Diez

2101 Palabras
Ella se pasó la mano por los enrojecidos ojos, que parecían aún más grandes por los oscuros círculos que los rodeaban y los entrecerró cuando casi murmurando dijo: —Hay una muchacha en la tienda, su nombre es Magdalena, que ha estado casada dos veces con hombres que acostumbran golpearla. ¿Pero sabes lo que ella dice? Afirma que prefiere volver con cualquiera de ellos, sabiendo que va a ser maltratada de nuevo, en lugar de vivir en una casa vacía donde no la espera nadie... —Ya te dije que a mí no me gusta vivir amarrado, no soportaría estar atado a una persona, a tener que estar a su lado sin convicción. —Eso es lo que dicen todos los hombres... —Es que a lo mejor no me entiendes. Sé que muchos hombres han nacido para estar con una pareja y vivir felices encerrados. Para mí estar atado a una mujer es como estar cumpliendo una condena en prisión. —Creo que exageras, Alberto... pero no voy a arrodillarme ante ti para que lo hagas... Por fortuna me queda algo que no has podido quitar: mi dignidad...— insistió ella. Alberto se puso de pie y caminando hasta la ventana de la cocina miró a través de los cristales. Debajo, la mujer del departamento 12-A tenía la puerta abierta mientras conversaba con el muchacho repartidor de la tienda de la esquina. —“No está nada mal...” —pensó para sí Alberto, preguntándose si esa hembra invitaría al muchacho a pasar a su departamento. De súbito, esa mujer se arrodilló para recoger entre sus manos a un gato gris y la bata de casa se le abrió mostrando un muslo sólido y torneado. Para sorpresa de Alberto, el muchacho rápidamente se marchó, en dirección al otro extremo del pasillo. —Lo siento Alma Delia. En realidad, no sé qué... —¿Lo sientes...? —le interrumpió ella con voz tensa y difícilmente controlada. —Sí, lo siento. Entre tú y yo, entre nosotros... Aunque tampoco en esta ocasión pudo terminar con la frase, ya que ella se apersuro a decir de manera irónica y burlona, cargada de cinismo: —¿Nosotros? Nosotros hubiésemos podido llegar a algo, aunque tú no fuiste capaz de manejar la situación... Pepe Toño tenía razón; me dijo que cuando te cansaras de mí, te irías al lado de otra. No se equivocó, eres un verdadero hombre mariposa... —¿Hombre qué...? ¿A qué te refieres? —Sí, hombre mariposa. Te he dicho que Pepe Toño vivió por un tiempo en el Japón y allí llaman de esa manera a los hombres que van de mujer en mujer, como las mariposas que vuelan de flor en flor... Alberto levantó los ojos y contempló resignadamente el techo. —No es culpa mía, Alma Delia... se trata de mi carácter, tal vez de mi personalidad… o como tú dices, es mi naturaleza la que me motiva a ser así. —Pues también yo tengo mi carácter y déjame decirte que ya estoy cansada de ser usada. Por ti o por cualquier otro infeliz que sólo desea su satisfacción. Pepe Toño me ha dicho que yo puedo lograr lo que me proponga... —¿Pepe Toño? Me parece que estoy escuchando con demasiada frecuencia ese pinche nombrecito de tienda de comida barata y corriente... —Quiero llegar a ser alguien, Alberto, también tengo aspiraciones y él dice que me ayudará a tener un futuro brillante. Alberto, se movió incómodo ante el giro que había tomado la conversación. —Por lo que veo, ese tal Pepe Toño, se está tomando un gran interés por tu vida y por tu porvenir... —respondió sarcástico y burlón. Alma Delia, caminó alrededor de la mesa hasta el otro extremo y tomando una rosa artificial del florero la observó meditabunda. —Luce tan real... más real que una rosa natural... y se ve tan frágil que necesita de muchos cuidados... —comentó ella como si lo hiciera en forma distraída. —¿Por qué piensas que él es tan buena gente contigo…? —Lo único que siempre le he pedido al hombre que esté conmigo es que sea cariñoso y me trate con respeto… con la