Ronald era un hombre inteligente, muy
humano. Conoció a Ax desde que llegó a la casa de los Schulz, prácticamente, su desamparado amigo era un niño muy solitario y él fue el único que le extendió las manos. Desde ese día, ambos se volvieron inseparables. Ronald haría cualquier
cosa por Ax y Ax por su queridísimo amigo.
Ambos confiaban plenamente el uno al otro,
y se cuidaban como hermanos. Por eso, a toda costa, el ojos grises movió las piezas de ajedrez a su favor para librar a Juno del jefe. Sabia que ella era importante para su amigo y lo que era apreciado para Ax también lo era para Ronald.
Esa semana fue una locura ya que el jefe
como leon rugiente rondaba las barracas,
aniquílaba y daba órdenes acerca el movimiento que se hacía en Auschwitz I, en Bikernau y en todos los campos de concentración.
Ya el invierno estaba acabando, pero Ronald
sabía que como toda temporada pasaba, el fin de la guerra se acercaba. Presentía en su corazon que todos los nazis terminarían muy mal y que una manera de esconder de los soviéticos a los cautivos de libertad eran exterminandolos.
Realizar una fuga no era fácil, sin embargo, si contaba con el apoyo de los externos como: soviéticos, resistencia, podrían liberar una gran parte de personas de este infierno, aunque otras lamentablemente morirían. Estaban a la buena de Dios, y solo se salvaría el que corriera más rápido.
El capitán de un escuadrón del SS había
aceptado, aunque el riesgo de que ambos salieran vivos de esa emboscada era un cero por ciento. Ax lo sabía, las probabilidades de ser capturados,
fusilados o incluso llevados a la horca eran bastante. Por eso, a situaciones desesperadas, hay decisiones desesperadas. La única salvación de no caer en mano de los soviéticos era dándole
las coordenadas de Auschwitz y llegar a un
acuerdo con ellos.
Esa noche Ax se fue junto a Ronald a Berlin,
ambos revolucionarios estaban marcando su destino con simplemente una acción en contra de un gobierno que adoctrinaba al pueblo que iba de manera errónea y equívoca, no habían recursos humanos, ni nada parecido al amor en los perversos grandes hombres que estaban detrás de
todo. Los que se sentaban detrás del escritorio con trajes y corbatas, los que movían al mundo con solo dar órdenes de ejecución.
Los pensamientos de Ax perseveraban en
Juno con vehemencia. Temia a que en su ausencia pudieran hacerle daño. No, no podía ser posible, había encargado a Fritz de todo acontecimiento provocado en el campo de concentracion, él sería los ojos y la boca del diablo hasta su regreso.
Juno no salgas de la casa en mi ausencia.
Juno cuídate, Fritz estará pendiente de todo.
Juno por favor, no salgas, por favor.
Le había prácticamente rogado a Juno que
no tuviera impulsos de idiotez mientras él no
estuviera para protegerla. Por más que ella
asintiera, Ax había aprendido a conocer a la
muchacha y lo poco impulsiva que podría ser para ayudar a alguien.
Asimismo, una vez llegó a Berlin, compró
regalos para sus hermanos, su padre
adoptivo, y su madre. Mientras elegía dos collares uno de perla y otro con dije de corazón, recapituló cuando vio a su madre en Auschwitz, en esa formación, con el relicario que no lo apartaba en ningún momento de su bolsillo. A su hermanito le compró pinturas, sabia que lé gustaba el arte y la pintura por muy ofensivo que fuera para su padre rechazar una carrera militar
Acontinuacion, Ax al llegar sorprendió
primero a los adolescentes, sobre todo a el niño que alegre corrió a los brazos de su hermano.
—Bruno, Anna—Bruno habia crecido, estaba
al mismo tamaño que su hermano mayor, en
cambio, Anna era bajita, con su cabello rubio, sus ojos azules intensos, sus mejillas coloradas, era toda una princesa y Ax la trataba como tal. ¿En que momento se habia convertido en un monstruo?, ¿en qué momento dejó de sentir su corazón? ¿por qué había permitido que el odio, el resentimiento gobernara su vida?, ni él mismo lo entendía. Quizás muchos se dejaron llevar por las palabras del Führer, endiosandolo tanto que ni por un segundo réflexionaban las ordenes establecidas por éste.
