Doce

2081 Palabras
De nuevo puedo comprobar que el exceso de alcohol retarda la eyaculación, en condiciones normales me habría corrido muchos minutos antes. —Dame tu panocha Panchita, deja que te la meta por favor, que ya no aguanto. —Ni se te ocurra correrte, maricón, no seas ojete, la quiero dura, más rato y como yo te diga. ¡Aprieta mis tetas, no pares! Quiero gozar mucho Ya no puedo más. Entre la forzada postura intentando comerle el bizcocho, el olor fuerte y excitante, mis manos pasando de las tetitas al culo maravilloso y la mamada dura, fuerte y tremendamente babosa, me vengo con un pequeño grito y con la sensación de que era uno de los mejores orgasmos de mi vida. No soy Supermán. Si se me baja tardo en estar dispuesto, aunque en lo que me parece un minuto estaba otra vez excitado al ver a Panchita tragar mi leche con ganas, sorbiendo, haciendo ruido, manchándose cara y tetas y diciendo después: —Prepárate puto, porque tienes que darme gusto, voy a mil y no me vas a dejar así. Empieza a mamar mi chochito y chúpame también el culo, ¡vamos cabrón! ¡Qué maravilla! ¡Qué excitante! ¡Qué mujer más segura de sí misma! —¡Más, más, más! Me encanta… —gime con todo placer, lo que me indica que lo estoy haciendo bien y que ella está disfrutando en grande de mi lengua y mis labios. Cuando consigo situarme tras de ella para lamer y mamar ese culo maravilloso y ese sexo casi sin vello, Panchita, parece una fuente de ricos jugos vaginales. Está muy excitada, respira con fuerza y mueve el culo hacia mí como si se estuviera limando mi lengua, esa forma de moverse, me enloquecía —No se te ocurra parar hasta que yo te lo diga, ¡sigue puto, sigue! Yo estaba esperando una corrida escandalosa por su parte, aunque no, se queda quieta durante unos segundos, musitando bajito y suavemente una especie de aaayyy. Sigo chupando su panocha ahora más suave y con lentitud, esperando sus órdenes que llegaron con un hilo de voz: —Ya, ya estuvo, no quiero más; para, déjame ya. Se sienta en el más que mojado asiento, reclina la cabeza en el respaldo y cierra los ojos, como si quisiera aislarse de todo el mundo, incluyéndome. Se ve tan sensual, tan excitante, que hasta me parece la más hermosa de todas. —No me toques. Siempre que cojo con un buey, después de un rato me tengo que masturbar, me tengo que dar placer a mí misma. Mírame si quieres, aunque no me toques ni me hables, cáscatela si te hace falta. Carajo, para qué más. Tengo el chile otra vez como un martillo de asfalto. Empiezo a meneármela mientras miro a Panchita, que se toca muy suavemente el clítoris; con los ojos cerrados habla en voz muy baja, repitiendo algo así como: —Puto, tú eres un puto, como todos; puto y desgraciado. No aguanto mucho rato, me vengo como un loco intentando que mi leche salpique y manche a Panchita, que poco después se viene dando un pequeño gritito y respirando con fuerza durante bastante tiempo. Tras unos minutos nos arreglamos las ropas y ella, con una actitud que me parece avergonzada, me urge a que baje del coche mientras arranca el motor. Carajo, vaya sacada de onda que me llevo. Después de una estupenda sesión de sexo con la mujer que más deseaba desde años atrás, No sé qué hacer, torpemente bajo del automóvil y ni digo una palabra mientras ella se marcha. Con los faldones de la camisa por fuera del pantalón mal abrochado, la chaqueta y el portafolios cayéndoseme de las manos, buscando las llaves de mi coche, la cara de pendejo que se me debe quedar mientras intento reaccionar; bueno, pues no esperaba que así acabara "mi gran noche con Panchita". El lunes intento hablar con ella. No baja a tomar café a primera hora ni desayuna en el lugar habitual en el que muchas veces coincidimos. No toma el teléfono. Antes de