La guardia estaba agitada, galopaba en las calles alzando los estandartes de Jhandosea. Jhimoa despertó por el sonido, estaba asomado en el umbral de la puerta, observando cada camello pasar. Arkoa llegó apresurado, sin mediar en mi existencia, dirigiéndose hacia Jhimoa, tenía los ojos llenos de angustia.
—Ronia I de Mesti, viene a visitar al faraón —dijo Arkoa.
Jhimoa se levantó, mirándome con acritud.
—El faraón conoce nuestro estado fugitivo —dijo Jhimoa, aparentando calma—. Estamos en tierras neutrales, Ronia I no puede apresar, romper un acuerdo diplomático dentro de territorio neutral, puede desencadenar el inmediato cese de las relaciones comerciales con las ciudades ancestrales de Armatham.
—Ronia I es capaz de todo, Jhimoa —es un buen punto para Arkoa.
—No es tan estúpida para sacrificar los bienes que poseen los nobles en Armatham, de ello depende gran parte del tesoro real —explicó Jhimoa, aún tratando de calmar la situación.
—Deja de fingir con ese tono de voz petulante —Arkoa estaba fastidiado de la conversación—. Necesitamos que ustedes bajen las frecuencias al mínimo de sus energías, comprometer la seguridad del faraón es un riesgo para nosotros.
—¿Tanto dependen del diezmo ustedes los sacerdotes oscuros?
—Jhimoa, basta, los días de rebeldía quedaron atrás, debes adaptar las circunstancias —replicó Arkoa—. Sus vidas estarán en riesgo y tal vez, el faraón también lo pueda estar.
—Bajaremos nuestras frecuencias.
Arkoa pareció doblar las comisuras de los labios en desaprobación.
—Confío en ustedes —dijo Arkoa al final de un silencio incomodo.
Arkoa se retiró corriendo. Jhimoa apretó mis manos, clavando la mirada al suelo, sorprendida.
—Supongo que los magos oscuros nunca cambian.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
Movío la cabeza de lado a lado, sacudiendo pensamientos.
—Hoy y mañana debemos estar aquí, manteniendo nuestras frecuencias bajas, Ronia I es capaz de sentirlas aún, pero, buscar entre una multitud de ciudadanos a dos fugitivos, es imposible y, más allá, arriesgar la seguridad comercial de la nueva capital, es patético.
—Arkoa parecía estar asustado.
—El estaba asustado por otro asunto que no concierne a tu curiosidad, te pido que mantengas distancia de Kiria.
—¿Cómo puedes cambiar tan rápido de parecer? —estaba molesto.
—¿Estás contestandome, Zalbion? —respondió furiosa, sus ojos brillaron.
Esa vez, decidí confrontarla.
—Ocultas tanto de ti que realmente, no sé quien eres —me aparté de ella.
—Soy tu salvadora, eso es lo que soy, conformate con saberlo —contestó con calma.
Una confrontación que me hizo callar cuando sentimos la energía de Ronia I.
Escuchamos los gritos de felicidad de la multitud en el fondo, había entrado a la ciudad.
—Algún día lo entederás —Se recostó en el costado del umbral, con los brazos cruzados a la altura del pecho—. Vislumbra un pueblo dependiente de la mano de otro dependiente.
Los ciudadanos estaban en caravanas alegres, comenzaron a sonar tambores, acompañados más tarde del sonido de un grupo de flautistas que hacían espacio a las bailarinas. La carroza era inmensa, conducida por un chofer, manejando a seis caballos negros; a los lados de la carroza estaban los escoltas de elite imperial, soldados de casaca blanca con bordes amarillos, tricornios, sable en funda, mosquete.
Pocos escoltas no indica la confianza de la reina en su seguridad, ella sabe defenderse sola, es una de las magas más poderosas de la época, aunque se decía y se dice que, Liquidia de Mesti, la princesa, parece superarla, dicho en palabras del propio Arcanos Mundiosis de Mesti, antiguo rey de la nación y tatarabuelo de Ronia I.
—Bruja —dije entre dientes.
—Baja la frecuencia, alterarte no nos servirá de mucho —dijo Jhimoa, impasible—. Bruja es un cumplido para la asesina que tenemos a nuestras espaldas.
Viré para encontrarme con la nada, miré a Jhimoa desconcertado.