Ax no era un monstruo, ni de mal corazón, sin embargo, no dejaba de ser culpable por todo el daño que había hecho, por todas las personas que condenó sin justificación, entonces... ¿qué nos hace monstruos? tal vez, la dureza del corazón, la capacidad de no entender que lo que se estaba haciendo eran fuera de los límites, aunque era una
guerra y querían mostrar poder. Ax Schultz en ningún momento imaginó que cualquiera de esos polacos, judíos o gitanos pudieran ser sus hermanos o hasta sus propios parientes, tal vez esa princesa que tenía frente a él con sonrisa deslumbrante, y ese chico que buscaba su propio camino podían ser juzgado por no pertenecer a una r**a que Hitler consideraba la correcta.
Aunque no era su caso porque ellos si eran
pertenecientes a Alemania, pensó como muchas muchachas de la edad de Anna estában viviendo en Auschwitz, sobreviviendo, incluso, muchos chicos como Bruno, él mismo los habían enviado a las cámaras de gas. Veridicamente, en esa
introspección, Ax se dió cuenta de lo malvado que fue.
¿Cuál entonces era el camino del capitán? el
volver a casa se sentía nuevamente como aquel hombre libre de pecado, inocente, que deseaba ser un músico. De pronto, la nostalgia le invadió su pecho, y el militar quiso llorar frente a esas criaturas a su lado.
Tomó a su hermana abrazandola con tanto
amor que ella se sintió extraña, no era normal, ni común en esa casa. Incorporó a Bruno y tuvo pesar de no abrazar más a las personas que realmente fueron importantes para él.
—Los amo—dijo sin miedo, aferrando a su
pecho a los adolescentes.
—¡Ax! ¿qué haces?—se extrañó su hermana
con una sonrisa de confusión.
—Los estoy abrazando, los extrañé
muchísimo—le acarició las mejillas rosadas y a Bruno le alboroto su cabello rubio con el corte de hongo.
—Es extraño—sonrió Bruno.
—Lo sé, lo sé—Ax rápidamente sacó los
obsequios de una bolsa, mostrando primero el collar un dije de corazón. Esto es para ti.
La niña abrió ligeramente la boca emocionada.
—Esta precioso—sonrió. Bruno quedó
expectante.
—Y esto es para ti campeón—sacó unas
pinturas, la expresión del muchacho fue seria.
—¿Que pasa?, no me digas que ya no pintas.
—Si, pero mi papá dice que si pinto es porque soy un maricon, sigue empeñado en que este en la milicia.
Ax lo observó con nostalgia, le recordaba
tanto a él cuando eligió la música en vez de la milicia y no contó con el apoyo de nadie.
Sin embargo, Bruno tenía la oportunidad porque él lo ayudaría.
—Haz, lo que te gusta hacer ¿bien? si lo tuyo
es ser un artista, entonces, yo te apoyo.
–¿Enserio Ax?–los ojos del muchacho se
iluminaron.
—Si.
En ese instante su padre salía del despacho, y se quedó helado al ver a su hijo en la casa.
—¿Ax?—musitó conmocionado, como si no
pudiera creer que su hijo favorito (aunque Ax no lo sabía) estaba nuevamente con ellos.
–Papá—le hizo una reverencia con un saludo
militar. El hombre que lo veía desde la distancia quiso correr para abrazarlo, más se aguantó, no era de esos, no le gustaban los abrazos.
Sin embargo, Ax no dudó en correr a él y
envolverlo en un abrazo fraternal. Al principio, su padre el ex militar retirado y coronel se quedó erguido sin corresponderle, no obstante, llevado
por la alegría hizo su mayor intento para extender sus manos y compaginar en esa muestra de cariño y agradecimiento por parte de su hijo.
—¡Te he extrañado un montón!—susurró—.
Se que no te gustan los abrazos pa, pero lo siento, hoy tendrás que aguantarte.
El ex militar sonrió, conteniendose las
lágrimas.