atención que necesito. —Pepe Toño te respeta... —El me daría cuanto yo le pidiera... Entonces, como un rayo de luz que atraviesa las tinieblas, la luz se hizo en la mente de Alberto. Se sintió sacudido de pies a cabeza por el descubrimiento. —¡No puedo creerte! ¡Tú estás cogiendo con ese viejo de mierda, eres una...! —Yo soy una mujer sensible, aspiro a ser pintora, la mejor pintora que haya tenido esta ciudad. Pepe Toño, está dispuesto a ayudarme, a darme la tranquilidad y el apoyo. Es mucho más de lo que tú me has ofrecido... —Alma Delia, tienes que estar bromeando... ese hombre tiene suficientes años como para ser tu padre... estoy seguro de que ni se le para ya y dudo mucho que te pueda hacer disfrutar como hombre... —A él no le importa tanto eso, no está en su “naturaleza”. Él me respeta, me comprende y dice que tengo talento... cree en mis posibilidades... —Pero... está casado. —Es cierto, aunque fíjate, que coincidencia, precisamente en estos días está por resolverse lo de su divorcio y quedará libre. —Esas son puras jaladas. ¿No te das cuenta que tiene hijas mayores que tú? El fulano ese tiene más de sesenta años... —No exageres, acaba de cumplir 54 y sé que me va a ayudar. Lo que más me importa de él es que es todo un hombre. Él no teme hacer un compromiso conmigo, algo de lo que tú eres completamente incapaz. Tienes 34 años y todavía no sabes las razones por las que tus dos esposas te abandonaron... —Alma Delia, por favor... que no quiero hablar de eso... —De acuerdo, Alberto... pero por un instante contémplate a ti mismo. ¿Qué has logrado en tus años de existencia? Nada... sólo cuentas con una vieja motocicleta que la mayoría de las veces está descompuesta. Alberto, ten el valor para enfrentarte a tu realidad, no vas a ser más de lo que ya eres... —Y por lo que parece, lo que soy te parece poco y no te alcanza... —Pues déjame decirte que nunca podrás darme las cosas que Pepe Toño puede. Alberto, sintió que le iban a explotar las sienes. Se le hizo un nudo en el estómago al recordar con claridad las palabras que su amigo Gustavo, le había confiado el otro día: —“Cada vez que te ibas de la ciudad, ellos se metían en el motel donde trabaja mi hermano. Ese tipo es un viejo zorro que se está burlando de ti y de ella... créeme lo que te digo, mi hermano...” Alma Delia, caminó lentamente hacia la ventana y miró al patio en la planta baja, donde varios niños se encontraban jugando. Alberto se acercó por detrás, aunque ella rápidamente se alejó. Comenzaba a experimentar una curiosa mezcla de cólera y despecho, por lo que estaba sintiendo, cuando susurró entre dientes: —Todavía no puedo creer que seas tan puta como para que te acuestes con esa méndiga y pinchurrienta momia que ya vio pasar sus mejores años... —No tienes por qué recurrir a los insultos, Alberto. Estoy harta de hombres desconsiderados, que se sienten orgullosos de ser tan machos y que sólo piensan en tomar cerveza con los amigos; que me desvisten para penetrarme como una muñeca de su absoluta propiedad. No quiero saber de hombres egoístas y engreídos como tú que no han sabido valorarme ni asumir sus responsabilidades... —Desgraciada, hace cuatro meses no estabas tan cansada de mí. ¿Quieres saber algo? Todas ustedes son iguales, quieren manejar a los hombres y modelarlos como si fueran de arcilla... —dijo Alberto sintiendo que la creciente ira le oprimía penosamente el pecho y que no podía controlarla como él quería. Alma Delia bajó el tono de su voz: —Pepe Toño, será bueno y gentil conmigo, de eso estoy segura... ha dado muestras de eso y de muchas cosas más que tú ni siquiera imaginas... Alberto, sintió que la vista se le oscurecía. —“¡Carajo, esta infeliz no me puede hacer esto a mí...! No puede ni debe hacerlo, no es justo” —pensó airado y descontrolado. —¡Prostituta, eso