—Ella sabe que estamos aquí —cerró los ojos, bajando el mentón—. Su presencia atravesó la habitación, es casi imperceptible —abrió los ojos, denotando miedo—. Es muy poderosa e inteligente para la maldad que se le concede, jamás había sentido un ser como ella.
—¿Cómo percibiste su presencia?
—Las corrientes de aire de la alcoba —mostró dos dedos sin dejar de cruzar los brazos, moviendolos en círculos lentamente—. Aprenderás luego, limitate a mantener la frecuencia baja por el momento.
Pasaron los dos días. Arkoa nos traía comida durante las noches e informaba sobre la situación en el aposento del faraón.
—Ronia I está al tanto de la presencia de ustedes dentro de Jhandosea —dijo Arkoa la primera noche.
—Podrías decirle a Ronia I que deje de espiar dentro de las alcobas de los ciudadanos —respondió ella, tomando el plato de comida, mientras Arkoa estaba sorprendido—. Es sencillo detectarlo, el vaho gélido está ligado al aire que puedo manipular a mi antojo.
La segunda noche, Arkoa invitó a Jhimoa a sentarse de nuevo en la fogata, a las afueras de la casa. Jhimoa aceptó y ambos, luego de una conversación a media voz, comenzaron a tratarse como viejos amigos, volviendo a reir.
—Ronia I estará de vuelta a Nustredam apenas el sol salga, volveremos al campo durante el medio día —dijo Arkoa antes de retirarse.
—Ten una feliz noche, Arkoa —respondió Jhimoa, volviendo a adoptar la compostura seria.
—¿Hay noticias sobre azulejo madre? —pregunté luego de la ida de Arkoa.
—El faraón está en desacuerdo con algunas políticas que Ronia I maneja dentro del reino, sin embargo, como es menester entender, hay más que una simple reunión, es un viaje de placer —contestó Jhimoa, estaba jugando con las llamas de la fogata interna de la alcoba.
—Ronia I debe ser la reina de los amantes —dije esbozando una sonrisa.
Soltó una risa luego de aguantarla, una verdadera risa de humor.
—El faraón le conviene complacer a la reina en sus designios sexuales y como no, lujuriosos, conveniencia que beneficia a las ciudades de Armatham, hablando en el sentido comercial —sonriendo, me vió de soslayo—. Tienes el don de tu hermano.
—¿Cuál don? —ladeé la cabeza.
Se levantó, acercandose, dio un beso a mi frente, haciendo depues, el gesto familiar.
—Descansa —dijo, apagando la fogata con una rafaga de la mano.
Más tarde, esa noche, escucharía el llanto ahogado de Jhimoa en las afueras.
La normalidad volvía a las calles de Jhandosea. Jhimoa estaba en la entrada del templo esperandome, se despiertó primero.
—Entrenaremos en un lugar diferente para la siguiente lección —dejó de cruzar los brazos—. No preguntes, solo toma mi mano.
La tomé ahogando la curiosidad que siempre he sido poseedor. Desaparecimos en un parpadeo.
Nos encontramos en pleno desierto, de nuevo en la nada. Cuando aparecimos, Jhimoa me dio un empujón para apartarme de ella, haciendome caer en la arena de cara. Escupí la arena que había entrado a los labios, reponiéndome, para mirarla con sorpresa.
—Practicaremos tus reacciones ofensivas y defensivas, debes aprender del equilibrio de ambas —extrajo del interior del escapulario un palillo alargado, parecido a una flauta—. Preparate para enfrentar manadas y tal vez, hordas de perros de arena, comenzaremos con un encuentro lento, tres perros de arena.
—¿Cómo supones que enfrente a un perro de arena?
—Pues —llevó el palillo a sus labios y sopló.
La arena a mi alrededor comenzó a moverse, emergieron en tres puntos, simulando un triángulo, de una fosa que pronto se convertirían en tres perros de arena. Estas criaturas son comunes en el desierto, pero nunca había visto uno tan cerca. Sus fauces estaban formabas por rocas, ojos que desprendián humo oscuro de los cuencos, caía arena de su hocico cuando respiraban. Parecían lobos y no perros por el tamaño.
Miré donde debería estar Jhimoa. Había desaparecido. Volteé para presenciar el primer perro que se abalanzó. Junté ambos dedos y en una reacción autómatica disparé el primer rayo, desvaneciéndolo. Apunté a los otros dos, estos ya estaban atacando sincronizados, volví a disparar, pensando que sería tan fácil. Cuando se desvanecieron, dispersandose en la arena, emergieron seis perros de arena. Tenía los ojos como platos al ver la cantidad multiplicada. Rugían, rodeandome, formando un círculo, decidí volver a comerter el mismo error.
