Consigo habitación y les invito a cenar a modo de desagravio por el empujón.
Personas educadas, de buen comer y mejor beber, hacen que la cena se convierta en una agradable velada que vamos alargando a base de copas.
El señor catedrático no tiene demasiado aguante y es necesario llevarlo a acostar a eso de las dos de la mañana mientras intentamos que no cante a voz en grito.
Hasta en los hoteles de turismo fallan los ascensores cuando hay apagón general. Entre la segunda y tercera planta nos quedamos a oscuras con el catedrático felizmente amodorrado cantando en voz baja y esperando que nos saquen los empleados del hotel que se esmeran en ello.
—La avería es grave, hacemos todo lo posible, estén tranquilos... —nos dicen
Alguna de las dos mujeres ha decidido que se aburre y en la absoluta oscuridad se lanza a por mis huevos con ganas.
Me los sujeta como si me fuera a escapar y empieza a masajearme por encima del pantalón, con prisa y mano experta. Me da morbillo imaginarme quién será: ¿la madre, teñida de rubio, cuarentona de buen ver o la hija veinteañera, morena de pelo muy muy corto? Aunque también de buen ver.
Lo mismo me da, quien sea me está poniendo muy burro mientras intento mantener la compostura. La avería se alarga y mi v***a también. Sin encomendarme a nada ni a nadie, agarro con fuerza el culo grande y acogedor de la madre con la mano derecha y el culo duro y carnoso de la hija, las dos se llaman Montse, con la mano izquierda.
Aprieto y masajeo con ganas con las dos manos. Ninguna se queja, mientras la mano que acaricia y aprieta mi cipote se muestra tremendamente hábil en masturbar por encima del pantalón. Como no pare…
Se hizo la luz. Empezamos a subir de nuevo y mi tranca queda, liberada, por desgracia
El catedrático Rovira se anima por el pasillo y exige que el hotel nos invite unos tragos para que nos olvidemos de la avería del ascensor, lo que acepta un diligente empleado que nos remite dos botellas de champán, frío y listo para descorchar.
Rovira padre apenas bebe unos sorbitos intenta cantar el himno de la Universidad, cae redondo, lo acostamos sobre la cama del matrimonio y pasamos a la habitación de la hija para charlar y acabar con el excelente champán.
Tengo que pasar al cuarto de baño y oigo sin poder identificar la voz:
—Mejor apagamos la luz, así queda todo más íntimo, ¿no?
Cuando salgo me dirijo hacia el sofá situado frente a la cama, aunque ya no puedo ver nada, me guío por el recuerdo. Alguien se ha preocupado de que no se vea nada echando las cortinas y apagando hasta los cigarrillos.
Logro sentarme en el centro del sofá y apenas me he acomodado, la mano de una de las mujeres vuelve a acariciar mi macana que se levanta en cuestión de segundos.
Las dos mujeres hablan conmigo y mantenemos una conversación sobre cine que va languideciendo rápidamente, por la excitación del momento.
En la oscuridad se puede cortar el ambiente. La mano se detiene, se separa por un momento y comienza a desabrochar la bragueta, sacando mi tronco tieso y duro sin ninguna dificultad y con bastante experiencia.
—¿Qué hago, me lanzo a la alberca? ¿Qué puedo perder? —pienso unos segundos
El culo que está a mi derecha es el de Montse madre, grande y más blando, lo agarro
con tal fuerza que la mujer pega un respingo. Una exclamación ahogada suena cuando mi mano izquierda agarra con fuerza el culito duro y apretado de Montse hija.
La mano masturbadora no se ha detenido en ningún momento y ya aprieta un chipote hinchado, tenso y con ganas de algo más.
Una boca ansiosa empieza a besar mi boca y después introduce la lengua todo lo dentro que puede. Tienen que ser las dos, madre e hija, no me cabe duda.
