Y ella permanecía tan ajena... tan indiferente.
Un rato más tarde, Alma Delia se zafó del abrazo de Alberto.
—Él es suficientemente viejo como para ser mi padre y seguramente no me hace disfrutar, ¿te acuerdas que me lo dijiste? —dijo ella con tono irónico— ¿y tú?
La mirada de él estaba perdida en el espacio y entonces pareció volver a la realidad.
—¿Por qué tienes que regresar al mismo maldito tema?
Alma Delia, lo contempló fijamente y dando unos pasos se alejó para ver a través de los cristales con una marcada indiferencia.
Alberto miró de nuevo allá abajo a la mujer que había estado conversando con el chico repartidor de la tienda de la esquina. Ahora estaba vestida con ropas elegantes, aparentemente esperando que alguien la recogiera.
—Nunca he tenido una esposa en la que pueda confiarme... —se sinceró él.
—Todos los hombres lo único que han querido conmigo es usarme... —también se sinceró ella con un tono de voz neutro.
—¿Acaso nunca has disfrutado con alguno de los tipos con los que has vivido?
—Todos quieren lo mismo... esta vez va a ser diferente...
Aun observando a la vecina, que ahora se montaba en un carro lujoso manejado por un hombre de sienes encanecidas, Alberto repitió:
—¿Nunca has disfrutado con los que has estado?
Alma Delia, se arregló la bata de casa y se marchó en dirección al baño porque ya lo necesitaba, no era precisamente una necesidad fisiológica, sino que los chorros de semen ya le habían llegado hasta los tobillos escapados de su hendidura vaginal y se sentía molesta. Entonces, se detuvo y dándose la vuelta miró fijamente a Alberto.
—En una relación entre un hombre y una mujer cuentan muchas cosas más que simplemente hacer el sexo... sólo que tú no estás listo para esa plática.
—Te estás poniendo romántica, se me hace que estás viendo demasiadas novelas por televisión... o tal vez te la pasas leyendo historias románticas.
Alma Delia entró en el cuarto de baño y cerrando la puerta pasó los cerrojos por dentro, no quería dejar la posibilidad que él ingresara.
—¡Puedo llegar a ser lo que me proponga! —gritó ella.
Alberto escuchó el golpeteo apagado del agua de la regadera.
De repente se sintió sumamente agitado. Se sirvió una taza de café y encendió la radio. Prendió su segundo cigarrillo de la mañana y colérico lo aplastó inmediatamente en el cenicero. Trató de calmarse.
Y se puso a pensar:
—“¡Maldición...! —pensó— las cosas pudieran ser peores. Al menos ella mantiene limpio el departamento y cocina muy bien, defectos tiene como todos los seres humanos... yo tampoco soy algo como para estar orgulloso.”
Continuó razonando sobre la situación que estaba enfrentando en esos momentos tan cruciales. Tantas ideas se agolpaban en su mente que le entró un dolor de cabeza.
—“Quizás ella tiene razón, quizás estamos hechos el uno para el otro. Ella está en lo cierto, he malgastado 34 años de mi vida. Tengo que reconocer que trabaja como una mula. Pudiera vender la motocicleta y conseguirme un mejor empleo. Si lo intentamos en serio, podríamos llegar a hacer algo que valga la pena... juntos.”
Aunque entonces escuchó otra voz como de su subconsciente que le decía:
—“Tú eres uno de tantos millones, mi buen Beto. En definitiva, la muy pútrida confiesa que se ha acostado con ese vejestorio. Ella es como las demás. Recoge tus chivas y pon los pies en polvorosa... antes de que sea demasiado tarde”
Alma Delia, salió del baño ataviada con unas atrevidas pantaletas negras. Entró en el dormitorio y se puso un minúsculo brasier y un par de medias del mismo color. Alberto, que la había seguido, se apoyó en la puerta y lanzó un silbido de admiración. Nunca antes la había visto tan arreglada y sexy.
—“¡Al carajo todo...!” —pensó él, sintiendo una súbita erección.
