—Charros, doña Marianita, no me alabe tanto... —medio comentó Carlos.
—¡Se pasó de la raya bien gacho, ando toda adolorida y de paso, mi marido anda encabronadísimo porque se dio cuenta como ando de madreada de las nalgas! ¡No tiene madre, pinche Carlos! —prosiguió la ofendida mujer— Allá tú si le das chance, Sara; pero no te lo recomiendo, se porte como una bestia— le señaló después a Sara.
—Híjole, Carlos, jamás hubiera creído que usted se llegara a portar así —lo recriminó Sara con un gesto muy serio, lo que intimidó al carnicero.
—Ella tuvo la culpa, para que no dice la...
—Si fuera usted hombre de verdad, mejor se quedaba callado —volvió a decir Sara— Realmente es usted repulsivo, no sé como pude pensar siquiera en la posibilidad de darle chance de que me hiciera gozar en la cama.
—¡Carajo! Ya levántenme la canasta. Si ni le hice nada...
—¡Vete, Mariana, es por demás seguir hablando con este cínico!
—Sí, vámonos...
—No... no… vete tú, yo todavía tengo un asunto que tratar con este puerco, este infeliz todavía tiene mucho que oírme —afirmo Sara, con decisión.
—Manita, no te vayas a comprometer —objetó Mariana, al ver la mirada de Sara, clavándose en el carnicero, y sintiéndose un poco mal por haberla azuzado tanto, incluso le había mostrado las nalgas y el culo para que diera fe de lo que le habían hecho, de lo que aseguro no había gozado ni tantito.
—Descuida. Sé cómo tratar a los tipos de esa calaña… Vete… a mi no me va a ver la cara de pendeja como a ti… este cabrón necesita una lección y yo se la voy a dar.
En cuanto Mariana, salió, Sara, bajó la cortina del establecimiento, corrió los pasadores y avanzó amenazante sobre Carlos.
Tomó un filoso cuchillo filetero, que estaba sobre el tronco de cortes y lo empuñó con determinación, sin separar la mirada del macho.
—Oiga, Sara, no creo que sea pa tanto... recapacite, chingá... yo le juro que no soy tan cabrón, lo que pasa es que ella le dijo mentiras... —argumentó Carlos, cuando en su retroceso se topó con la pared y se sintió sin escapatoria.
—Pinche Carlos, chingas a tu madre si no me haces lo mismo que le hiciste a la puta caliente y chillona de Mariana —dijo ella con decisión.
—¡¿What?! —replicó Carlos, con desconcierto.
—Quiero un machote así, que me someta, que me domine, que me obligue a mirarlo como mi amo y señor. Un cabrón que no conozca la piedad, que me atormente, que me golpee, que me pisotee, que me escupa y luego... ¡que me coja como un salvaje!, ¡que me haga sangrar la pucha y el culo!
Sara aventó el cuchillo a un lado y tomando a Carlos, por la bata, lo zangoloteó amenazante, mirándolo fijamente a los ojos, ante su desconcierto.
—¿Y su marido, Sara? ¿No tiene miedo que se dé cuenta?
—Ese imbécil es un pelele. Desde que me casé con él, ando en busca del verdadero macho que me domine y creo que ya lo encontré.
—¿Ah sí?
Y en seguida, Carlos, le atizó un cachetadón a la mujer, que la mandó sobre sus sabrosas nalgas encima de la tarima tendida en el piso.
La mujer no tuvo tiempo de reaccionar, porque en seguida, Carlos, la levantó zangoloteándola, la viró de espaldas a él y de un manotazo le bajo las pantaletas, la empinó sobre el banco de madera donde se corta la carne, se sacó rápidamente la v***a y por el mero jujuy se la dejó ir, abriendo el cerrado y fruncido esfínter del sabroso culo de la ardiente mujer.
—¡Aaasíiii…! Papuchónn… mátame, cógeme como un animal... huuum... deliciosoooo... no te detengas… —exclamó Sara, al sentirse profundamente traspasada.
Carlos, sentía que podía haberla lastimado y medio quería arrepentirse, aunque las palabras de ella lo animaron a continuar.
