Hace ya unos minutos que la amante está clavando a la rubia cuando me vengo soltando un río de leche. Consuelo, tiene un orgasmo largo, gritón y muy movido que la lleva a desplomarse en el suelo.
Su amante se sienta en una de las sillas y se masturba rápidamente, con furia, con los ojos cerrados.
Es en este momento cuando aprecio su atractivo: bajita y delgada, morena de cabellos y piel, ojos oscuros achinados, sin apenas pechos, con caderas redondeadas y depilada por completo. Tiene un intenso orgasmo, dando un verdadero alarido y tras descansar y encender un cigarro me dice lo siguiente:
—Suponía que cogerían en algún momento. No me duele, aunque tampoco me hace gracia. A todos los efectos Consuelo, es mi mujer y no quiero que haya otros hombres rondándola. Si quiere sexo se lo vamos a dar tú y yo juntos, a la vez, aunque una vez que se marchen dentro de unos días se acabó para siempre, ¿de acuerdo?
—Sí, por supuesto
Se pone de pie, atrae hacia sí a su pareja y termina diciéndome:
—Ah, y no te equivoques, a mí no me gustan los hombres. Ni se te ocurra tocarme y el bizcocho de mi mujer sólo lo uso yo.
Mientras tanto la rubia se ha arrodillado ante su marido y lleva unos minutos lamiendo su panochita con gran suavidad. Yo empiezo a acariciarle el culo y el bizcocho desde atrás. Está empapada.
—¿Quieres que juguemos con Luis? A lo mejor le gusta o le descubrimos nuevos horizontes.
La frase de la amante de Consuelo, significa que minutos después estoy a cuatro patas sobre el sofá lamiendo el sexo de Consuelo, que sujeta mi cabeza con fuerza, mientras su mujer marido penetra mi culo con un vibrador impregnado de vaselina.
No me gusta. Me excita una lengua jugando en mi culo, incluso que me introduzcan algún dedo, aunque lo del aparato largo y grueso como si de una v***a se tratara me da mal rollo.
Supongo que la amante se está vengando de alguna manera, no puedo zafarme de ella y su aparato entra cada vez más dentro mientras Consuelo, me dedica algunos adjetivos tan conocidos y excitantes para mí:
—Puto… maricón, come puchas; sigue chupando, no pares, puta lesbiana; lame bizcochos, culo abierto.
Me excito, seguramente con el deseo de terminar con el jueguecito en mi ano y cuando la rubia se arrodilla ante mí para masajear el cipote con sus tetas gloriosas, tardo poco tiempo en venirme pringando la cara de mi futura pariente.
Me quito el vibrador del culo con cierta aprensión mientras las dos mujeres se montan un mojado y ruidoso sesenta y nueve que las deja adormiladas y abrazadas en el suelo.
Después alguna vez me ha penetrado mi mujer con un consolador. Sigue sin gustarme demasiado y, desde luego, se me han quitado las ganas de probar con la v***a de un hombre, ahí sí, para que veas, ni me hace alguna gracia y mucho menos se me antoja.
Las tres semanas transcurren rápida y gozosamente, en especial cuando Charo nos hizo su espectacular anuncio a todos en la hora de la comida:
—Estoy embarazada, ¿qué te parece Luis?
¡Vaya sorpresa! Perfecta e ilusionante.
Decidimos que Charo se quede aún una temporada en Tabasco, antes de volver a Morelos para despedirse de su prima, que después de unas semanas marchará a Perú
para establecerse en Lima con su amante y los niños.
La noche antes de salir hacia la ciudad, Charo se mostró cariñosa, sensual y excitada como nunca. En una de las pausas entre cogida y cogida me hizo una maravillosa declaración de amor:
—No debes sentirte obligado a nada. Te quiero y me gustaría que estuviéramos siempre juntos; estoy deseando ver a nuestro hijo, aunque en ningún caso creas que mi embarazo es una pistola en tu pecho. Ahora, al volver solo a la ciudad, te ruego que lleves tu vida de soltero, que te tires a todas las mujeres que puedas, que soluciones cualquier asignatura pendiente de las que puedas tener y que el día antes de que yo vuelva decidas si quieres que estemos juntos. Ahora bien, soy celosa porque te quiero y no me apetece enterarme de nada que no me guste.
