—Se hace difícil pensar que tu no tengas éxito con los hombres, eres tan guapa y estás tan bien como ella, tal vez hasta un poquito más. Eres impresionante, la mujer más guapa y atractiva que he visto nunca.
—Gracias, aunque tengo demasiado éxito en ocasiones. Te agradezco que seas original y no digas eso que constantemente me repiten: que soy una especie de Naomi Campbell con rasgos europeos. Los hombres parece que sólo se fijan en las mujeres especialmente llamativas de las revistas de chismes y no deja de ser un fastidio sentirse siempre, a todas horas y en todo lugar centro de todas las miradas, aunque es verdad que me encanta sentirme admirada.
Para qué mentir, esta treintañera morena, más bien alta y ojos negros grandísimos es la mujer más guapa y atractiva que he conocido en toda mi vida.
En verdad, era impresionante, sobre todo, porque es agradable, simpática, inteligente, culta ... Llama la atención en todos los sentidos, es verdad que se parece algo a esa famosa belleza, y desde luego, ¡qué buena está!
Van pasando las horas, ya hace mucho que nos pasamos a las copas largas y tras la anochecida el frío se nota más de la cuenta.
—Vámonos a la casa, quiero encender la chimenea para que haga ambiente y tengo que dar de comer a mis perritos.
Ir por la calle detrás de esta mujer fijándote en el movimiento rico de sus ricas y sabrosas caderas, un culo fantástico, de largas piernas, es un ejercicio de masoquismo al tener que contener las ganas de agarrar, apretar, besar, abrazar, morder...
Los perritos son dos mastines más grandes que yo que se deshacen en gemidos y ladridos con los mimos y cariños de su ama. ¡Qué envidia!
—Preparate unas copas, sobre el refrigerador están las botellas y dentro los refrescos, toma lo que necesites. Voy a bañarme.
Todavía hoy recuerdo como con trece o catorce años intentaba ver a mis tías, hermanas de mi madre, cuando iban al baño.
Subía a un altillo situado sobre el cuarto de baño grande y por un agujero de las tablas del suelo podía ver la imagen desnuda reflejada en los dos grandes espejos de las paredes. Después me masturbaba como un loco. ¡Qué ganas me daban de subir a la planta de arriba y asomarme al baño! ¿Telepatía o intuición?
—Luis, sube, quiero que veas algo —oí que me llamaba en ese momento.
Algunas impresiones son peligrosas para el corazón, aunque ver desnuda a Charo puede provocar infartos, derrames cerebrales, ¿ceguera momentánea y, sobre todo, dolor de v***a y testículos por sobreexcitación.
Indescriptible, un cuerpo perfecto propio de una estatua de medidas perfectas y morena piel caliente.
—En la carta me dice Consuelo, que no te deje escapar, que eres un tipo excelente y que tus gustos sexuales coinciden con los míos: usar todo el cuerpo, un poquito de dureza, algún insulto, posturas variadas, quizás algo de cuero... Cuando te he visto esta mañana estabas excitado y esa bata corta no lo disimulaba muy bien. Desde entonces he sentido ganas de que estemos juntos. Me gustas y la charla de esta tarde me ha dado más ganas aún. ¿Lo hacemos?
Hay preguntas que no tienen contestación posible.
Hemos hecho el amor, no he querido decir coger ¿por qué? Durante casi toda la noche, ahora estamos abrazados y tengo la misma sensación de urgencia y deseo que hace tres horas. Tengo ganas de Charo. Me gusta, me gusta, me gusta.
Me giro hacia ella y beso su boca de labios gruesos rojos. Subo sobre su cuerpo agarrando y apretando esas dos colinas morenas y perfectas de pezones grandes, tiesos y duros que apuntan hacia el cielo.
Penetro de un golpe seco su mojado sexo: cremosamente suave, estrecho y ajustado como un guante, caliente como un gel de lava, mullido y acogedor como un cojín de plumas.
Maravilloso. Desde la primera cogida hemos congeniado en el ritmo, la presión, la fuerza y el movimiento propios del movimiento cachondo.