—Zonariom Electraria.
Lleve las manos a la tierra, cargadas de eletricidad, librando una descarga eléctrica que destruiría a los adversarios caninos, pero apenas se desvanecieron, emergieron doce perros.
—¿Enserio? —pensé entornando los ojos.
Comenzaron atacar desenfrenados. Me convertí en rayo, tratando de evitar las mordeduras, alejandome de la manada furiosa, al observar mejor, había acabado con tres perros durante el escape y lamentablemente, surgieron seis, aumentando la cifra a dieciocho perros. Todos volvieron a atacar sin piedad, junté el dedo indice y corazón en las manos preparados para optar a la defensiva. Creé un campo eléctrico, tratando de neutralizarlos, salté convirtiendome de nuevo, en el aire, extendí los brazos, haciendo movimientos circulares, intentando juntar la mayor cantidad de nubes posibles. En defecto, habían pocas nubes y, causar precipitación a las mismas, no funcionaría. Bajando por causas de la gravedad, había una horda de perros furiosos preparados para desmembrar cada parte del cuerpo. Volví a convertirme, alejándome de la trayectoria, teniendo mejor posición para pensar en una estrategia diferente. Sin agua, es imposible acabar con ellos, golpearlos era en vano, la mejor opción era seguir a la ofensiva, pero recordé que esta lección, es para equilibrar ambas. Me preparé para recibir la modesta cantidad de treinta y dos perros enfurecidos, uní ambas manos a la altura del pecho, respiré hondo, cargué electricidad, extendí los brazos.
—Zonariom Magnotem.
Un conjuro que creería inutil, funcionó. El campo electromagnético estaba listo en el radio de distancia que lo había creado, ahora, debía actuar con un conjuro que acabaría con la horda.
—Expandio —dije al chocar las manos.
Un perro de arena había saltado, sus fauces estaban al borde de tocar mi nariz, hasta que una luz, cegó el entorno cuando choqué las manos. La arena quedó flotando en el campo, estaban disueltos, tratando de volver a multiplicarse. Alejandome, tratando de mantener el campo con la energía psiquica, intenté de nuevo causar precipitación a las nubes, reuní unas cuantas pero no lo suficiente. De pronto, las particulas de arena, actuaban de forma inusual. Una a una, lentamente, se unían unas con otras, el campo estaba perdiendo fuerza, necesitaba actuar rápido.
—Maldición.
El dolor en el pecho era insoportable, mantener el campo estaba consumiendome.
—Thundora —recité con el pensamiento.
Una masa de energía electrica en el centro del campo se formó, retrayendose para luego estallar en rayos dispersos en el espacio. Juré que sería el fin de ellos, estaba tan absorto en creer que no existía una solución al conflicto, huyendo y multiplicando los problemas que, se convirtió en uno solo.
La arena se movió, volviendose una fosa gigante, como un vortice de rio para luego emerger de ella, un perro gigante de arena que cubría el sol. Rugió, estremeciendome, naciendo sesenta y cuatro perros de arena a su alrededor. Estaba acabado, sabía que sería el fin. Me preparé para combatir.
Salté, preparado para enfrentar la horda sin fin. Convirtiendome con fugacidad, los atravesaba y reaparecía en el cielo, tratando de provocar precipitación, en vano, caía y repetía el mismo proceso. El perro gigante saltaba para alcanzarme, pero yo era más rápido, desapareciendo justo a tiempo para evitar ser comida. Ya eran cientos de perros, incontables, el dolor incrementaba con el paso que seguía, consumiendo energía para luchar contra las criaturas.
—¡Jhimoa, ayuda! —supliqué en un alarido.
No apareció. Esto es lo que es estar en peligro, hundido en el miedo de un enigma, ante una solución que intentas y sigues intentando, aún sabiendo que no funcionará, teniendo la esperanza de algún día hacerla funcionar, carcomiendo tu vida.
—¡Zaptaria! —ahora no recitaba, gritaba.
Disparaba rayos de un conjuro débil, exhausto, mientras cientos de estas criaturas seguían saltando, asechandome. Esquivaba cuanto podía hasta que un perro logró morder la pierna derecha, luego otro mordió el brazo izquierdo, uno me empujó al suelo y cuando creí que todo estaría perdido en el último zarpaso al cuello, Jhimoa apareció como un ángel.
