Catorce

2070 Palabras
—Si no usamos condón tendré que cobrarte un poco más, ¿sale? aunque tú no te preocupes, amor, que aquí somos todas limpias y sanas. El médico es un buen cliente. En una habitación pequeña presidida por una cama muy grande y con varios espejos en las paredes reflejándola, Maru es una reina y lleva razón, la v***a me exige ya ponerme en funcionamiento. Se apoya en el cabecero de la cama enseñándome su tentadora parte trasera. Me agarro a esas fuertes caderas y me la cojo como un poseso en una pucha caliente y mojada como una alberca. No duro un asalto, en pocos minutos echo casi todo lo que llevo dentro. —Estabas que los tirabas, cabrón. ¡Vaya vitalidad, qué lechada, qué venida más grande! Descansa un poco que te voy a hacer todo lo que quieras. De aquí vas a salir más relajado como nunca y con ganas de regresar a repetir. La Maru se ganó, centavo a centavo, la cantidad que me cobró por aventarnos unos ricos palitos, la verdad era que no hubo queja alguna: —Vuelve pronto por aquí, señor de la gran ciudad —me dijo al despetirnos. Lo cierto fue, que mientras me prodigaba una buena y exquisita mamada, en la que terminé viniéndome en su boca mientras le decía: —Panchita, ¡golfa, puta! —con unos fuertes azotes en ese culo fantástico —Sólo con la mano, ¿eh? Con el cinturón nada de nada que eso sólo se lo dejo a mi novio, ya que él es el único que tiene derecho a darme cinturonazos —me advirtió Antes de una chaqueta cubana salvaje y un palito lento, tranquilo, a primera hora de la mañana mientras me insultaba con ganas: —Me da un poco de pena, esto lo piden poco por aquí; maricón de mierda, puto, desgraciado, hijo de puta —me gritó con ganas. Algo relajado sí salgo, la verdad. Un lluvioso viernes voy en coche de vuelta a la ciudad. Es mi intención ir tranquilo, casi de paseo, durante todo el fin de semana. Cerca ya, de la entrada a la ciudad de Chilpancingo, Guerrero, el coche que me acaba de adelantar a demasiada velocidad hace un extraño y se sale de la carretera dando tumbos, me detengo. Me acerco a intentar ayudar en el momento en que por su propio pie y sin daño aparente salen del automóvil una mujer de poco más de treinta años y un jovencito. Los de tráfico y la grúa certifican que el coche tiene para muchos días de taller. La cara de desolación y contrariedad de la elegante señora me lleva a ofrecerles llevarlos a donde lo necesiten. —Muchas gracias, mi familia tiene una casa no muy lejos de aquí. Ahí nos dirigíamos a pasar el fin de semana mi sobrino y yo. Camino de la casa me cuenta que se llama Carmen, esposa de un militar de alta graduación destinado en otra región y que su sobrino Félix, vuelve de estudiar en el extranjero, por lo que ella fue a recogerlo. La casa resulta ser un pequeño rancho, situado en la mejor zona residencial de la pequeña ciudad, o pueblo, como quieran llamarlo. Salen a recibirnos varios empleados y en pocos momentos me veo instalado en una cómoda habitación de aquel hermoso lugar. Tras asearme y descansar unos minutos bajo las escaleras con destino al salón, en dónde arde un acogedor fuego de chimenea. Carmen se levanta de un sofá y es en ese momento cuando puedo apreciar su tremendo atractivo: elegante de movimientos, estatura mediana, delgada, morena con abundante melena rizada, curvas realzadas por un ajustado vestido n***o. Tiene de todo, de tamaño pequeño, aunque muy bien colocado, en su sitio. —No he tenido ocasión de agradecerte tu amabilidad al traernos hasta esta casa. Haré todo lo posible para compensarte —me dije con cierta coquetería. Bueno, ¿palabras equívocas o simple buena educación por su parte? Preferiría lo primero. Una estupenda cena, charla agradable y divertida, luz de candelabros, abundantes copas, calor de