálido que me sentí como si el hielo en mi interior comenzara a derretirse. Pero también sentí algo más, una energía que parecía envolvernos a ambos. No era humana, era algo más, algo que no podía ignorar.
Ella retiró su mano rápidamente, como si también hubiera sentido esa chispa. Y entonces, comenzó a hablar, a decir cosas que no estaba preparado para escuchar.
—Tú eres la primera persona que despierta tantas cosas en mí —dijo, con una honestidad que me dejó helado—. En ocasiones tiemblo cuando estoy cerca de ti. Cuando estás lejos, no puedo dejar de pensar en tus ojos, en esa mirada fría y a la vez cálida que me das. Eres una persona muy importante para mí, y ni yo misma entiendo por qué.
Quise detenerla. Quise decirle que no continuara, que sus palabras solo estaban haciendo las cosas más difíciles para ambos. Pero no pude. Estaba paralizado, atrapado entre el deseo de estar cerca de ella y la necesidad de protegerla de mí mismo.
—No sigas, por favor. No lo hagas. —Las palabras salieron de mis labios antes de que pudiera detenerlas.
—¿Por qué? —preguntó, con una mezcla de dolor y confusión en su voz—. ¿Por qué tengo que alejarme? ¿Qué es lo que te atormenta tanto? Confía en mí. Tal vez pueda ayudarte.
Su insistencia me quebró. Quise contarle todo, confesarle la verdad que me estaba destruyendo por dentro. Pero no podía. No podía arrastrarla a mi oscuridad, no podía exponerla a los demonios que me seguían.
—No... yo no... —tartamudeé, incapaz de formar una frase coherente.
La tomé de la mano, no porque quisiera, sino porque lo necesitaba. Necesitaba sentirla cerca, aunque fuera por un momento. Di un paso hacia ella, y luego otro, hasta que nuestras respiraciones se mezclaron.
Podía oler su perfume, sentir el calor que emanaba de su piel. Mis ojos buscaron los suyos, y ahí estaban, mirándome con una intensidad que me hizo sentir vulnerable. Podía escuchar su corazón latiendo tan fuerte como el mío, y en ese instante, nada más importaba.
Quise besarla. Quise borrar todas las palabras que nunca debería haber dicho, todos los momentos que le hice daño. Pero no podía. No debía.
Me incliné un poco, lo suficiente para ver cada detalle de su rostro, para grabarlo en mi memoria. Y entonces, con todo el dolor del mundo, me alejé.
—Lo siento, Aurora. Esto no puede pasar. —Mi voz apenas fue un susurro.
Ella me miró, confundida, con los ojos llenos de preguntas que no podía responder.
—¿Por qué no? —preguntó, su voz quebrada por la desesperación.
No respondí. No podía. En lugar de eso, di media vuelta y me alejé, sintiendo cómo cada paso me destrozaba un poco más.
Sabía que la había dejado con más dudas que respuestas, pero era mejor así. Porque si supiera la verdad, si supiera lo que soy y lo que debo hacer, nunca me perdonaría.
Dejarla ahí es lo más difícil que he hecho. Cada paso que doy lejos de ella es como una daga clavándose más y más profundo en mi pecho. He soportado el dolor de cada maldita transformación, un sufrimiento indescriptible, como si mi cuerpo ardiera desde dentro, como si todo en mí estuviera siendo consumido por un fuego implacable. Pero nada, nada se compara con el tormento de alejarme de Aurora.
No entiendo en qué momento todo esto comenzó. No entiendo cómo esa chica, con su mirada azul profunda y su risa suave, ha logrado desatar un caos dentro de mí. ¿Cómo es posible que alguien me haga perder el control de esta manera, que me haga sentir que todo lo demás es insignificante? Me estoy rompiendo, y todo por ella.
Cuando llego a casa, el peso de mis pensamientos se vuelve aún más insoportable. Mi padre me está esperando en el salón principal, con esa mirada calculadora que siempre lleva cuando tiene un plan.
—Lorenzo, necesito hablar contigo —dice con su tono autoritario habitual.
No digo nada, simplemente me dejo caer en uno de los sillones, agotado tanto física como mentalmente.
—He encontrado una forma de atraer a la chica. Sé exactamente cuántos años tiene ahora, y estoy seguro de que está en el pueblo. —Hace una pausa para asegurarse de que estoy escuchando—. Ofreceremos un baile, un evento de gala en honor a tu aniversario de cumpleaños.
Lo miro con incredulidad. Mi cumpleaños. Mi maldita "celebración" anual que solo sirve para recordarme que soy un monstruo.
—¿Un baile? —repito, incapaz de ocultar mi escepticismo.
—Sí, un baile. Invitaremos a todos los jóvenes del pueblo, especialmente a las chicas. Ordenaré que sea obligatorio asistir. Ya sabes que tengo el poder para hacerlo. La joven que no asista será desterrada del pueblo y no podrá regresar. Así que, hijo, es cuestión de tiempo. Ella estará ahí, y será nuestra oportunidad de acabar con esta maldición.
Sus palabras me golpean como un puñetazo en el estómago. No puedo evitar imaginarla a ella, Aurora, entrando en el salón, con ese aire de inocencia y determinación que me desarma.
—Padre, ¿se te olvida lo que ocurre con mi transformación? —pregunto, intentando mantener la calma.
—No, hijo, no lo he olvidado. Pero he encontrado una forma de controlarlo. Además, está ocurriendo con menos frecuencia últimamente. Te prometo que no pasará nada esa noche. Será un evento de gala y antifaz, una noche en la que finalmente podremos encontrar a la mujer que acabará con este tormento.
Cada palabra que dice me llena de preguntas y dudas. ¿Qué "forma" ha encontrado para controlar mi transformación? ¿Por qué está tan seguro de que todo saldrá bien? ¿Y qué pasará si las cosas no salen como él planea?
Pero lo que más me atormenta es la certeza de que Aurora estará allí. No hay forma de que se niegue a asistir, no con las condiciones que mi padre impondrá. No puedo evitar imaginarla, vestida para la ocasión, caminando entre la multitud con esa mezcla de fuerza y vulnerabilidad que la hace única.
Mi respiración se acelera ante la idea de verla de nuevo, de estar tan cerca de ella en un lugar donde las máscaras y las formalidades no podrán ocultar lo que realmente siento. Pero también me aterra, porque sé que no importa cuánto desee protegerla, no puedo negar lo que soy, ni lo que podría llegar a hacerle.
Me quedo mirando a mi padre, incapaz de expresar la maraña de emociones que me consume. Solo asiento, aunque en mi interior siento que estoy cayendo aún más en un abismo del que no sé si podré salir.
Ella estará allí, y también lo estará mi tormento. La noche del baile podría ser el final de todo... o el principio de algo que no puedo controlar.