Tengo hambre y sueño. Veo el anuncio de un buen hotel en Morelos, y hacia allá me dirijo. Aparco junto a la puerta, me inscribo en recepción y mientras suben mis cosas voy a la cafetería. Está prácticamente a oscuras y el dormido camarero me pone un whisky mientras busca quien prepare algo de cena.
Me encamino hacia una mesa junto a los ventanales cuando oigo:
—Chist, oye, ¿no eres tú Luis, el que quería ser periodista? ¿No me reconoces?, soy Consuelo… —me dijo la hermosa mujer muy cerca de mí.
—Pero... Consuelo, ¿qué haces aquí? Qué sorpresa, te hacía en Jalisco, ¿no?
Dos amistosos besos, un breve abrazo y la alegría de reconocer a una gran amiga de los primeros años de universidad.
—Qué guapo te veo, cuéntame todo sobre los últimos años, seguro que es más interesante que lo que yo pueda decirte.
Ante sendos platos combinados más o menos comestibles, unas copas y después de informar a Consuelo, de mis aventuras y desventuras de diez o quince años, me fijé con detenimiento en ella.
Durante algún tiempo pensé que era el amor de mi vida, sólo fue platónico, eso sí, y cuando repentinamente se casó y marchó a vivir a Jalisco, a una gran explotación ganadera, lo pasé mal durante algunas semanas.
Nunca había resultado especialmente guapa, a pesar de sus cabellos rubios naturales, siempre muy cortos y de un par de tetas espectaculares, la broma entre los conocidos era: "no es Consuelo, es Contetas". Con el paso de los años había conseguido una cara con profusión de pequeñas arrugas que la hacían más atractiva y seguía con el pelo muy corto y, desde luego, con un mostrador llamativo.
Me gustó, la verdad sea dicha.
—¿Y tu vida tapatía? ¿Qué ha sido de ti? Tantos años sin saber nada y vamos a encontrarnos aquí y a estas horas.
—Verte entrar a la cafetería ha sido un favor del destino. Estoy aquí porque llueve, no tengo un peso, no puedo tomar una habitación ni pagar la cena y el último camionero que me aceptó en autoestop se puso demasiado bruto metiéndome mano.
Llevo meses dando tumbos por la república, desde que hui de Jalisco, y de mi ex marido; me temo que he tocado fondo.
Continuó con una historia deprimente de desacuerdos, desamores, discusiones, un marido brutal y una vida nada atractiva en una tierra extraña y dura.
El camarero había desaparecido hacía mucho tiempo así que, tras pedir una habitación doble, nos decidimos a seguir hablando en ella y a hurgar en el minibar.
Con las primeras luces del nuevo día y el exceso de copas y palabras, nos dormimos uno junto al otro, casi sin desvestirnos, en una gran cama de matrimonio.
Son las cuatro de la tarde según mi reloj.
—¡Qué bien he dormido!
Consuelo está también despertándose, se estira y me saluda:
—Es la primera vez en mucho tiempo que duermo tranquila. Gracias.
Con total naturalidad me da un suave beso en los labios que provoca en mí una especie de descarga eléctrica y cuando, tras observarme con expresión divertida, de nuevo me besa, ya con menos naturalidad, la descarga es ya un cortocircuito que provoca el incendio de todo mi cuerpo, de manera tan evidente que Consuelo, pregunta:
—Tú y yo nunca lo hicimos de estudiantes, ¿quieres hacerlo ahora?
Mi respuesta es un beso ansioso, largo, húmedo que nos deja sin respiración. Con prisas nos quitamos las ropas:
—Cuántas veces soñé con ver tus grandes y deseadas tetas, siempre me gustaron.
Y empezamos a acariciarnos con suavidad, como con miedo:
—Parecemos dos novios quinceañeros —me dijo
Tiene varios pequeños tatuajes en su cuerpo, la nueva costumbre en todo el país, que me complazco en descubrir, besar y chupar: un delfín en un tobillo, una flor cerca del pezón derecho, una especie de ratoncito en el culo, tres letras semi tapadas por el breve y rizado rubio vello del pubis:
—Malditas sean las iniciales de mi ex —exclama
Un pequeño arabesco en un muslo:
—Ya te contaré, es por una novia que tuve —me explica
Y dos eslabones de cadena en un omóplato:
—Es una historia desagradable que prefiero no recordar.