Mis manos acarician, masajean y aprietan dos culos excelentes y excitantes. Estoy intentando mover las manos para atacar la parte delantera de las Montses, cuando se enciende la luz y la voz del catedrático Rovira se deja oír con el tono propio de los borrachos incoherentes y despistados:
—Carajo, Montse, no encuentro las pastillas. Tengo ardor de estómago, no sé dónde están —dice sin poder fijar su vista en ninguno de los tres— Pero sigan a lo suyo, por favor, sigan charlando como si yo no estuviera.
Montse, madre acompaña a Rovira, hasta su habitación. La hija se lanza como una loba a mamar mi pene; ensaliva, muerde, lame, besa, aprieta, todo al mismo tiempo que se va quitando la ropa con experiencia y rapidez.
Está muy buena la Montsita: tetas redondas, duras y de buen tamaño con pezones grandes; culito redondo y duro; piernas largas delgadas; sexo depilado casi por completo y morbo, mucho morbo en esa cabeza casi rapada que se mueve arriba y abajo al compás de la boca que se traga mi dura v***a.
Quiero desnudarme por completo cuando de nuevo se abre la puerta de la habitación. Montse madre entra, se queda observando a su hija que ni se ha dignado mirar ocupada ahora en la punta de mi cabecita y se desnuda con rapidez.
No puede negar que es la madre: tetas redondas grandes con pezones oscuros duros y largos; culo grande y redondo; piernas largas de muslazos gruesos; sexo con una mata morena de vello que parece el Amazonas y un puntito de coquetería porque no se quita las medias negras que le llegan a los muslos. Sí señor, un detallazo.
Es la madre la que termina de desnudarme mientras la mamada de la hija da sus frutos, eyaculo como si fuera la central lechera de la Alpura.
Mi leche, expulsada a borbotones, salpica a Montse hija por la cara, las tetas y la cabeza pelona, lo que me da gusto añadido.
—Ven conmigo que enseguida te pongo a gozar. Esta noche no la vas a olvidar. Empieza a mamar mis tetas, chupa con fuerza y muerde los pezones que no quiero suavidad, vamos ataca como se debe.
—Montsita, no te masturbes, Luis nos va a dar placer a las dos —la madre me agarra como si fuera un niño pequeño. Sentándome en su regazo mete uno de sus pezones en mi boca, con la mano izquierda acaricia pene y testículos y con la mano derecha da masaje a mi culo, deteniéndose en la rajada y metiendo un dedo en el ano, poco a poco, cada vez más dentro.
—Niña, cómele la boca y juega con sus pezones, apriétalos un poco con tus uñas —se avienta dando instrucciones como un entrenador de futbol.
En la postura que estoy consigo seguir mamando las tetas de la madre al mismo tiempo que acaricio las tetas de la hija, que se toma las órdenes de la madre con ganas.
Ya me tienen donde querían. Otra vez empalmado, te juro que yo, toda mi vida había sido hombre de un solo palo y tardón a la hora de levantar el pene para el segundo.
Sólo que, ahora, esas sabrosas y cachondas mujeres, me tenían muy excitado.
Montse madre se levanta, se arrodilla en la cama y me llama:
—Métela a fondo en mi panocha… vamos, ¡lo necesito ya! Niña, juega con su culo, chúpalo para que dure y no se le baje —sigue dando instrucciones.
A pesar del tamaño que tiene aquella empapada pucha, resulta ser una panocha acogedora y agradecida que tras sus buenos diez minutos de estar limando logra una venida gozosa y muy callada que desencadena un aluvión de jugos vaginales, tanto que al principio creí que Montse madre se ha meado, y mi propia eyaculación.
La hija ha estado todo el tiempo, pegada a mi culo, chupando, mordiendo y metiendo la lengua a pesar de los vaivenes de las limadas que le daba a la madre.