Vamos, que estoy echando un palo de puta madre mientras Charo jadea, gime y me urge a seguir bombeando en su pucha:
—no pares; sigue, sigue con fuerza.
Se viene dando un grito ronco y corto que me llega al cerebro, al corazón y a la base de la columna vertebral, pues desde allí me sale la mayor y más larga lechada de mi vida. ¡Carajo que venida más estupenda! Lo mismo que su intenso orgasmo.
Van a hacer cuatro meses que no aparezco por el trabajo. Mi jefe tiene ganas de que vuelva según los mensajes que deja en mi celular y el jefe de personal me urge a que pida excedencia o me incorpore de manera regular o le deje en paz de una puñetera vez, según sus palabras.
Desde hace dos meses Charo y yo vivimos juntos es su casa. Creo que me he enamorado y vivo como en una nube de felicidad y satisfacción s****l como nunca antes había conocido. Estoy como niño con zapatos nuevos, según Charo, como "viejo verde con culito joven" y verdaderamente ilusionado.
¿Me acuerdo de Panchita? Sí, pero cada vez menos y apenas desde el punto de vista del sexo. Hemos recibido carta de Consuelo, dirigida a los dos:
—Estoy completamente segura de que están juntos, ya que son el uno para el otro
Además, que nos invita a visitar Tabasco y pasar unas semanas con ella, su amante y los dos niños con los que viven.
Decidimos aceptar tras encontrar quien se cuide de los perros, llego a un acuerdo con mis jefes de incorporarme en no más de tres semanas y ni siquiera me acuerdo de preguntar por Panchita.
Se nos hizo eterno el viaje, avión, un autobús, y un madral de horas hasta una pequeña provincia tabasqueña, que dispone a menos de un quilómetro de una maravillosa cascada y albercas naturales de agua clara y cristalina a dónde nadie va nunca.
Consuelo y su amante estaban instaladas a la manera colonialista tradicional: choza grande y moderna rodeado de jardines salvajes, ayuda en abundancia, no demasiado trabajo, gran predicamento entre las autoridades locales y dos niños que parecen sacados de un anuncio de la familia perfecta.
Vi a Consuelo feliz, tranquila, contenta con su trabajo, una especie de escuela elemental de higiene, querida por su pareja, una médica de carácter callado y seco, y encantada con los pequeños sobrinos de ésta.
El hospital empezaba a funcionar ya con el personal nativo y nos dedicaron a Charo y a mí su tiempo, atención, amabilidad y aprecio. Poco se podía hacer salvo pasear, charlar, dedicar unas horas al día a dormir para combatir el calor sofocante, fumar y disfrutar del agua en las pozas de la cascada.
El té con menta convenientemente cargado con ron cubano no provoca grandes borracheras cuando sudas constantemente, aunque sí un puntito que a la hora de la siesta excita más que otra cosa.
Charo y yo seguíamos intentando profundizar en conocernos dando especial prioridad al sexo. Jamás pensé que iba a coger todas las tardes en una fabulosa alberca natural situada en el bosque sin más testigos que algunos pajarillos.
Después de llevar allí una semana, una noche después de cenar me dijo Charo:
—Me voy a la cama. Tengo problemas con la regla, me duele. Estoy molesta y un poco mareada. Hasta mañana.
—Buenas noches, mañana tengo que madrugar —dijo la amante de Consuelo, y ella yo nos pasamos con el ron mientras intentamos llevar una conversación coherente.
—Sabes, me alegra mucho que estén juntos mi prima y tú. Creo que son tal para cual y no podrás quejarte, es la mujer más guapa que jamás tendrás. Hasta a mi amante le hace tilín el clítoris cuando la ve.
—Es una persona fabulosa, creo que me he enamorado. Voy a intentar que sigamos siempre juntos. Y llevas razón, es preciosa
—¡Qué fuerte! ¿Se casarán? ¿Tendrán hijos?
—No dejo de pensarlo y si ella quiere estoy dispuesto a hacerlo ya. Aún no hemos hablado nada sobre esto.