—¿Que... que haces aquí? yo pensé...—tragó
grueso para aclararse la garganta y así evitar todo rastro de querer llorar—. Pensé que estabas en Auschwitz hijo.
—Vine a verlos. Saber de ustedes. Me enteré
que mamá y tú están peleados.
—Ese hijo de puta de Ronald te fue con el
chisme—murmuró.
No haz cambiado nada papá.
—Papá, no es chisme, quiero que tú y mamá
estén bien y felices, por ellos, por Bruno y Anna. Por cierto, ¿dónde está mamá?
—Arriba, enojada. Ahora siempre está
enojada—refunfuñó.
—Hablaré con ella, hoy cenaremos todos
juntos.
Ax subió las escaleras rumbo a la habitación
que anteriormente eran.de ambos padres. Al abrir la puerta se encontró con su madre mirando por la ventana.
—¡Vete Kurt, no quiero verte!
—Mamá, soy yo—la mujer volteó de inmediato asombrada por ver a su hijo
nuevamente en casa.
—Ax... tú... estas aquí—los ojos se le llenaron
de lágrimas—. No puedo creerlo–a diferencia de su padre, su madre salió a abrazarlo con un montón de lágrimas.
—¡Tranquila má!—acarició su espalda con
ternura.
—Hace mucho te fuiste—murmuró, tomando
a su niño por las mejillas, aunque ya era un
adulto, Ax no dejaba de ser su niño.
—¿Como has estado?—preguntó, secando las lágrimas en el rostro de su madre.
–Ya me imagino que sabrás que estoy mal.
Quiero separarme de tu padre–Ax sonrió
-¿Por que má?
—Apoya al desgraciado de Hitler. Esta
arruinando este país con sus locuras. Ese hombre es un psicópata.
—Mamá, ya hablaremos de eso, hoy quiero
que cenemos todos como familia.
Ella se cruzó de brazos.
—Ni lo sueñes. Ese señor ya no me ama.
—Ay mamá, no seas exagerada. Claramente
papá te ama.
—Si claro. ¿Desde cuándo no me regala
flores, o un viaje, o un dulce? ¿desde cuándo no me dice un te amo, o un abrazo, o un gracias por todo lo que hago por él?
Ax bufó.
—Hablaremos de eso luego madre, por ahora
quiero disfrutar de su compañía.
Asimismo, la familia Schulz cenó como antes solían hacerlo. Sentados todos a la mesa mientras reían por algún chiste de Bruno. De vez en cuando, su padre sacaba tema de conversación sobre Auschwitz y por lo general Ax evitaba tener ese tipo de plática en la mesa con sus hermanos.
—¿Cuando nos darás nieto Ax?—consultó su
madre picando el filete con mucho cuidado.
El capitán sonrió, pensó en Juno.
—Pronto mamá.
—Aah, que maravilla. Ojalá te consigas a una
buena mujer que te quiera, que te ame. Y recuerda ser detallista, atento, amoroso y cariñoso con ella. No como otros...
Rodó los ojos a donde se encontraba su
padre.
—Buscate una mujer que se sujete y te obedezca—Ax rió cambiando de tema.
—Papá, ¿alguna vez has pensado, no se,
viajar a algún país?
—Hijo, estamos en guerra, nunca abandonaría mi patria.
—Ama más a Hitler que a mi—refunfuñó su
madre.
La cena fue un total éxito por lo menos no se
dijeron nada hiriente. Ax entró en su antigua
habitación donde tenía afiches de música, revistas con alguna mujeres en poca ropa. Se echó a dormir sin dejar de pensar en la pregunta de su madre:
Cuando nos darás nieto Ax.
Pensó en tener una familia con Juno, una
casa particular frente a una colina o el mar. Unos tres hijos, y su esposa. No había tenido la necesidad de buscar compañera de vida, sin embargo, fervientemente tenía el deseo de que ya era hora de acentar cabeza. Si sobrevivía en la fuga, buscaría a Juno hasta el último rincón del mundo y se casaría con ella.
—Es una promesa mi amor.
☆☆☆☆
Aquí conocemos más sobre nuestro Ax.