Tomó los blancos pechos erguidos en sus manos y palpó la suavidad de la carne.
—Quizás tienes razón... una relación es algo más que puro sexo... —dijo Alberto.
Con deliberada lentitud, Alma Delia, liberó sus sabrosas y firmes tetas de los avariciosos dedos del hombre que las acariciaban.
—Recuerda que se me hace tarde.... —susurró ella.
Los ojos de él encontraron el reflejo de la mirada de ella en el espejo, ese espejo que tanto significaba para él. Y notó en esa mirada, donde antes, durante tantas ocasiones, había una chispa de deseo, de pasión, de lujuria sublimes, ahora se descubría la escalofriante frialdad del hielo, de la indiferencia, de la apatía, su mirada había cambiado tanto como lo había hecho ella.
Alberto supo que su vida había sido un error por no saber dar a las mujeres lo que ellas esperaban de él y que en el caso de Alma Delia, ya también, era demasiado tarde para intentar siquiera un cambio. Ella ya lo había decidido.
Él la soltó como quien se desprende de algo que pudo haber sido y que ya tampoco fue. Llevaba cuatro meses viviendo con Alma Delia, y el destino, burlón, enfrentaba a Alberto, con un final semejante al de sus dos fracasados matrimonios.
Cuando la vio vestirse y después abandonar el departamento supo que ya la había perdido... y que otro aprovecharía lo que él no quiso o no supo querer.
Fue entonces cuando decidió cambiar de rumbos, buscar una nueva vida, una nueva oportunidad y nada mejor que lejos de su país, en un lugar donde nadie lo conociera y él pudiera encontrarse consigo mismo.
Por eso estaba aquí, reunido con nosotros, incluso ni pudo vender su motocicleta y la abandonó, como abandonó su pasado. Cuando él terminó de hablar, se levantó otro de los presentes y comenzó hablando con tranquilidad.
Yo no voy a contarles nada de mi vida, no tengo nada interesante que compartirles, aún así, como nos estamos sincerando, les voy a contar algo que mi patrón me contó una noche que ya andaba medio pedo y quería desahogarse.
O a lo mejor lo que quería era presumir, la neta no lo sé, sólo sé lo que me contó y de esa misma forma de los voy a contar a todos ustedes, a ver que opinan.
La sabrosa Panchita
Nunca pensé que le fuera a contar a nadie, experiencias sexuales mías, digo, es un tema muy personal. Aunque tú me caes a toda madre y ahora me apetece recordar y, además, seguro que me excito al contarte todo esto.
Tengo 40 años, una buena posición económica, un trabajo vocacional agradable y estoy felizmente casado desde hace tres años con Charo, una mujer maravillosa, a la que quiero y con la que además me entiendo muy bien desde un punto de vista s****l, lo que para mí es tremendamente importante.
Sin embargo, mi cerebro y mi sexo llevan años recordando a Panchita.
Fue una compañera de trabajo de la que probablemente me encapriché sexualmente, ¿me enamoré o me enculé? No lo sé, desde que la vi por vez primera.
Pequeña, rubia y redonda, muy redondita. No despierta pasiones por donde pasa, ni te la levanta simplemente por el hecho de fijarte en su cuerpo, aunque para mí fue el máximo posible, lo más deseado, la realización de fantasías íntimas y un recuerdo s****l de los más calientes y placenteros que tengo.
Sólo dos veces en los más de diez años que estuvimos trabajando juntos mantuvimos una relación s****l. Ha pasado el tiempo, pero lo recuerdo a menudo, me excitó con ello e incluso mis juegos sexuales habituales y mis fantasías y ensoñaciones suelen repetir lo que con ella realicé.
No creo estar minusvalorando a otras mujeres con las que he tenido y tengo sexo, aunque, a partir de Panchita mi vida s****l cambió.
Lo que aquí te cuento es reflejo de ello.
Entré una noche de viernes en el bar que hay en la esquina de la calle en la que está el periódico en el que trabajamos.