salir a comer tengo un rato y me acerco a su despacho. Elisa, su secretaria, me dice que ha estado fuera y que por la tarde va junto con una delegación de la empresa a un congreso o algo similar que se organiza en la zona de hoteles cercana al aeropuerto. Con una disculpa tonta consigo que me informe del nombre del hotel y del horario del congreso. Según el programa a las seis de la tarde había un descanso en el congreso. Ahí me planto con ánimo de ver a Panchita, y hablar con ella. En la cafetería está rodeada de gran número de personas, la mayoría de mi empresa, por lo que apenas puedo saludarla. Me parece que intenta esquivarme y claramente se muestra contrariada al verme. ¿Ayuda del destino? Mi jefe aparece por la puerta, se muestra encantado de mi presencia allí y dirigiéndose a Panchita, le oigo decir: —Aprovecha que Luis está aquí y dale los datos del congreso para que haga una reseña que nos guste. Luego tomamos algo los tres y hablamos de ello. A eso de las once de la noche el pesado de mi jefe se da por satisfecho del breve artículo que preparo y se despide dejándonos ante unas copas a Panchita, y a mí. Bueno, ahí la tengo; es lo que quería, ¿no? —¿Cómo estás? He intentado ponerme en contacto contigo durante todo el día. —Y para qué, ¿acaso tenemos que hablar de algo? —Mujer, lo del viernes para mí fue algo estupendo y maravilloso, muy placentero, además de algo deseado hace tiempo y querría saber si… No me dejó terminar. —Luis, ¿quieres que te de las gracias? ¿Quieres que deje claro lo macho que me pareciste? Te aseguro que me gustó, aunque no fue para tanto. —No me chingues, Panchita. Quiero hablar contigo de ti y de mí. Siempre me has gustado y lo del viernes fue importante y satisfactorio, al menos para mí. Hacía mucho tiempo que quería estar contigo y, desde luego, no creo que merezca que me trates como a un idiota que sólo piensa en su chile o que quiere ligar sexo sin más porque no ha sido mi forma de actuar, al menos conscientemente. —Quizás tienes razón, no puedo evitar estar a la defensiva y un poco agresiva. En los últimos tiempos mis experiencias sentimentales con los hombres han sido muy malas y como no se vivir sin el sexo, me he intentado auto convencer de que todos son unos puercos con el cerebro en la bragueta. Te diré que ni de lejos estoy dispuesta a tener ningún tipo de relación estable, ni siquiera estoy dispuesta a pensarlo, así que no intentes nada de nada, no tiene sentido. —Me dejas cortado y con pocas respuestas por mi parte. Me había ilusionado con la posibilidad de conocerte mejor. Quizás sí tengamos oportunidad de tener una amistad exclusivamente s****l. Lo del viernes me encantó y tú me gustas mucho. —¿Sí? No hicimos nada de nada. Ni siquiera follamos. ¿Te va el sadomasoquismo suave y el bondage? Es lo que estoy dispuesta a practicar actualmente con cualquier cabrón que se deje. Quiero mi satisfacción sin compromisos de ningún tipo. —Aquí tienes a un voluntario que se muere de ganas por coger contigo. Vamos, y alquilamos una habitación en el hotel; ¿quieres? Benditas palabras. En ese momento no sabía que iba a encontrarme con mis deseados y verdaderos gustos sexuales tras una noche con Panchita. La habitación tiene un gran espejo de pared que refleja la mayor parte de la cama de matrimonio situada en el centro. —Desnúdate mientras paso al cuarto de baño y deja una lamparita encendida. Me gusta ver la v***a que voy a comerme y la cara de pendejos que se les pone a los bueyes cuando me ven desnuda. La primera en la frente. La cosa empieza bien, como a mí me gusta. Se presenta ante mí con urgencia, como con prisa. Desnuda por completo, mirándome con cara de cachondeo y bien segura del impacto provocado por su pequeño pero curvilíneo cuerpo. Me