***Cristhian***
-Tenga doctor - la chica extendió una rudimentaria jaula de madera -esta pequeña pondrá un par de huevos cada día- Cristhian escuchó el cacareo y se imaginó teniendo que soportar aquel molesto ruido "cada día".
-No es necesario - dijo entrecerrados los ojos para observar mejor al animal dentro de la jaula.
--Por favor acéptelo, es la única forma que tengo de pagarle -la joven aun sostenía la jaula extendida hacia Cristhian, con el otro brazo sostenía un bebé envuelto en una prolija manta tejida. Ella, por su parte, no lucía muy bien; llevaba unas botas rotas, un vestido gris desvaído y sucio y el cabello enmarañado. La pechera del vestido estaba empapado.
-Está bien -dijo al verse sin opciones, la muchacha consideraba que una gallina era pago suficiente por los servicios médicos de Cristhian y si ella pensaba así, con certeza el animal dentro de la jaula sería valioso para ella, no podía rechazar un gesto como aquel. Cogió la jaula, casi la deja caer cuando el animal cacareó y batió las alas -gracias- le dijo a la muchacha haciendo una reverencia.
-Gracias a usted doctor, ha salvado a mi pequeño, muchas gracias - la joven acomodó al bebé en su pecho. Hizo una reverencia exagerada, y se marchó. No era la primera vez que atendía un paciente sin cobrar, y no era la primera vez que uno de esos pacientes como muestra de gratitud, le regalaba algún animal, pero al pensar en lo poco que aquellas personas tenían, se le revolvían los recuerdos, se le despertaban sentimientos, se le arrugaba el alma. Se aclaró la garganta
- Ve que aparezcan un par de gallinas en su granja - susurró al oído de Mitchel mientras le entregaba la jaula - y encargarte de esta.
-¿Encargarme? -preguntó Mitchel
-Aliméntala y ve que tenga un espacio donde poner sus huevos, de pronto se me antojó un omelete - la cara confusa de Mitchel le causó gracia - pasa por mí a las ocho en punto. Tengo una cena familiar.
-Pero señor... - Mitchel hizo una pausa - la... la cena es...
-Lo sé, lo sé, la cena es a las siete, pero tendré mucho trabajo hoy y prefiero trabajar que sentarme a la mesa a jugar a la familia feliz - acomodó la bohina en la cabeza de Mitchel - tal vez vayamos por unos tragos antes de la cena. La refinada señorita Montgomery ha cancelado nuestra cita de hoy así que tendré un par de horas libres -dió unas palmadas en el hombro de Mitchel y caminó hacia la entrado del hospital. Pensó en la señorita Montgomery, era la hija primogénita de una de las familias más adineradas, de noble cuna, educada, toda dulzuras "en público" se le escapó una risita, llevó una mano a su boca y la cubrió. Los aruños que la recatada señorita Montgomery le había propinado, aun le ardían en la espalda. Dejó su maletín en el suelo, se acomodó el traje y peinó su cabello con los dedos antes de entrar.
-Doctor Willoughby -el repiqueteo de los tacones chocando contra el suelo acompañó la voz de Teresa -doctor -la joven se detuvo frente a Cristhian y cogió una bocanada de aire -su padre... -la joven no completo la frase, los labios le temblaban, se acomodó las faldas con ambas manos, el Duque Willoughby me ha ordenado que...
-No me interesa lo que el Duque Willoughby te haya ordenado -Cristhian caminó a zancadas y Teresa apenas pudo seguirlo
-Doctor... -la joven dio un grito desesperado, pero Cristhian la ignoró, si no escuchaba las órdenes del Duque, no tendría que cumplirlas y tenía la certeza de que no querría cumplir las órdenes del Duque, apuró el paso por el corredor hasta que el repiqueteo de los zapatos de Teresa se convirtió en un eco lejano, ver la puerta de su oficina le produjo una sensación de alivio; "Dr. Cristhian Willoughby " rezaba la placa sobre la madera pulida, detrás de esa puerta podía refugiarse del Duque, del palacio, de las fiestas de etiqueta, las coversaciones superficiales y los matrimonios arreglados que formaban parte de la nobleza, odiaba todo aquello y sin embargo no podía darse el lujo de escapar, pero durante unas horas en el día, dentro de ese consultorio, podía ser Cristhian Hamilton, el doctor y no Cristhian Willoughby de Dreamwick, Cristhian Willoughby , el hijo del Duque. Rebuscó en un bolsillo, después en el otro ¿dónde había dejado la maldita llave? unos susurros provenientes desde dentro le advirtieron que no la necesitaría. Se giró para buscar a Teresa, ella se acercaba casi al trote ¿quien demonios está en mi consultorio? preguntó para sus adentros y giró la manilla.
-El Duque ha venido a verlo - Teresa respondió a la pregunta de Cristhian como si hubiese leído sus pensamientos, Cristhian dio un paso atrás, pero ya era tarde, había abierto la maldita puerta.
-Dr. Hamilton -una voz grave y rasposa que desconocía lo recibió, se sintió entrando a una caverna y los rostros que vio hicieron que el aire se le escapara de los pulmones.
-¡Cristhian! -aquella voz destilaba dulzura, los carnosos labios rosados se curvaron en una sonrisa, aquella boca inocente no parecía la misma boca que... -sacudió la cabeza en una negación enérgica tratando de apartar aquellos pensamientos.
-Cristhian, te estábamos esperando -era el Duque, con su tono solemne de siempre, los tres se habían puesto de pie.
