Nicolás Camila. Pobrecita. Tan seria, tan correcta, tan… fácil. Nunca entendió el juego. Nunca lo hacen. Las que son como ella creen que el mundo gira en torno a la decencia. Que alguien como yo puede enamorarse por unas risas tímidas, por una conversación profunda o porque le gusta leer antes de dormir. Por favor. La verdad es que todo comenzó con una apuesta. —“No la haces durar ni una semana” —me dijo Esteban, muerto de risa mientras fumaba en la azotea del gimnasio—. Esa niña tiene complejo de virgen redentora. Ni te va a mirar. —¿Ah, sí? —le respondí, sonriendo con malicia—. Dame cinco días, y su ropa interior estará en mi bolsillo. —¿Una semana, entonces? Si lo logras… cien dólares. Y una botella de Macallan. Acepté sin pensar. No por la plata. Por el placer. Por ver cómo algo

