El lugar era todo lo que Valeria había descrito: acogedor y vibrante, con un aire bohemio que me hacía olvidar por completo la rigidez del día a día. Las luces cálidas colgaban sobre las mesas, reflejándose en las copas y vasos, mientras un grupo de músicos tocaba suavemente en un rincón del restaurante. La ciudad parecía haber dejado de moverse por un momento, dándome la bienvenida a un rincón de calma y libertad.
Sin embargo, la presencia de Ethan rompía un poco con la armonía del lugar. Desde que entramos, se había mantenido tenso, con la mirada moviéndose de un lado a otro como si estuviera evaluando la seguridad del restaurante. Su traje impecable y su postura rígida lo hacían parecer completamente fuera de lugar. Era imposible ignorarlo, especialmente porque yo sabía que prefería estar en cualquier otro lugar menos aquí.
Me giré hacia él mientras me quitaba el abrigo.
—Sabes que pareces un pez fuera del agua aquí, ¿verdad? —le digo, lanzándole una sonrisa burlona.
—Y tú pareces demasiado cómoda. Apenas llegamos —responde, arqueando una ceja mientras me sigue hacia la mesa.
Me encojo de hombros, disfrutando del pequeño placer de molestarle.
La primera bebida llega rápido, y con ella una ola de alivio que se sintió como un respiro necesario. Ethan, como era de esperar, pidió agua mineral.
—¿Siempre tan aburrido? —le pregunto, tomando un sorbo de mi cóctel.
—Prefiero estar alerta — comenta, echando otro vistazo rápido alrededor del lugar.
Sus ojos se mueven constantemente, como si buscara algo fuera de lo común. Frunzo el ceño, preguntándome si alguna vez lograba relajarse. Pero decido dejarlo en paz, al menos por ahora.
Con cada sorbo de mi bebida, siento cómo el mundo se volvía un poco más ligero. Mi risa surgía más fácilmente, y mis comentarios comenzaron a volverse más atrevidos. Ethan, por su parte, permanecía igual de rígido, como si estuviera tallado en piedra.
A medida que la noche avanza, yo me voy soltando cada vez más. Mi tercer cóctel —¿o era el cuarto? No recuerdo bien— me lleva a hablar con más libertad, comentando sobre el grupo de músicos, las personas en las mesas cercanas y, de vez en cuando, lanzándole algún comentario hacia Ethan.
—¿Nunca te relajas? —pregunto de repente, apoyándome hacia adelante.
—Estoy relajado —responde, aunque su mandíbula apretada dice lo contrario.
—Mentira. Seguro que en tus ratos libres te sientas a organizar tus camisas por colores o algo así.
—¿Y si lo hago?
Su tono es tan serio que me hace soltar una carcajada. El alcohol está empezando a hacer efecto, y me siento más atrevida con cada palabra.
—Dios mío, eres todo un maniático del control —digo, aun riendo—. Debe ser agotador ser tú.
Él niega con la cabeza, pero no puede evitar una pequeña sonrisa. Por un momento, parece más humano, menos intocable.
Cuando pido otro cóctel, Ethan me lanza una mirada que habla por sí sola.
—Creo que ya fue suficiente —dice, inclinándose hacia adelante para intentar tomar mi vaso.
—Oh, vamos, Ethan. Estoy siendo buena —respondo, alejando el vaso de su alcance.
—Crees que estás siendo buena —dice, mirando hacia las mesas cercanas.
Notó cómo su expresión cambia mientras observa a un grupo de chicos al otro lado del restaurante. Me doy cuenta de que sus miradas no están en él. Están en mí.
—¿Qué pasa? —pregunto, regresando la mirada a él..
—Ellos. No me gusta cómo te están mirando —responde, su tono bajo pero lleno de una intensidad que me deja en silencio por un
momento.
Me giro hacia los chicos, que claramente no se molestan en disimular su interés. Una parte de mí se siente incómoda, pero otra disfruta de la reacción de Ethan.