El Duque llevaba un regio traje azul ceniza con botones dorados, se había quitado el sombrero y lo sostenía contra el torso, la señorita Montgomery lucía espléndida, llevaba un vestido dorado con encajes blancos, parecía más delgada que la última vez o quizás llevaba más apretado el corsé, el otro hombre, de hombros anchos y barriga ligeramente abultada, llevaba un traje militar, azul y rojo; los colores de Dreamwick, una barba espesa y un par de cejas pobladas le cubría casi la totalidad del rostro, era muy diferente al Duque, con su rostro lampiño y complexión delgada y aunque Cristhian no sabía quien era, algo en ese hombre le resultaba familiar, lo miró a los ojos, sus ojos, eso es, pensó, miró los ojos de Lizzy Montgomery, verdes como un par de aceitunas, grandes y almendrados, idénticos a los de aquel desconocido que iba vestido de militar y lo comprendió.
-Es un honor conocerlo al fin, Dr. Willoughby , mi Lizzy me ha hablado mucho de usted
-¿Y usted es? -preguntó Cristhian aunque ya sabía la respuesta
-Es el General Alfred Montgomery -respondió el Duque
-Es mi padre -respondió la señorita Montgomery -ha venido a conocerte y a hablar del compromiso
-aquellas palabras fueron una estocada directo en la yugular, sintió que se le cerraba la garganta y empezó a toser tratando de recuperar el aire.
-Mírenlo, se ha puesto nervioso -dijo el General Montgomery y soltó una carcajada gutural, era difícil saber si se reía o gruñía, el Duque también rio, pero la suya era más bien una risa nerviosa. Cristhian tenía que poner fin a aquella locura, pero la palabras no salían de su boca.
atravesó el consultorio hasta llegar al escritorio, cogió un vaso y lo llenó con la jarra que Teresa dejaba llena cada mañana, después de beber, se aclaró la garganta.
-Creo que está algo confundido
-Cristhian - el Duque trató de interrumpirlo, al pobre se le había ido la sangre del rostro, estaba blanco como una nube
-Disculpe usted, señor Duque -Cristhian levantó la voz antes de que el Duque dijera lago más -el Sargento Montgomery
-¡GENERAL! -aclaró el Duque levantando la voz, el rostro del general empezaba a enrojecerse
-Señor General -corrigió Cristhian -está usted confundido, aquí no hay ningún compromiso del cual hablar -Lizzy dejó salir un suspiro.
-¿!De qué demonios habla Dr. Willoughby !? -la voz del General se tornó más rasposa y su rostro estaba congestionado de ira, rojo como una gota de sangre, le hablaba a Cristhian pero su mirada iba y venía entre él y el Duque -mi hija...
-Su hija es una jovencita muy dulce, estoy seguro de que cualquier m*****o de la nobleza querrá casarse algún dia con ella y así usted podrá conseguir un título de Baron, o tal vez de Marqués, no sé bien cuales son sus aspiraciones exactas, pero no estoy interesado en convertirme en el medio por el cual cumpla usted esas aspiraciones, a Cristhian le pareció ver humo saliendo de las orejas del General. El hombre abrió la boca mientras señalaba a Cristhian con el dedo, pero un sollozo lo interrumpió.
-Vamos padre -susurró Lizzy -no quiero estar aquí -sus palabras eran casi inteligibles, pero Cristhian no sintió un ápice de pena por ella, conocía bien las intensiones tras toda esa dulzura. El General de dedicó una mirada de odio y se retiró rodeando a su hija con el brazo como si la protegiera de una balacera. La puerta se cerró con un golpe estruendoso y Cristhian quedó a solas con el Duque.
-¡¿POR QUÉ DEMONIOS TE EMPEÑAS EN AVERGONZARME!? -el grito del Duque retumbó en todo el consultorio, tenía la cara roja, el ceño fruncido y los puños apretados pero en su mirada no había más que tristeza, dolor, decepción. Abrió la boca a punto de expresar algo, pero frunció los labios y nego con la cabeza. Se marchó sin decir nada.
-Intenté avisarle -la voz de Teresa era temblorosa, estaba aterrada y Cristhian no pensaba hacerla sentir peor, la chica había intentado advertirle.
-Lo sé -dijo mirando al suelo -Cancela mis citas de hoy -se rascó la nuca, sacó un reloj de mano de su bolsillo y caminó hacia un armario cerca de la puerta - si alguien de mi familia viene a buscarme, solo diles que desaparecí -agregó mientras abría el armario
-¿Y a dónde irá doctor? -preguntó Teresa intrigada
-Es mejor que no lo sepas -le advirtió Cristhian mientras sacaba del armario un maletín pequeño -así no tendrás que mentirle a la "familia Willoughby " puso los ojos en blanco al pensar en la maldita "familia feliz"
-Hemos llegado, señor -el carretero gritó desde su asiento en frente del carruaje -por extraño que pareciera, el olor de la mierda de los caballos, le resultó agradable, era un feo olor que le traía bonitos recuerdos. Al bajar de la carreta sintió el pasto crujir debajo de sus zapatos y en la oscuridad solo alcanzaba a ver pequeños destellos verdes que titilaban hasta desaparecer; luciérnagas. Hizo el resto del camino a pie, aunque el alcohol se le había subido a la cabeza, no le fue difícil orientarse en el bosque, conocía bien el lugar, nunca debió volver al palacio, debió quedarse ahí, en aquel lugar acogedor.
"Recanto de tranquilidad" decía el letrero y vaya que lo era; lo suficientemente alejado del mundo como para esconderse de los Willoughby y cada riña familiar lo llevaba de vuelta a ese lugar: el "HOTEL MIDELTONG"