—¡Zonariom Ventora! —rugió como nunca la había escuchado.
Tres tornados de arena se formaron, disolviendo los perros de arena, incluyendo al gigante, absorbiendolos.
—¡Tri Expandio! —dijo chocando tres veces las manos formando un triángulo en el aire, con una velocidad vertiginosa.
Estallaron los tornados, desvaneciendo todo terror causado por la horda de los perros.
—¡Absorga! —recitó, moviendo las manos en círculo.
La arena se acumuló alrededor de Jhimoa, partículas de oscuridad eran absorbidas por ella, partículas que salían del cúmulo de arena. El ambiente volvía a la normalidad. Extrajo el silbato, lo apretó con fuerza, drenando la energía acumulada en el silbato.
—En situaciones de extremo peligro y soledad, durante la vida y la muerte, dependerá de tu ingenio para salir del abismo que has creado en la mente, cegandote, diluyendo cada atisbo de razón en la agonía —giró a verme, su mirada estaba llena de compasión—. Sanaré las heridas y volveras a enfrentarte a ellos, hasta que seas capaz de pensar en presión.
Sanó las heridas con las manos, mostraba un rostro inespresivo mientras lo hacía. Estaba un poco mareado y con el dolor en el pecho, pero gracias a las tecnicas de sanación de Jhimoa, pude recuperar parte de la energía perdida, aliviar el dolor y detener el sangrado.
—Errores cometemos todos al principio cuando nos vemos envuelto en situaciones incómodas, debes prestar atención al número de problemas que sueles crear, cuando solo hay un problema: ¿Cómo derrotar los perros de arena? —dijo extrayendo el silbato—. Kiria no está muy lejos de ser un problema a la hora de combatir, piensa mejor que tú, estableciendo estrategias que anulan tus movimientos ofensivos y defensivos.
—¿Cómo puedo derrotarla?
Chistó, fastidiandole la pregunta.
—De eso trata la lección de hoy —concluyó soplando el silbato.
Y aquí vamos de nuevo. El ciclo de ser salvado justo antes de morir y volver a revivir los perros. Al final de la tarde, cansado en absoluto, deseando ir a la cama, Jhimoa desaparece la ultima horda y perro gigante.
—Es deplorable que tengas tan poca capacidad de razonamiento, Zalbion —gruñó Jhimoa, estaba igual de agotada—. ¿No entiendes que son pasos sencillos?
—¿Qué clase de pasos?, intento todo lo posible que está a mi alcance para lograrlo —repliqué.
—Estás estancado en una única solución, crear precipitaciones en un entorno que no es favorable para tu elemento —bramó—. Creas el campo electromagnético, disuelves los perros en el campo con un conjuro neutro como Expandio, luego ¿qué deberías hacer?
Duré un rato pensandolo, sin saber que responder.
—Absorga es un conjuro neutro, empleado para combatir magos oscuros, su función es básica y es magia básica —se acercó a sanar las heridas de mi brazo y piernas—. Cuando esparces las particulas de arena, se supone que están poseidas por la oscuridad, debes absorber la energía de la arena, convirtiéndola en un arma a tu favor. Los perros de arena están compuestos de materia oscura, multiplicandose entre más disuelvas la arena, ya que, esparces materia oscura en el área, creando la mayor cantidad posible de criaturas.
Estaba mudo, encontrar palabras para excusar la ineptitud del desempeño del entranamiento, era inutil.
—Zalbion, el mayor problema no es el que tienes al frente, eres tú —suspiró, secando el sudor en su frente con el brazo—. Estas ofuscado en buscar una solución que no está al alcance, es mejor intentar otra forma, salir del camino y encontrar otro.
Me dio un beso en la mejilla, haciendome sonrojar.
—Eres fuerte, sin embargo, necesitas aprender a pensar —tomó de mi brazo—. Iremos al campo de entrenamiento, enfrentarás a Kiria ¿estás listo?
Negué como nunca.
—Entonces, seguiremos aquí durante una semana —dijo sonriendo.
Volvimos al campo de entrenamiento en un parpadeo, despues de una horrible e inolvidable semana que prefiero no recordar ni compartir, estoy conforme con haber aprendido el nuevo conjuro absorga.
