Trece

2134 Palabras
Como en la ocasión anterior, se viene sin escandalizar. Un fuerte suspiro, un par de pequeños grititos y se tumba a mi lado, desfalleciente, vibrando aún por el intenso orgasmo que le ha recorrido todo el cuerpo. —No me hables ni me toques. Quiero masturbarme. Con mucha suavidad y sin prisa, con los ojos cerrados y musitando palabras ininteligibles está durante muchos minutos acariciando su clítoris. Cuando termina ni siquiera abre los ojos mientras dice: —Luis, eres un pendejo como todos. Déjame dormir unas horas y luego seguimos. Ni se te ocurra hacerte una chaqueta, descansa hasta dentro de un rato. Quiero que estés potente para darme gusto, aún me falta algo. Yo tengo una erección curiosa, aunque ni se me ocurre pensar en masturbarme. Tardo un buen rato en dormirme, mientras Panchita, descansa como una bendita con algún que otro ronquido suave. Cuando despierto ella me está mirando. Tiene una expresión de ansiedad, ¿deseo? En la cara que me hace darme cuenta de que se está masturbando. —¿Qué haces? ¿Quieres que te acaricié? ¿Te ayudo? Deja que yo te lo haga". Aparta su mano del sexo, la pasa por mi nariz y boca y me mira a los ojos con seriedad en su rostro: —No te he tratado bien, quiero resarcirte, aunque, sólo lo haremos de la manera que yo diga ¿de acuerdo? No quiero preguntas, sólo que hagas lo que yo te diga No me deja contestar, me besa mientras acaricia mi pene con sus manos. Tras unos besos baja a la altura del rabo y empieza a mamar con rapidez, con fuerza y utilizando una de sus manos para apretar, estrujar y arañar mis pezones. —No hables, sólo actúa como yo te diga. Me vas a coger, sólo que, antes quiero excitarme de verdad, quiero estar como una yegua en celo. Acaríciame con tus manos y boca como te apetezca, aunque lo que me va a poner bien de verdad es lo que yo te haga o lo que diga que me hagas. Vamos, muerde mis pezones sin que te importe hacerme daño; chupa y muerde mis tetas con ganas, mete tus dedos en mi culo y muévelos dentro, pellízcame el culo con fuerza; ¿quieres tirarme del pelo? ¿Quieres tirarme del vello del pubis? No hables y actúa; ponme muy, muy cachonda. Yo sí que estoy a tope. Hago lo que Panchita me pide, me exige, y mi camote es como un volcán a punto de explotar. —No voy a aguantar mucho más, para o termina con mi erección ¡por favor! Dame tu bizcocho, deja que te la meta. —No hables puerco. Todavía quiero que me hagas más cosas, quiero ponerme más cachonda y tienes que aguantar. Empieza por chupar mi culo, mete la lengua dentro, ¡vamos! Disfruta de lo que pocas veces vas a tener. A cuatro patas me ofrece su fruncido y rico culo. Meto mi lengua intentando llegar lo más lejos posible al mismo tiempo que procuro no llevar mi mano derecha a mi chile. Ya es un sufrimiento tanta excitación, siento el rabo lleno, hinchado a rebosar, tirante y tenso como nunca. —Dame por el culo, puto, estás deseando. Me muero de ganas, encúlame y vente dentro cuando yo te diga ¡Vamos puto de mierda, entra en mi culo! Pocas veces había enculado a una mujer hasta entonces. Casi siempre con reparos ante el posible dolor por el roce y a que se arrepintiera la mujer de turno si había alguna dificultad. Ahora sé que no va a haber ningún problema. Tengo la mazacuata bien empapada con los jugos vaginales de Panchita y empujo, sin prisa, aunque, sin pausa, hacia arriba y con fuerza. Entra la cabeza de mi chile con bastante facilidad y enseguida más de la mitad del rabo está dentro. —Cabrón, esto te gusta. Ya sabía yo que eras un puto. Vamos, clava con ganas. Mi culo no se va a romper, puerco maricón. ¡Sigue, sigue! Sí tengo ganas, sí. Ahora ya no valen los jueguecitos, ahora ya sólo vale una ñonga más excitada que en toda su, mi, vida que busca satisfacerse. El movimiento del metisaca lo aguanto sólo unos pocos