—Charo me da envidia por eso, aunque en algunos momentos es porque echo de menos un p**o de hombre. Ya me he dado cuenta que por la tarde y por la noche están cogiendo. A veces lo necesito, un consolador y una buena lengua no es lo mismo, aunque quiero mucho a mi pareja y es un marido perfecto… Luis, ¿quieres que nos lo hagamos en recuerdo de otros tiempos? Además, te aseguro que me hace falta.
—Pero... bueno, no sé, tu amante, Charo... tú me gustas... ellas a lo mejor...
—No se van a enterar si no queremos. Te enseño la cabaña que hay escondida en los jardines, camino de las albercas. No traicionamos a nadie, nos relajamos porque lo necesitamos; yo sobre todo. Vamos, no seas tonto.
A unos trescientos metros había una pequeña construcción escondida cerrada con muchas llaves:
—Llegó a ser una mazmorra en la que recluían a las sirvientas poco amables.
En el interior un catre sin ropa de cama, un sofá, un par de sillas y una mesa con botellas de ron, mi amante y yo nos escondemos aquí en ocasiones.
Nada más cerrar la puerta encendió un par de candelabros y dando fuertes suspiros, Consuelo, empezó a comerme la boca mientras llevaba sus manos al pantalón para dejar al descubierto mi endurecida macana:
—La primera vez voy a durar muy poco, luego podemos usar lo que quieras.
No me había fijado, aunque en la pared de la cabaña había cadenas, grilletes, cuerdas, látigos y distintos consoladores y vibradores.
Mi mujer y yo nos ponemos juguetonas a veces.
Se dobló por la cintura sobre la mesa ofreciéndome su espléndida zona trasera mientras me metía prisa:
—En la pucha, Luis, en la panocha.
Empecé a bombear tras agarrarme a sus caderas y mientras Consuelo, gemía cada vez más alto. En tres o cuatro minutos tuvo su primer e intenso orgasmo, agitado como una coctelera, aunque delicioso y placentero.
—Sígueme cogiendo, no pares, quiero más.
Le hice caso y seguí el vaivén de entrar y salir de su estrecha y empapada v****a, ya con urgencia por mi parte. Segundos después sentí el segundo orgasmo de la rubia-
—Qué bien, que bueno
Le saqué el camote y me la casqué con ganas para venirme sobre ella. Nos sentamos en el sofá a fumar un cigarrillo, mientras nos recuperábamos.
—Ya le hacía falta una buena tranca a mi v****a, gracias por no venirte dentro. Parece que lo nuestro es no disponer nunca de condones. Que quieres hacer ahora, tú eres juguetón y a veces lo del bondage te encanta, ¿verdad? Con Charo la debes pasar bien, es como tú, le va el placer intenso y fuerte.
Me acerqué a la pared fijándome en los distintos artilugios.
—¿Todo esto lo usan?
Me da morbo pensar en tu amante y tú cogiendo ¿Cómo lo hacen? ¿M0e enseñas?
Fue una noche curiosa, no muy distinta de otras que había tenido, salvo porque descubrí la firmeza de carácter de una lesbiana muy hombre y que no le gusta que le metan la v***a en el culo.
Consuelo está arrodillada a cuatro patas mientras le meto un consolador que parece una v***a larga, gruesa, nervuda, de película porno:
—Sigue, despacito; no pares.
De repente se abre la puerta y la amante de Consuelo, grita con voz masculina, fuerte y dura, llena de coraje y marcando su territorio
—Eh, esa zorra es mi mujer. Fuera de aquí, ¡en ese agujero sólo entro yo!
Me quita el consolador de las manos, lo agarra, da un fuerte empellón que hace gemir con fuerza a Consuelo, y se dirige a mí con su voz más dura:
—Descuelga esa correa, voy a enseñarle a esta golfa a ponerle los cuernos a su marido.
Recreándonos en cada cintarazo que ella lanza a la espalda, el culo y los muslos, penetramos ambos a su mujer.
Mi v***a tiesa y dura ocupa la mayor parte de una boca babosa que mama sin parar,
mientras el marido mujer empuja el consolador en un metesaca que parece encantar a Consuelo.