Una discusión con mi jefe, el cansancio de toda la semana, la moral un poco baja, la que entonces era mi novia fuera de la ciudad durante varios días... y sin ganas para hacer nada de nada salvo tomar un par de copas mientras comento la próxima jornada futbolística con el camarero.
En una de las mesas está Panchita, con una de las secretarias, Elisa, tú la conoces.
Me saludan y siguen con su charla y sus risas. Después de mi segundo vaso de whisky y tras entretenerme con la charla futbolera del camarero y otro de los clientes habituales estaba pensando ya en recogerme, cuando recibo una palmadita en la espalda al mismo tiempo que me dicen:
—Luis, que solito estás, anda que con lo serio que te pones en la oficina no hay quien trate contigo en plan de camaradas. Ven a invitarnos a una copa que mañana no hay trabajo y estamos libres para hacer lo que queramos.
La frase de Elisa, y la risa de Panchita, me animan a sentarme a su mesa. Al cabo del rato está claro que todos queríamos reírnos, a la vez que pasarnos un poco con el alcohol. Pedimos tres rondas en poco tiempo.
Siempre me había gustado esa joven pequeña de tamaño y nada llamativa, aunque guapa y, para mí, tremendamente sensual.
Riéndose y en un ambiente alegre me parece la mujer más atractiva y deseable del mundo. No sé muy bien cuál es mi actuación, aunque Elisa se debe percatar de algo y con prisa, alegando que es tarde y su novio se va a enfadar si la telefonea y no está, se marcha tras gastarnos alguna broma relativa a que debemos portarnos bien.
Un rato más de charla alegre e insustancial que no recuerdo, otra copa y ya estamos Panchita, y yo caminando por los oscuros y solitarios pasillos que dan acceso al estacionamiento de la empresa.
Al bajar la escalera un pequeño tropezón, y el exceso de whisky, me lleva a poner mi mano no muy suavemente en el culo de la rubita.
Con más miedo que vergüenza espero su reacción, me preparo para una bronca o algo peor, aunque desde luego me sorprende oír:
—Ya era hora maricón, creí que nos íbamos y ni siquiera ibas a intentar besarme.
Para que esperar más, me abalanzo sobre su boca mientras la abrazo y mi sexo empieza a notar que algo va a pasar. ¡Qué maravilla, mi hermano!
Al igual que los primeros encuentros sexuales de jovencito, empiezo a tener todo tipo de sensaciones al mismo tiempo que no dejo de sorprenderme de la voracidad de la boca de Panchita, que me come la lengua, los labios y toda la boca besando, chupando y mordiendo con una sensualidad maravillosa y haciendo gala de rapidez y habilidad manual para dejar al aire mi v***a tiesa, dura y ya necesitada de cuidados urgentes.
Casi no me ha dado tiempo a desabrochar los botones de su camisa cuando empieza a subir y bajar la mano por mi rabo y a morderme la oreja mientras cuchichea:
—Que gruesa la tienes, cabrón, cómo me gustan así, dura y sabrosa para mí solita.
¡Guau! ¡Por fin!
La ilusión de mi vida s****l, una mujer apasionada que habla, grita y me insulta mientras lo hacemos. ¡Carajo con la rubia poca cosa y modosita en el trabajo!
Nos parece oír un ruido acercándose y nos metemos de manera atropellada en su coche, en los asientos traseros. Falsa alarma.
Me estoy comiendo unas tetas pequeñas, puntiagudas, muy duras y con pequeños pezones oscuros, rugosos, rodeados de algún largo pelo que no veo, aunque lo saboreo, al mismo tiempo que agarro con fuerza un culo redondo, prieto y grande e intento colocarme para meter mi boca entre los muslos de Panchita.
—Estate quieto, cabrón, que me estás poniendo como nunca. No me chupes el bizcocho, quiero que dure mi excitación. ¡Sigue con mis tetas y dame el chile!
Música celestial para mis oídos, acompañada de un sonoro chup-chup realizado en mi tranca por una boca ansiosa, ensalivada y nada temerosa de usar los dientes, y es más, sabe cómo utilizarlos a la hora buena para dar un placer adicional.