chimenea. Sin ningún preámbulo y con naturalidad apabullante, Carmen, se sienta a mi lado, me besa lenta y tranquilamente y acaricia el pantalón en el lugar de mis, por el momento, sorprendidos cojones que no están a la altura. Si a ella no le importa que el sobrino esté presente, a mí menos aún. Tras unos minutos de largos besos meto mi mano bajo la falda y descubro que no lleva pantaletas, por lo que seguro tampoco lleva brasier. —Quítate el vestido, quiero verte toda completa. ¿No te importa que esté aquí tu sobrino? —le pregunto para dejar en claro las cosas. —No es la primera vez que mira mientras lo hago. A Félix le encanta y a mí me excita mucho, me dice mientras se va despojando del vestido, sin dejar de verme, como si quisiera que mis ojos le confirmaran lo hermosa que era. ¡Qué buena está! Pechos no tan pequeños, como si fueran toronjas firmes, redondos, hermosos, con sonrosados pezones que ya están erectos y dispuestos, caderas redondeadas dando abrigo a un culo carnoso, ancho, duro y respingón, piernas largas y finas y una total y absoluta depilación. Jamás había visto a una mujer sin un solo vello en su cuerpo. Se me hace raro, aunque es excitante. Me ayuda a desnudarme, besando y lamiendo las partes de mi cuerpo que van quedando al descubierto. Veo hacia atrás y descubro al sobrino desnudo tocándose con ganas un largo chile. Es curioso, tampoco tiene vello en ningún lugar de su cuerpo. —¿Si pretendes hacer un trío? Los hombres no me gustan nada de nada —le aclaro. —No te preocupes, él sólo hace lo que yo le digo —me explica— él no va a participar si tu no quieres, así que tranquilo. En silencio, con lentitud y mucha tranquilidad, Carmen, va lamiendo mi cuerpo al mismo tiempo que no para de tocarme la v***a con las manos. Se detiene un rato en mis pezones, baja hasta mi excitada macana que ya cabecea sola y continúa chupando los testículos. Toda la escena es lenta y en silencio, como en una película muda. Tengo ganas de penetrar su sexo. Me atrae que no tenga vello y que se vea muy mojado y brillante. Se apoya en el brazo del sofá doblando la cintura y ofreciéndome el sexo. Ni siquiera mi rápida penetración arranca de ella más que un breve suspiro. El muchacho se coloca a nuestro lado para ver bien la escena mientras sigue meneándose la tranca sin ninguna prisa, disfrutando del momento. Carmen, empapada y ansiosa, empieza a moverse suavemente antes de que yo comience a empujar. Me amoldo a su ritmo, no recuerdo una cogida tan lenta y cómoda para mí, y me dejo llevar por el movimiento de sus ricas nalgas. De repente aumenta el ritmo y empieza a gemir, un minuto más tarde parece que monto en uno de esos toros de atracción de feria, o de palenque, que se mueve bruscamente a derecha e izquierda, arriba y abajo. Me tengo que agarrar con fuerza a sus caderas mientras los gemidos pasan a ser gritos roncos y sordos, hasta que un fuerte y largo suspiro me da idea de su orgasmo. Las convulsiones de su panocha duran muchos segundos y coinciden con mi eyaculación. Me doy cuenta de que el sobrino se ha venido sobre el cuerpo de su tía. Tras unos minutos descansando, tía y sobrino me dan las buenas noches y se van a dormir. Subo a mi habitación y el cansancio del día me vence rápidamente. Cuando despierto son más de las doce y llueve como si fuera el diluvio. Tengo hambre y tras una larga ducha bajo a la cocina, —La señora está en el invernadero, ha dejado dicho que le espera después de que termine su desayuno —me dice la cocinera. El invernadero es una gran construcción con abundancia de ventanales acristalados y con una vegetación exuberante. Parece una selva tropical, humedad y calor asfixiante incluidos. Carmen está sentada al fondo, apenas vestida con un salto de cama, mientras que el