—¿Celoso? —le pregunto, con una sonrisa pícara. No sé si sin mis ideas o el alcohol, pero, en la oficina también noto que se molesta cuando alguien, en específico hombres, me hablan.
Ethan no responde, pero la rigidez en su mandíbula me da una idea clara de lo que siente.
No lo entiendo, a él también lo miran las mujeres del lugar y yo no digo nada, pero si me incomoda de alguna manera.
El resto de la noche pierde un poco de su chispa después de eso. Las miradas, la tensión de Ethan y el creciente peso de los cócteles me llevan a ceder.
—Está bien, vámonos, señor controlador —digo, levantándome con un suspiro exagerado.
La caminata de regreso al departamento es más silenciosa de lo que espero. Ethan apenas dice una palabra en el auto y mucho menos de camino al departamento, aunque siempre se asegura de que no tropiece o me aleje demasiado.
Cuando llegamos, dejo caer mi abrigo sobre el sofá y me dejo caer junto a él, riendo suavemente mientras me quito los zapatos.
—¿Siempre tienes que ser tan… controlador? —le pregunto, mirándolo mientras se quita el saco.
—¿Controlador? —repite, arqueando una ceja con esa expresión que mezcla incredulidad y paciencia.
—Sí. Siempre tan serio, tan perfecto. Parece que llevas el peso del mundo en los hombros —digo, apoyando la barbilla en mi mano.
Él se detiene un momento, como si evaluara mis palabras. Su mirada se suaviza, pero no dice nada.
—Quizá alguien tiene que hacerlo —murmura finalmente, en un tono que apenas alcanzo a oír, pero lo suficiente para que me haga reflexionar.
Dejo escapar una risa corta, no porque sea gracioso, sino porque hay algo en su voz que no esperaba: honestidad.
—¿Y qué pasa si, solo por esta noche, dejas todo eso de lado? —pregunto, inclinándome hacia él cuando se sienta a mi lado.
Por un momento, parece que va a responder, pero en lugar de eso, solo me observa. Hay algo en su mirada que me detiene y me intriga a la vez, como si estuviera debatiendo algo consigo mismo.
Sin pensarlo demasiado, me inclino hacia él y lo beso. Es un beso torpe, breve, pero no me importa. Mi corazón late con fuerza cuando me separo, mis ojos buscando los suyos, intentando descifrar lo que podría estar pensando.
Ethan no dice nada. Su expresión es tranquila, pero hay algo en sus ojos que me desconcierta, un destello de sorpresa y, tal vez, algo más que no logro identificar.
—¿Ves? No eres tan distante después de todo —murmuro con una sonrisa suave, sintiendo cómo el cansancio y el alcohol comienzan a pesar en mí.
Él permanece en silencio, pero su mano se levanta lentamente para ayudarme a ponerme de pie. Es un gesto simple, pero hay algo en su manera de hacerlo que se siente... protector.
—Es tarde. Necesitas descansar —dice, su tono neutral pero más suave de lo habitual.
—¿Y tú? —pregunto, deteniéndome un segundo.
—Yo también necesito pensar —responde, con un destello de honestidad que hace que mi corazón se acelere
—Si, supongo que sí—respondo, intentando interpretar esa calma que parece envolverlo.
Me guía hacia mi habitación, manteniendo su mano firme en mi brazo para asegurarse de que no me tambalee demasiado. Cuando llegamos a la puerta, me detengo un momento y me giro hacia él.
—Gracias, Ethan —susurro, sin estar segura de por qué siento la necesidad de decirlo.
Él solo asiente y espera a que entre. Cierro la puerta detrás de mí y me quedo unos segundos allí, apoyada contra ella, procesando lo que acaba de pasar. Algo ha cambiado, lo sé, y mientras pienso en todo lo que esta noche me ha dejado, no puedo evitar reconocerlo: ha sido una noche de descubrimientos. Descubrimientos sobre la ciudad, sobre él… y sobre mí misma. Pero el significado de ese cambio es algo que ambos, tal vez, aún no estamos listos para enfrentar.