minutos, ¡qué corrida más buena! Grito de gusto y me desplomo sobre la rubia, que ha estado pajeándose mientras le daba v***a en su estrecho y sabroso culito. Ella sigue tocándose durante unos minutos más mientras yo no saco el rabo de ese escondite tan estupendo de su culo. Se desploma sobre la cama y así estamos durante un buen rato, hasta que oigo como entre sueños: —Me estás aplastando. Déjame, tengo que orinar. Sácala de mi culo, por favor. ¿Estoy soñando, ha dicho por favor? —Has dicho por favor, ¿te pasa algo? Luis, eres retrasado o qué. Me estoy meando. Quítate de encima que me lo hago aquí. No seas burro, joder. No quiero sacar mi chorizo del culo de Panchita. Una idea lejana y oculta se está abriendo paso en mi cerebro. —Háztelo aquí. Siempre he querido que una mujer se orine junto a mí después de coger y además, quiero seguir sobre ti y con la v***a dentro. —Idiota, que me meo. ¡Deja de jugar, tengo que ir al baño!, vamos. —Sabes que te digo, yo también tengo necesidad de mear y me apetece hacerlo ya. Si quieres orinar hazlo aquí. Sin más meo dentro de su culo mientras veo reflejada en el espejo la expresión de estupor en la cara de Panchita. ¡Qué gusto! La meada en su culo y la cara de sorpresa que ella pone han sido probablemente los momentos que más satisfacción me han dado durante los últimos años. —Cabrón, me llenas con tu meada; la noto caliente. ¡Para, detente! Al poco rato oigo una risa ahogada mientras noto una nueva humedad a la altura de las piernas que me indica que ella ha decidido orinarse en la postura en la que estamos. Me ha gustado ¡carajo! Si que me ha gustado, tanto que Panchita al notarlo me dice: —Pinche puto, te estás poniendo duro otra vez. Quítate de encima, saca la v***a que me aplastas. ¿Sabes?, has conseguido excitarme con tu asquerosidad. —Bueno, aunque me parece que quiero otro numerito. Quédate a cuatro patas en el suelo y empieza a gatear por la habitación. ¡Vamos carajo, ahora mando yo! Desde que leí un libro de Henry Miller, no recuerdo cuál de los trópicos, había tenido la secreta esperanza de realizar algo parecido y ahora lo iba a lograr: —Venga tía, camina a cuatro patas por toda la habitación, despacito, ya te diré yo cuando ir al baño. Al mismo tiempo golpeo el suelo con mi cinturón alrededor del cuerpo de Panchita. Nuestra imagen reflejada en el espejo es como una bocanada de aire caliente ¡carajo que excitación! —Atrévete maricón, haz lo que de verdad te excita. Vamos, a qué esperas ¡cobarde! ¿no tienes cojones o no sabes lo que te gusta? —¡Plaf, plaf, plaf! Tres, cuatro, cinco azotes secos, fuertes, sonoros, rotundos, con ganas disimuladas durante años. Ese sabroso culo redondo y grande marcado por líneas rojas y gruesas, ¡Qué hermosa visión! ¡Qué excitante! ¡Qué maravilla! ¡Qué ganas contenidas! Mi chile late como nunca exigiendo ya una liberación que todo mi cuerpo también pide. —Al baño, rápido, siéntate en la taza y hazme la mejor mamada que sepas. Mientras libera su culo de mi orina, Panchita, comienza a chupármela con ganas. Sus labios, los dientes, la lengua; entrar y salir, meter y sacar... —Puta, zorra, golfa, mamona, sigue y no pares hasta que yo te lo diga, ¡vamos!, sigue puerca, sigue... —le ordeno incitándola a que lo haga. Me agarro a sus rubios cabellos apretando su cabeza contra mi v***a. No grito muy fuerte, creo, aunque aún la recuerdo como la mejor corrida que hasta entonces he tenido en los muchos años de mi vida: —Aaahhh, sigue, no pares; traga mi leche, ¡puta! Casi me caigo con la flojera de piernas que me produce este largo, profundo y necesitado orgasmo. Tras unos segundos durante los cuales Panchita, sigue chupando mi rabo, me separo de su boca dejando un reguero de saliva, semen, sudor —Cabrón, ¿así que tus fantasías van de darle un poquito de látigo a las