Le sepultó su chile por completo y mientras la tenía bien ensartada por el culo, le metió la mano por el escote del vestido, sacándole una de las ricas y sabrosas chichotas que se cargaba, la cual apretó con determinación, clavándole un poco las uñas, sintiendo con toda claridad como hundía la suculenta y delicada carne.
—¡Qué delicia, hummm... nunca había sentido tanto placer...! —gemía ella.
—Si quieres, puedo usar el aplanador de bistecs pa' que sientas más bonito, chiquita...
—Salvaje, noooo... eso déjalo para otra ocasión... por ahora, cógeme, hazme sentir tu m*****o en mi culo, para luego yo apretártelo con mi culito y deshacértelo...
Con las nalgas paraditas de la mujer, Carlos, se inspiró prodigándole una tanda de varillazos que hacían a la mujer abrir más y más sus apetitosos muslos.
Sentir así al macho, la hacía ponerse más cachonda, más caliente, más ansiosa de conocer nuevos placeres. Nada le importaba el dolor.
—Papá, lo único que te falta es tener doble v***a, porque así me la metías por los dos hoyos… ¡ooohhh…! —balbuceaba ella jalando a Carlos, para tenerlo más adentro.
Carlos, no era muy dado a hacer el amor de esa manera, aunque Sara, era la mujer que tanto había deseado y no la iba a dejar escapar.
Por fin tenía a su disposición esas nalgas de prodigiosa redondez, junto con todos los otros atractivos de la ardiente hembra, que además contaba con unas ubres que eran verdaderos manantiales de placer por lo abombados de sus globos y por lo marcado de sus pezones que resaltaban demasiado por su color más oscuro que el resto de la piel, sobre una aureola que le hacía como un segundo globo sobre el resto del pecho.
La cintura de Sara era muy breve y ondulante, sobre unas caderas amplias de curvas redondas, sostenidas por un regio par de muslos, de redondez perfecta y un grosor estimulante a la vista.
Por delante un mono peludo en abundancia, aunque bien recortadito y bien delineado, figurando un colchoncito debajo del cual asomaban dos portentosos y carnosos labios vaginales, que al ser separados mostraban una pulpa roja y brillante.
Carlos, luego de cogérsela por el culo, se dio una lavada de chile para caerle por el frente, aunque antes tuvo que hacerle los honores a la panocha, con soberbia mamada a lo sadomasoquista, en la que incluyó mordidas y chupetones que pusieron a la vieja a bramar de placer y de lujuria, gritando a todo pulmón de placer.
A la vez que la lengua le dio dedazos por la parte superior de la raja; lo que ella agradeció con besos y caricias, pues era lo que tanto andaba ansiando.
Más de tres veces, Sara clamó por ser ya traspasada, por aquel chile que ya sentía amar y que jalaba ansiosamente o intentaba acercarle su rajada.
Carlos, la controló un buen rato y para acabarla de calentar, dobló su cinturón en dos y comenzó a propinarle fuertes cinturonazos por las primorosas nalgas, a las que sentía lastimar y sobre todo marcar, pues su belleza merecía no ser tocada.
—Pero eso le gusta a la pinche vieja calenturienta, y ni modo —se dijo mientras la veía chillar y suplicar, aunque no porque aquello acabara, sino porque continuara.
—Ya, Carlos, precioso… méteme tu inmensa v***a y destrózame por dentro… envuélvete un bistec para que me lo abras más...
Y mordiéndole un pecho, el tremendo carnicero le dejó ir el garrote por la caliente pucha, que lo recibió con la fuerza de una ventosa.
Cuando el basto estuvo muy adentro, Sara, comenzó a contraer su músculo vaginal, propinándole mordiditas a la cabeza del chile, que trastornaron a Carlos.
—Mamacita... adentro tienes una pinche máquina revolvedora... me vas a hacer venir...
Ella soltó al instante para permitirle limarla.
—No, mi rey, tienes que durarme mucho, para calmarme la puta calentura que tengo desde que le vi las nalgas a Marina y me encantó como se las dejaste, incluso lo abierto de su culo me dio mucha envidia y por eso quise probarlo todo contigo.
Tirados sobre la tarima, cubierta de la bata de carnicero, Carlos, la ensartó una y otra vez, esforzándose, jadeando, acelerando el ritmo, atacando por los rincones de la pucha Sara movía el culo en círculos.
