Erick Desde que bajamos de la limusina supe que la noche no iba a ser fácil. Camila caminaba a mi lado con aquel vestido que parecía hecho para ella, con las joyas brillando en su piel como si siempre hubieran pertenecido allí, y aunque yo mantenía el gesto sereno, firme, el interior de mi pecho era un caos. Cada paso que daba junto a mí era seguido por decenas de miradas masculinas, miradas que reconocía bien, porque yo mismo alguna vez había mirado así a una mujer que deseaba, con curiosidad, con hambre, con la intención de poseer. Y ahora todos la miraban a ella. Mi mandíbula estaba tensa, aunque me cuidé de no mostrarlo. El mundo conocía a Erick Evans como un hombre de hielo, calculador, imperturbable, el que nunca perdía el control. Y tenía que mantenerlo así, incluso cuando por den