¿Quién se acuerda de Panchita?
Apenas he pisado el aeropuerto de Internacional “Benito Juárez” de la ciudad de México. Al llegar me esperaba un mensajero del periódico con dinero, billetes de avión con destino a Monterrey y un sobre con instrucciones de mi jefe.
El mensajero es Berta, una de las fotógrafas de la redacción de política nacional, que me va a acompañar a la búsqueda de un reportaje que me parece casi imposible: negociaciones entre el Gobierno Federal y el gobernador de Monterrey.
No llevo ropa apropiada para la lluvia y el frío. De los contactos propuestos por mi jefe todos se hacen los locos o están ilocalizables, con lo que nos dan a Berta y a mí las once de la noche cenando un bocadillo en su habitación del hotel y con ánimo de querer estar en cualquier otro sitio.
—¿Luis, quieres una copa? Aquí me parece que no pintamos nada.
—Sí, un whisky. No se me ha pasado el frío todavía; a primera hora tengo que comprarme ropa de abrigo y zapatos; carajo, con lo bien que estaba yo de vacaciones en Tabasco.
—Me parece que no vamos a sacar nada en claro de esas reuniones que ya están teniendo los mandatarios, lo más seguro es que estén pactando.
—Estas cosas son así siempre, primero nadie sabe nada y luego todos quieren hablar para apuntarse tantos. Tranquilidad, Titi, que acabamos de llegar. ¿Pongo la tele?
En buena hora. Estaba conectado un canal porno y en ese preciso momento una rubia gigantesca de tetas como neumáticos se la mamaba a un tipo con una tranca grande, gruesa y palpitante, que parecía falsa.
—¡Carajo, que pitote! Nunca me he podido comer un chipote así ¿Cómo vas tú de herramienta amatoria? No creo que estés tan grande como ese.
En las siguientes horas tuvo oportunidad de saberlo. Sin encomendarse a nada ni nadie me mete la lengua hasta la garganta y empieza a acariciarme el culo como si se fuera a acabar el mundo ya mismo.
—Siempre me has gustado. Una amiga me ha hablado de ti, te conozco un poquito y me da morbo tu rollo.
Ni pude preguntarle. Con rapidez de récord mundial me desnudó por completo
—Estás bueno, cabroncito
Sin dejar de chuparme la boca. Todavía se está desnudando cuando se arrodilla y empieza a mamar mi tranca con desesperación, haciendo mucho ruido, babeando y usando los dientes, un poco demasiado fuerte.
—Berta, me vas a dejar sin p**o como sigas dándole esos viajes
El sonido del chup-chup, los dedos agarrando mi culo como si fueran garfios, tres vergas gigantescas manando leche sobre las tetas de la rubia del televisor y sobre todo, la excelente mamada, hacen que me corra gritando de gusto.
Berta no deja que se escape ni una gota, me termina limpiando toda la macana lamiendo y con mucha suavidad me acomoda en la cama.
—¿Te ha gustado? Descansa un poco porque ahora me toca a mí y estoy muy caliente.
Con los ojos semicerrados la observo mientras se quita los aretes y se pone a hurgar en la maleta: menos de treinta años, no muy alta, delgada, pelo corto teñido de rojo oscuro, cara bonita con ojos negros grandes y boca de labios gruesos; pechos redondos algo grandes para su delgadez con pezones pequeños rodeados de areola rosada, culo
pequeño duro como una piedra, muslos y piernas delgados.
No está nada mal. Llama la atención su poblada mata de vello rizado en el pubis, de color castaño.
—¿Quién te ha hablado de mí?
—Panchita, aunque me hizo prometer que no te lo diría hasta que me hubiera venido dos o tres veces. Así que a eso vamos. ¿Te gustan estos aparatitos, los sabes usar?