Finalmente, aquello concluyó con el chorrazo de mocos que bajaron desde sus huevos, posteriormente hasta la caliente pucha...
Sara ya había sentido el orgasmo por cinco veces.
De esa forma, Carlos se salió con la suya. Se hizo de una amante que pronto confirmaría que, dentro de ese cuerpazo, había todo un volcán de deseo al que era difícil apaciguar, aunque con unos cuantos madrazos, el problema se solucionaba.
—Nos vemos mañana, mi amor —dijo jubilosa Sara, al marcharse, aunque caminara con las piernas separadas y cojeando, así como medio desgreñada.
Ahora, Carlos, se encontraba entre nosotros ya que, a petición de ella, iba al otro lado para traerse algunos juguetes sexuales de contrabando para hacerla feliz, él radiaba satisfacción por todos lados ya que juraba amar a Sara, que lo hacía feliz.
Para no perder el ritmo de hacer el amor sin extremos, tenía a Mariana y a otra de sus clientas, que con mucho gusto lo recibían entre sus piernas para que las hiciera felices de una manera más tradicional y deliciosa.
Cuando, Carlos, con esa sonrisa de satisfacción que no lo abandonaba, terminó su relato, de inmediato se levantó otro de los ahí reunidos y comenzó a hablar.
El matrimonio no era para él.
Sintió que una historia repetida volvía a su vida, como una mala copia de la primera.
Por un momento pensó que ella iba a llorar y se juró a sí mismo no dejarse llevar por estúpidos sentimentalismos. Conocía por experiencias propias el efecto devastador de las lágrimas femeninas sobre la determinación de un hombre.
—Creo que exageras. No soy el primer hombre que te abandona... —dijo él tratando de emplear una modulación de voz que no mostrara sus sentimientos verdaderos.
—No voy a suplicarte que te quedes... —respondió ella al final con labios temblorosos.
Alberto buscó con dedos nerviosos la cajetilla de cigarrillos y extrajo uno. Colocándoselo en la comisura de los labios, exclamó:
—¡Maldición...! ¡No soporto estar amarrado, ni lo resistí antes ni lo resistiré ahora!
—Pero... por ti he hecho todo lo que una mujer es capaz de hacer por un hombre...
El aspiró profundamente el humo del cigarrillo y acariciándose la barba, replicó:
—Más tarde o más temprano... pero esto tenía que terminarse...
—Alberto, tenemos que hablar. Piensa que tengo 28 años... ¿sabes lo que representa la soledad para una mujer de mi edad? Desde que tenía catorce años, no... incluso antes, he soñado con conocer al hombre de mis sueños, uno a quien pueda amar con cuerpo y alma y vivir feliz a su lado...
Alberto casi sintió lástima por ella al contemplar sus ojos humedecidos, grandes y castaños como los de un inocente cervatillo capturado por una de esas traicioneras trampas producto de la perversa imaginación humana.
Pensó también en lo farsantes que pueden ser algunas mujeres.
Simulan que desean plena libertad para acostarse con quien les venga en gana, aunque cuando les llega el momento de la verdad, lo que les interesa es un blanco traje de novia, niños, el gasto, la despensa, un hogar con dos autos en el estacionamiento.
Estas secretas aspiraciones las tienen bien arraigadas en el pecho y son casi parte de la condición femenina que las envuelve.
—Ya a la gente no le interesa casarse... —dijo él sin plena convicción y tal vez sólo por romper el momento de tensión en el que estaban envueltos.
—Nunca has confesado quererme, Alberto. Ni una sola vez has mencionado que me amas... y creo que jamás lo vas a hacer, no está en tu naturaleza.
—¿Amor...? Por favor Alma Delia... no te empeñes en actuar como una heroína de una novela cursi... eso no queda entre nosotros… ¿para qué mentir?
—Al menos lo hubieses podido fingir y probablemente yo lo habría creído... me hubiera gustado mucho escucharlo siquiera una vez… aunque fuera una sola vez.
—¿Te hubiera gustado que te mintiera? —preguntó él negándose a creer aquello que escuchaba en los labios de ella.