Mi excitación es tremenda pero no sé muy bien qué hacer, lo que Consuelo, parece adivinar:
—Por favor, haz todo lo que quieras, pídelo.
En este punto es cuando mi camote empieza a necesitar cuidados, la erección es de las que hacen época y mi rubia amiga empieza a lamer arriba y abajo mi tremenda v***a. —¿Tienes condones?, no tomo nada.
Horror, nunca llevo. En mi caso se usan poco y paso bastante de ellos.
—Por detrás o en mi boca, ¿qué prefieres?
No lo dudo ni un segundo:
—En tus tetas, házmelo con tus tetas.
Tetas grandes, redondas, firmes, duras, con pezones largos y gruesos rodeados de una gran areola rosa. Me hace una chaqueta tipo cubana, de campeonato aprisionando y meneando el chipote entre esos dos monumentos, de manera que mi lechada pringa su cara, sus tetas y ese pelo rapado que tanto me excita.
Me desinflo como un globo picado de pronto.
—Descansa, luego me darás gusto a mí.
Consuelo estaba en el cuarto de baño y a través de la puerta abierta la observaba con una sensación de familiaridad y complacencia.
Habíamos comido en la habitación y ni siquiera me había movido de la cama.
Me encontraba en un estado de tranquilidad, de calma acompañada de satisfacción y un puntito de ilusión, ¿recuperar la casi olvidada juventud? Respecto a la rubita, ésta rubia que ahora estaba ahí, trayendo a mi memoria un pasado lejano.
—¿Tienes ganas de salir? El pueblo es muy bonito y aún hay luz suficiente para dar una vuelta —me dijo de pronto ella.
—Así podré comprar condones —pensaba para mí, mientras me regodeaba en la visión de las curvas de Consuelo.
Llevábamos una hora o más paseando, tomados de la mano o la cintura y reconstruyendo tiempos pasados:
—Luis, ni siquiera te he contado la mitad de mi vida jalisciense. Una epidemia diezmó el ganado de mi marido y la solución que encontró a sus problemas fue prostituirme en una región en la que hay una mujer por cada tres mil hombres. De todo he tenido que aguantar. Tuve, que escapar de él disparándole, después de que me rompiera un brazo de una patada. He hecho de todo para poder comer y hasta estuve seis meses en la cárcel. Una amiga me ayudó a salir y he vivido con ella como marido y mujer durante más de un año en Guanajuato.
Muchas de las cosas que consigo, como comer o viajar, he tenido que pagarlo con sexo. No te has aburrido, no.
—Ahora no le des vueltas, estás conmigo, procuremos no creamos problemas y quien sabe lo que nos reserva el futuro próximo. Vamos a cenar —le dije sin comentar nada sobre su oscuro pasado, al fin y al cabo, todos vivimos según como nos va.
¿Cómo es posible que en un hotel de cinco estrellas nadie pueda proveerte de preservativos? Aunque sea en un pueblo de Guerrero, carajo.
El postre de la cena fue un largo y sabroso sesenta y nueve. Por primera vez vi venirse a Consuelo y no sólo me gustó, sino que me emocionó.
Tras un rato de descanso, copa y cigarrillo compartidos, la rubia empieza a acariciar mi pene y a mordisquearme lóbulos, labios y pezones:
—Me excita estar tranquila contigo; quiero que me penetres, que me cojas, sólo que, no te vayas a venir adentro.
Tras los primeros momentos de excitación tengo ganas de ponerme un poco duro, aunque no me atrevo y ella lo nota:
—Pídeme lo que quieras, lo que te pone caliente.
Muerdo esos pezones que me entontecen con más fuerza de lo habitual, doy unos sonoros azotes en un duro culo que se estremece de gusto:
—Me excita mucho; ponte un poco loco, solo que, no me pegues en la cara, no lo aguanto —me explica sin presiones ni amenazas.
Y consigo una erección de campeonato.
—Ponte de pie, ven. Métemela, aunque, recuerda, no te vengas adentro.