mira fijamente mientras se pasa las manos por sus tetas puntiagudas. —Siéntate en el suelo y deja de mirarme como un imbécil. Puto, ¡quítate los calcetines, puerco asqueroso! y empieza a lamer mi pucha que ya tiene ganas. Dicho y hecho. Apoyo la espalda en la cama y empiezo a chupar su sexo coronado por una mínima mata de pelo muy rubio, casi transparente. ¡Qué rico! Empieza a mojarse en abundancia y a empujar contra mi lengua con fuerza. —Muy bien, ya cabrón. No quiero venirme sin tratarte como te mereces. Chupa mis tetas y juega con mi culo, que se note el esfuerzo. Sentado en la cama saboreo esas dos tetas pequeñas y duras con dos pezones oscuros verdaderamente excitantes. —Te gusta que me deje pelos largos alrededor de los pezones, ¿verdad? Todos los putos, como tú, se ponen muy cachondos así, les gusta mamar las tetas que tienen pelos que se les meten en la boca, ahora… ¡toca mi culo! Me ponen caliente de verdad, su tono despectivo, sus insultos y sus tetas. Le masajeo el culo con fuerza mientras siento crecer mi tranca. —Cabrón, bien que sabes excitarme. Mete un dedo en mi culo, sigue jugando con él Ya llevo un buen rato mamando sus pezoncitos y metiendo y sacando un dedo de su culo cuando mi macana dice que se acabó. Me vengo casi como un adolescente, sin apenas tocarme, sólo por la excitación del desquiciante momento que estoy viviendo con ella. —Serás puerco. Me has bañado los muslos y la panza con tu leche asquerosa y espesa. Límpiame, recógelo todo con la lengua, no dejes ni una gota y prepárate a sufrir como no te pongas duro, de nuevo ahora mismo —me dijo Panchita con un tono enérgico. ¡Qué maravilla oír todo eso dedicado a mí mientras lamo mi venida sobre su cuerpo! Aunque mi garrote ha decidido que no es aún momento de volver a crecer y ponerse como un tronco de madera, por más que lo intento. —El macho se permite venirse cuando quiere y luego su p**o de mierda no se pone como a mí me gusta… cabrón… Ponte de rodillas sobre la cama y enséñame esa pinga floja. Te voy a mamar, pinche puto. No miente. Empieza a chupar mi macana pasando enseguida a darle mordisquitos suaves, otra vez a chupar y mordisquitos más fuertes cada vez; me gusta y mi tranca parece algo más gorda y grande. —¿Te gusta un poco de acción? Pues ahora la tendrás pinche putito. Se separa de la cama buscando algo y un momento después siento un golpe en la v***a acompañado de un ruido similar al de una suave cachetada. Me ha dado con mi cinturón en toda la cabecita de mi p**o, con suavidad, aunque medio me asusto. ¿Me da miedo el posible dolor o que tras un segundo y un tercer golpe mi rabo se ponga tieso y duro? —Vaya, vaya; el maricón se pone a tono con un poquito de ayuda. No vas a venirte sin darme gusto o te voy a azotar de verdad. ¡Túmbate en la cama! Voy a cogerte y procura tenerla dura como a mí me gusta durante un buen rato. La sujeta y se la mete despacio y con suavidad en su bizcocho empapado al mismo tiempo que respira con fuerza. Me empieza a cabalgar, despacito, aunque metiéndosela muy profundo. Con los ojos cerrados habla en voz muy baja: —Eres tan cabrón como todos los demás, sólo quieres mi panocha y que yo te de placer, seguro que tienes más mujeres por ahí, a las que engañas como a mí; cabrón, cabrón, maricón, puerco, puto desgraciado… Va subiendo la velocidad al mismo tiempo que el tono de voz y unos minutos después me está limando a toda su capacidad de caderas y de cintura que se mueven de manera estupenda, mientras repite constantemente: "puerco, puto, puerco..." Es delicioso verla en aquella postura, es tan erótico, tan sensual que me provoca otra erección, aunque esta vez no me masturbo, la contemplo, es divina y sensual.
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