No estoy para meterle el p**o, aunque pongo a Montsita en la cama y empiezo a mamar y chupar su mojado bizcocho, que me sabe a gloria
Agarro sus tetas y juego a apretar sus pezones mientras lamo el clítoris. Está muy excitada y enseguida tiene un orgasmo largo, escandaloso:
—Luego quiero tu v***a, el garrote es mío —grita de manera ansiosa y entrecortada, y también muy mojada.
No creo que pueda coger durante los próximos meses después de la acción que he tenido en los últimos días. Voy a mi habitación, las Montses están dormidas como troncos, y antes de dormirme rendido pienso en Panchita y trato de imaginarla con el cabello rapado.
Estoy a punto de correrme de nuevo mientras Panchita, se ríe y me insulta:
—Vamos puto, para eso querías que me rapara y depilara... ¿eh?
—¡Eh Luis, despierta! Llevas toda la mañana durmiendo.
Montse hija me sacude suavemente por los hombros intentando despertarme.
—Anda, levantate y vámonos a comer que nos esperan mis padres.
Totalmente zombi logro afeitarme y ducharme con la ayuda de la joven, a la que tengo que prometer que a la hora de la siesta vamos a coger. No creo, pero…
El catedrático Rovira es pesado como él solo. Habla, habla, habla y no para, menos mal que su mujer está al quite con inteligencia:
—Cariño no atosigues a Luis. Anda que se hace tarde para el congreso. Tu hija y yo procuraremos que no se aburra este joven.
Y lo dice mirándome como las leonas miran a las gacelas a la hora de salir de caza. Son las cinco de la tarde, hora taurina que a mí nunca me ha dicho nada, aunque me parece que el torero tengo que ser yo ahora.
Las dos Montses están desnudas y a pesar de que es todo un magnífico espectáculo, y de sus besos y caricias, mi pene sigue sin dar señales de vida.
Montse madre me mira como con hambre, se arrodilla y empieza a hacerme la más larga y mejor chupada que hasta hoy he conocido. No tiene lengua, tiene una serpiente que se enrosca, sube, baja, entra, sale, acaricia, aprieta y, sobre todo, es eficaz.
Me la levanta con poderío tras muchos minutos de intenso trabajo. Montse hija me tumba en la cama y sube rauda sobre mi vibrante chile.
Suave, caliente, mojado y muy estrechito; una v***a se siente como en casa en un bizcochito como el de la muchacha, que en realidad era soberbio y delicioso.
Montse madre pasa sus manos por todo mi cuerpo, apretando y pellizcando sin parar, lo que me excita todavía más. El sube y baja de la hija es efectivo y se viene con profusión de gritos, suspiros y soltando un río de jugos vaginales.
La madre sustituye a Montsita sentándose sobre el camote mirando hacia mis pies.
Desde mi posición veo un culo inmenso que sube y baja lentamente, sin ninguna prisa, recreándose en la limada que me da. De repente parece que tengo problemas de erección, aunque a ella no le preocupa.
—Montsita, hija, colabora un poco. Métele un dedo en el culo y juega con él para que no se le baje a Luis, que parece que ya no aguanta el ritmo.
La muchacha introduce el dedo con fuerza en mi ojete y lo mueve y retuerce con ganas. El masaje brusco parece efectivo y durante unos minutos más la madre sube y baja con rapidez hasta que se viene dando un par de suaves resoplidos al mismo tiempo que suelta todos sus jugos, ¿será un tipo de eyaculación o es una meada? Y yo
me vengo con una cierta desesperación por descansar.
Me duermo hasta que suena el teléfono:
—Amigo Luis, aquí Rovira. Lo esperamos en el bar para cenar y tomar unas copas; no tarde, mucho, aquí vamos a estar.
Son más de las doce de la noche y llevo una hora conduciendo camino a la ciudad. Tras pagar la cuenta he salido por la puerta trasera. Ya estuvo de la familia Rovira o voy a terminar en un cajón, bien tieso como les gusta a las Montses.