es lo que eres! ¿Quién te crees que eres? —gritó enardecido. Alberto trató de agarrarla, aunque ella con ligereza se le escapó. Hasta que al final, pudo acorrararla entre el refrigerador y el fregadero de la cocina. —¡Maldita... tú y ese anciano no me van a convertir en el hazmerreír de mis amigos! Alma Delia, jadeante, se defendía como podía y aún le alcanzaban las fuerzas para replicar y seguir removiendo en la herida que le causaba: —Pues viejo y todo él es dos veces más hombre que tú y que cualquiera... —¿Ah, sí...? Ahora mismo te voy a demostrar la clase de hombre que soy... Alberto, enterró sus manos entre los muslos de ella y poco a poco ascendió hasta que sus dedos se metieron por debajo de la pantaleta e hicieron contacto con la peluda prominencia púbica que tanto le gustaba. En el forcejeo, la bata de casa de Alma Delia, se había abierto y deslizado por los hombros, dejando al descubierto los blancos pechos erguidos y firmes que subían y bajaban al ritmo de su respiración entrecortada. Él apretó furioso su boca contra la de ella, metiéndole la lengua a la fuerza entre los apretados labios. De un empujón, la encaramó en el mostrador de la cocina. Alma Delia, cesó toda resistencia y rodeó con los brazos el cuello de Alberto. —Degenerado... abusivo... —le musitó al oído. El aliento de ella olía a café. Él se alegró de que no fuera a huevos o cebolla. El olor a huevos le provocaba náuseas. —Está frío... —se quejó Alma Delia, frotando su papaya, al menear sus carnosas caderas, contra el bulto de los pantalones. —Nunca antes me habías dicho eso... nunca te habías quejado de mi mandarria, por el contrario... —respondió él mordisqueándole el lóbulo de la oreja. —Me estoy quejando del mármol del mostrador, tonto... —Pero si es de plástico... —Sí, pero está frío como el mármol... —Pues yo me voy a encargar de calentarte, como siempre lo he hecho... —anunció él mientras se extraía el m*****o liberándolo de la prisión de la tela. Después le separó los muslos poniéndose a manosear la peluda mancha con una mano mientras con la otra le iba deslizando las pantaletas, las cuales se zafó de su cuerpo porque ella misma ayudó a quitársela flexionando las piernas. Alberto enfiló el endurecido m*****o entre la mata de vellos púbicos y se la sumió con rabia hasta el tope, como si con ese golpe de pelvis le estuviera demostrando su estado anímico embargado por el coraje. Después se puso a bombearla sin importarle que ella hacía gestos porque ni siquiera había alcanzado una poca de lubricación en su canal vaginal. Alma Delia, lo miraba fijamente a los ojos escrutando las muecas que hacía él, consciente de que a través de su vulva podía conservar a su lado a ese hombre si de verdad tuviera ganas de hacerlo, sólo que ya no las tenía, ya no lo deseaba, ya no era el motivo de sus esfuerzos, no valía la pena. Y Alberto, al cruzar la mirada con la de ella, se dio cuenta que en esos bellos ojos castaños no brillaba en esta ocasión esa chispa de lujuria que la caracterizaba cada vez que la estaba poseyendo. Se acordó que él mismo había iniciado la discusión cuando había llegado a la determinación de abandonarla, aunque ahora comenzaba a flaquear. Y eso lo hizo sentir coraje contra ella, contra él mismo, y sus embates se hicieron más duros, más violentos, como si con la agresividad en sus caderas le estuviera demostrando su desacuerdo con la separación, como si el diablillo de los celos se hubiera apoderado de él y lo obligara a empujar más y más fuerte cada vez... hasta que sus instintos no pudieron resistir por más tiempo los fieros embates y no pudo contener los disparos de semen que lo forzaron a mantenerse pegado a ella mientras le seguía disparando chorro tras chorro de leche.
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