En la mano derecha sujeta un consolador color crema bastante largo y grueso:
—Éste es para mí, me lo vas a meter todo,
Y en la izquierda una especie de plumero con largas plumas:
—Es un látigo que casi no hace daño, es para los dos.
Sin preámbulo alguno se arrodilla y empieza a lamer mi camote con suavidad intentando que se levante de nuevo:
—Se que te gusta hablar e insultar. Conmigo no te cortes porque yo pienso hacer lo que me apetezca. Juega con mi culo acariciando y pellizcando las nalgas e introduciendo la punta de uno de sus dedos en el agujero
—Eres un poco cabrona, Berta. Me gusta, sigue jugando con ese dedo, no pares ¿eh? zorra… enseñame lo que sabes hacer…
En pocos minutos lo consigue
—Me pone hasta la madre este cipote largo y gordo que tienes puto.
Y se sube sobre mí para meterse lentamente la tranca hasta lo más profundo de su estrecha y jugosa v****a, la cual, me recibe con agrado y pasión.
Cabalga lenta y profundamente al mismo tiempo que se va excitando su lenguaje:
—Que rico, maricón, que rico. Te voy a ordeñar los huevos; vas a quedar seco y sin ganas para un año, puto de mierda, cómo me pones de perra.
Se levanta y en pie me pide que chupe su pucha
—La rajadita, chupa mi rajadita.
Arrodillado como estoy siento un golpe en el culo al mismo tiempo que un ruido seco:
—Te voy a azotar maricón, eso es lo que te mereces por puto… sigue mamando mientras te doy látigo en ese culo de maricón.
No es doloroso, aunque sí se sienten los golpes fuertes y sonoros que no deja de propinarme Berta. De repente me empuja hacia atrás y grita:
—De pie puerco, ponte de pie.
Lo hago y me cruza el pecho y la cara con el látigo para, inmediatamente, darme varios rápidos golpes en la tiesa y dura macana
—Te gusta ¿eh? Cabrón
Se arrodilla de nuevo y la mamada apenas dura unos segundos. Mi leche salpica regando pecho, cara y cabello de Berta.
—Ahora a mí. Por favor, Luis, hazme gozar; estoy muy caliente
Se arrodilla sobre el borde de la cama, a cuatro patas baja su cabeza y se me ofrece
—Dime lo que soy, dímelo porque me excita… Haz todo lo que quieras, pero dame gusto… hazme gozar todo lo que yo necesito.
—Puta… te voy a dejar ese sabroso y carnoso culo caliente, en tiras… para que se te quite lo zorra… para que no andes provocando a nadie.
Los azotes suenan fuertes y el rojo de su culo sube tanto como va creciendo mi pene.
Me estoy excitando mucho, mucho, aunque primero voy a buscar su orgasmo:
—Eres una zorra que te gusta poner calientes a los hombres… ¡Puta! ¿querías v***a grande para tu caliente panocha? Pues ahora verás cabrona…
Tomo el consolador y se lo introduzco en el mojado bizcocho:
—¡Qué gusto! ¡Qué gusto! Sigue… no pares.
Empieza a menearse de tal forma que tengo que usar las dos manos para el movimiento de meter y sacar con el aparato:
—Ay, ay, ay… cómo me gusta, sigue, sigueeehhh.
Se viene de manera escandalosa con un orgasmo prolongado:
—Sigue ¡qué bueno! ¡Aaayyy...!
Hasta que se desploma en el suelo con los ojos cerrados y sin sacarse la v***a de plástico. Intento no agarrarme el chile y ponerme a cascármela, aunque estoy muy excitado, Berta, se da cuenta y empieza una mamada suave:
—No quiero venirme otra vez en tu boca
Se tumba sobre la cama y me hace señas con sus manos:
—Hijo de puta… ven a mi panocha, vas a coger como nunca lo has hecho. Es un estuche suave, calentito, muy mojado y estrechito… te va a gustar mucho… puto…
La mujer mueve sus caderas con un ritmo excitante que se adapta a las metidas que le doy con los fuertes movimientos de mis caderas.
—Túmbate sobre de mí, quiero llegar a tu culo para pegarte unos azotes.