mujeres? ¡Carajo, cómo te pone el insultarme! Un poco más y me ahogas con tu lechada. Seguro que ahora ya no me das v***a y me tengo que masturbar. No estoy yo para alegrías con el rabo. Me siento en la banqueta que hay junto a la tina del baño y con los ojos semicerrados estoy viendo como la rubia se masturba con ganas, masajeando el clítoris con rapidez, con prisa. —Maldito puerco, me pones cachonda y luego nada de nada... puto de mierda, no te trabajas mi pucha como debe de ser, hasta dejarla satisfecha… Con lindezas similares está masturbándose apenas durante unos minutos. Tras venirse se va a la habitación, masculla entre dientes algo similar a "lo puerca que soy, mira que mearme en la cama" y se queda dormida en el suelo. Me despierto anquilosado sobre la moqueta de la habitación. Estoy solo, con sensación de frío y cansancio. Son unos días de mucho trabajo, salgo de la ciudad con urgencia en un par de ocasiones y apenas piso la sede del periódico. Casi a diario intento entrar en contacto con Panchita. O no estaba o estaba en una reunión o había orden de no interrumpirla o está prohibido dar teléfonos y direcciones personales o estará fuera varios días o no sabemos nada de ella. Imposible. La muerte de un familiar lejano que por sorpresa se había acordado de mí en su testamento me obliga a adelantar las vacaciones y a pasar más de un mes en la comarca de donde mi familia es originaria arreglando todo tipo de papeles y documentos: venta de tierras, de ganado, pagar impuestos, saludar a antiguas amistades y familia casi olvidada. Una temporada en contacto con la naturaleza desbordante de la sierra con la alegría de acceder a una muy importante cantidad de dinero y sin una mujer cerca, o casi, que llevarme a la boca o al pene. Es una de las temporadas que más chaquetas me he hecho, tengo la sensación de que mi rabo se parecía entonces al mando de un videojuego. Este es el momento de contar que una noche, tras insistirme mucho y ayudado por las copas, voy con un antiguo amigo de infancia a uno de los clubs de carretera cercanos a mi pueblo. No está tan destartalado como puede parecer por su aspecto externo y la docena de mujeres ligeras de ropa que por allí hay no están nada mal. Tras una copa y un poco de vacile con algunas mujeres, mi amigo se pierde tras una cortina con una rubia delgada y muy alta, de tetas redondas muy blancas, vestida con un camisón rojo transparente. —¿Tú no te animas a cogerte a alguna o es que las putas de este pueblo somos poco para el “señor de la gran ciudad”? Una mujer de unos cuarenta años, más bien baja, pelo corto castaño y con algún kilo de más me mira a los ojos con una mueca de vacile mientras ahueca el exagerado escote de su vestido n***o para lucir un par de tetas grandes que no parecen necesitar sujetador para llamar la atención. —¿Eso que me estás enseñando es de verdad? ¿No son de operadas? Sí es así, ¡Que aspecto más impresionante tienen tus ricas chichotas! —Todo lo mío es de verdad. ¿Te gustan? por aquí tienen fama las cubanas que hago. ¿Quieres probar? por unos buenos pesos te hago un completo que te va a dejar nuevo y por un poco más pasamos la noche entera. No puedes negar que andas caliente, corazón, se te nota a leguas que necesitas mujer. Se me debe notar mucho. Tomo el vaso y sigo a Maru, María Eugenia o María, llámame como quieras, por una empinada escalera situada tras la cortina. Buen culo, sí señor; grande, con forma de pera, bamboleándose, con aspecto de ser fuerte y duro. Un señor culo bien puesto y sabroso, listo para el disfrute. No puedo contenerme y le doy un sonoro y fuerte azote en esas nalgotas. —¿Qué quieres que hagamos? Cariño. Puedes darte el gustazo que te apetezca y te ponga bien. Estoy buena ¿eh? Ya se te va poniendo dura, cabrón.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR