Camila La ciudad sigue latiendo con su ritmo frenético mientras camino de regreso al apartamento, pero dentro de mí todo está en pausa. La conversación con mi madre me dejó vacía y llena al mismo tiempo. Como si me hubieran quitado un peso del pecho, pero dejando un hueco difícil de explicar. Cuando llego, el edificio me recibe con su familiar olor a café quemado del pasillo y el eco de risas lejanas. Saco las llaves con manos heladas y abro la puerta. Adentro, el calor me envuelve como un abrazo. Y ahí está Max, en pijama, con una taza humeante entre las manos, como si supiera exactamente en qué momento iba a cruzar la puerta. —¿Y bien? —pregunta con voz suave, sin moverse del sillón. Cierro la puerta, dejo la mochila en el suelo, y camino hasta él como si me estuviera arrastrando a t