omnipresente sobrino está desnudo en un sillón cercano. Sobre una mesa unas botellas de ron están algo más que empezadas y ambos dan señales de una cierta embriaguez. —Hola Luis, ¿has descansado bien? Bienvenido a la selva de la familia, aquí cualquier cosa puede suceder. Tómate unas copas a ver si nos alcanzas. Mi marido llega esta tarde para recogernos y llevarnos a casa. Estamos combatiendo la depresión con ron. —¿Es tan malo ir a casa a reunirte con tu marido? —le digo como respuesta —Te ruego no ahondes en la herida. ¿Crees que en la ciudad, Félix y yo nos podemos permitir nuestros juegos y alegrías? ¡Viva el ejército y la puta que lo parió! Se sienta sobre mis rodillas de manera coqueta y provocativa. —Sin pelos parezco una niña, ¿verdad? Es un capricho de mi marido, aunque a mí también me excita. Toca mi bizcochito y siente lo suave que está. Y empieza a besarme con una pasión sin igual, tal vez por el ron que ya ha bebido. Una vez desnudo, empujo su cabeza hacia abajo para que me la chupe. También lo hace con suavidad y lentitud, tomándose todo el tiempo del mundo y con largos y profundos lametazos. Me pone bien, bien duro y caliente. —Tengo ganas de follarte, ven y súbete a mi tranca. Lo hace y apenas se mueve, parece como si sólo intentara acariciar y apretar el cipote con el interior del sabroso túnel. El sobrino ya está cascándosela mientras no pierde ojo de lo que hacemos su tía y yo. A Carmen, ya le han empezado las prisas y sube y baja sin parar provocando con el vaivén de sus nalgas, que tenga una venida tremenda. Se baja de mí y se dirige hacia al muchacho: —Ven Félix, como tú sabes, dame v***a, mi rey. El muchacho, con amplia experiencia en el tema. Se pone tras su tía y le mete un camote que parece sacado de una película porno. Unas cuantas metidas tremendamente fuertes y rápidas y los dos se vienen sin apenas decir nada de nada, tan solo gimen en su delicioso placer. Quien sí lo dice es una de las criadas que se acerca hasta la ventana junto a la que nos encontramos instalados de manera cómoda. —Señora, señora, su marido acaba de llegar; dese prisa, está en el comedor. —Luis, tu quédate aquí, no quiero que te vea. Nos marcharemos enseguida y la criada vendrá a buscarte —me dice Carmen al momento en que se viste. Se acerca, me besa y se despide: —Gracias por todo, me la pasé muy bien contigo, coges rico. Son las cinco de la tarde y ya estoy en el coche camino de la ciudad. Sigo acordándome de Panchita, aunque no consigo animarme a llamarla por teléfono. ¿Cómo se vería ella con todo el cuerpo depilado? Es una idea que me excita. Como he salido con prisa de aquel pequeño rancho, la verdad es que tengo hambre y ganas de estar tranquilo y descansado. Tomó el desvío hacia tres Marías con ánimos de cenar y dormir en el Mirador. La lluvia y el frío no cesan, por lo que salgo rápidamente del coche, resbaló y entro en el hotel como un torbellino, tropiezo con uno de los escalones de la entrada y voy a chocar contra las personas que están junto al mostrador de recepción. Una señora cae al suelo con un gritito de sorpresa, una joven suelta una mentada a mí dirigida y un señor mira todo con cara de asombro mientras intenta recoger el sombrero que le he tirado al suelo, mientras yo, que sigo en pie y sin daño alguno, empiezo a disculparme atropelladamente: —Cuánto lo siento, perdón; he resbalado por el agua, deje que le ayude, señora, por favor, el problema fue que el daño ya estaba hecho y nada se podía solucionar. Un minuto después estamos riendo y haciendo las presentaciones: el catedrático Rovira, de la Universidad, su señora e hija. Están en Chilpancingo, en espera para asistir a un congreso sobre literatura y otros chismes.
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