Penetré un bizcocho caliente, mojado y ajustado a mi camote. La postura es incómoda, aunque me encanta chocar con esas grandes tetas cada vez que empujo rico.
Agarré el culo con fuerza, apretando con todos los dedos, lo que provoca un par
de gemidos en Consuelo:
—Sigue, sigue, me queda poco, cuidado con tu leche.
El orgasmo es largo, vibrante, ruidoso y agitado. Tras unos segundos se gira y me
ofrece el trasero:
—Aquí, entra y vente en mi culo… llénamelo.
Penetro sin problemas y empiezo a bombear agarrándome a las tetas con fuerza
—Sigue mi rey, dame tu leche.
Aguanto sólo unos pocos minutos antes de eyacular:
—Tenemos que conseguir condones para la próxima vez.
Llevamos unas veinticuatro horas en la casa familiar de Consuelo en Morelos, muy a las cercanías del Estado de México. Es una gran casa de piedra cuya planta baja y jardín está acondicionados como restaurante bar.
Me he acercado a la farmacia, ya tengo condones, mientras Consuelo, ha ido a recoger el correo a casa de una prima. Al entrar la veo en el dormitorio, arrodillada en la cama y rodeada de no menos de veinte cartas.
Llora suave y de manera callada mientras intenta leer varios folios al mismo tiempo.
—Son de mi amiga, mi amante, mi mujer. Está en Tabasco, dirigiendo un hospital y quiere que me reúna con ella, para seguir amándonos.
—¿Y tú qué quieres hacer?
—No sé, aunque creo que sigo enamorada de ella. Solamente ella y tú han significado algo bonito para mí en los últimos años. Sabes, tiene dos hijos de un hermano muerto a su cargo que según ella necesitan una madre y me pide que sea yo. Voy a aceptar. ¿Me ayudarás con los gastos del viaje?
Son las cuatro de la mañana y en el aeropuerto de Toluca, hace frío. Hay poca gente esperando la salida del avión que desde Toluca, enlazará con la capital de Tabasco.
—Luis, gracias, cariño mío. Te escribiré siempre que pueda y cada vez que tenga ganas de v***a. Mira que no haber podido estrenar los condones. Hasta la vista, ya veremos cuando se nos hace usarlos a placer.
Me besa apresuradamente y desaparece tras la puerta de embarque. Vuelvo a Morelos: —Cuida de la casa, por favor y ponte en contacto con mi prima Charo. Quédate a vivir un tiempo si quieres.
Con sensación de vacío, sueño y mucho frío. Al acostarme me excita el olor de Consuelo, en las sábanas y me masturbo cansinamente. Sólo logro venirme cuando pienso en un agasajo con Panchita.
—¿Se puede? Consuelo, ¿estás en casa? Voy a entrar, soy Charo.
Me despiertan las preguntas medio gritadas en la planta baja.
—¿Quién es? Consuelo se marchó anoche. Un momento, ahora bajo.
Consigo anudar una bata que es corta para mí y bajo las escaleras intentando despertar bien para enfrentar lo que viene.
—Hola, eres su prima, creo. Me llamo Luis.
—Hola. Vivo aquí al lado. Mi prima me contó que te quedas en la casa, aunque no me dijo que se fuera a marchar tan pronto. Venía a tomar un café y a charlar con ella.
—Deja que me vista y nos acercamos al restaurante de la otra calle. Tengo hambre. Arriba hay unas letras de Consuelo, para ti, las bajo ahora.
Mientras devoro un bocadillo, Charo, lee con atención los folios que le ha dejado su prima. Guarda las cartas, con expresión que me parece divertida y pasamos a hablar de Consuelo, de anécdotas de adolescencia, de la época de estudios; en realidad, lugares comunes para romper el hielo.
No puedo evitar fijarme en ella con detenimiento y quizás descaro, es guapísima, preciosa, en verdad muy hermosa.
—Te estoy observando y la verdad es que no se parecen físicamente en nada tu prima y tú, si no lo supiera, no creería que son familiares.
—Somos primas lejanas, nos llevamos pocos años y estuvimos muy unidas de adolescentes. Supongo que a ti te gusta más ella, como a casi todos. Siempre he tenido celos de sus impresionantes tetas y de jovencita era verdadera envidia por el éxito que tenía entre los chicos.