Kiria estaba a un lado de Arkoa. Lucía abatida, cubierta de tierra, la tela de sus ropajes estaban ahuecados, parecía que hubiera luchado a muerte con alguien. Habían manchas de sangre seca rodeandole el brazo. Tuvimos una excelente semana.
—Buen día —pensé.
Jhimoa se agachó, susurrandome al oído.
—Ten cuidado, está alterada.
—Han tardado más de lo que esperaba —dijo Arkoa de improviso.
Arkoa le dio un empujón a su alumna, ella volteó con ferocidad, él estaba como Jhimoa, con expresión neutral.
—Soy de la nobleza, no me empujes como exclavo —rugió Kiria, furiosa.
Tragué saliva al sentir la energía que le rodeaba.
—Disculpa la torpeza de Kiria, aún tiene por corregir ciertos comportamientos —dijo Arkoa, tratando de no escupir las palabras con desdén.
—Sabes que actuaré ante un daño de gravedad, espero tu apoyo —dijo Jhimoa.
—Cuentas conmigo —respondió Arkoa, asintiendo.
Dio una patada a la espalda de Kiria, tumbándola.
—Enseña lo que has aprendido y aprenderás de tu error —dijo Arkoa, cruzando los brazos en la espalda—. Ellos no merecen humillación, aquel que humilla, es quien lo merece.
—¡No me importan! —gritó Kiria, levantandose.
—Recuerda lo que has aprendido, ambos estan débiles, aprovecha la oportunidad —Jhimoa dio una palmada a mi espalda.
Débil es poca definición para el estado en el que nos encontramos.
Kiria extendió los brazos, los cuencos de sus ojos se convirtieron en dos huecos humeantes. Sin tocar el suelo, se impulsó a toda velocidad, creando dos esferas de oscuridad. En respuesta me convertí en rayo, contra ella y justamente, chocaron nuestras energías, repeliendonos. En el aire, disparé. Extendió una mano y absorbió el rayo, convirtiéndolo una esfera oscura eléctrica. Llevé ambas manos para recibirla, desvíado el conjuro, caí en la tierra. No permitiré el mismo truco. Volvió a arremeter de frente, apunté a su brazo derecho.
—¡Electraria! —recité con fuerza.
Relampago primero y sonido del trueno después, ella lo había esquivado para sorpresa de todos. Estaba atónito, superaba las barreras de la velocidad de la luz. Lograr esquivar un electraria es obra de un mago de elite, no de una principiante.
—¡Zonariom Destructo! —gritó.
Una línea definiendo un círculo perfecto donde estaba, dejó escapar una luz, me volví rayo al aire, esquivando la ola de explosiones. Surgió su figura de las explosiones, viajando donde estaba, recibiendo las dos esferas oscuras. Logré sostener ambas esferas, cargado de electricidad y de pronto, logré recitarlo.
—Absorga —susurré.
Absorbía las esferas, volviendo la energía parte de mi elemento. Renové el estado del cuerpo, sintiendome como nuevo, Kiria estaba agotaba y caía al vacío, aterrizando con desgaste.
Tocando tierra, decidí poner fin.
—¡Electraria!
Durante el relámpago cegador, tomó la oportunidad, esquivando el conjuro, viajó hacia donde estaba, dando un golpe certero a la boca del estómago, dejandome sin aire, dirigó una patada a la rodilla, luego un puntapié en la entrepierna, causando que cayera agachado, y haciendo una finta para esquivar un golpe en vano que traté de asestar, ella dio un gacho cargado de energía oscura en la mandíbula. Estaba adolorido, necesitaba recuperarme, retomar distancia.
—¡Zaptaria! —grité.
El rayo de menor potencia le durmió la pierna, dejandola paralizada. Emitió un alarido de dolor, desmoralizando mi corazón en esta batalla, deseaba detenerme, pero debía demostrar lo aprendido, Kiria no tendría compasión y su actitud asesina, repentina, me hablaba que era mejor no cederle la victoria. Me alejé de un salto, volviendo a tomar distancia.
—¡Zonariom Darklor! —recitó, extendiendo una mano.
Justo cuando caí, la esfera de oscuridad estalló, absorbiendo el resto de energía que había recuperado, era como tentáculos revolviendo los organos. Estaba de nuevo cansado. Sonrió, sanó la paralisis al intante y volvió arremeter, haciendo fintas en zigzag para dificultar la presición de algún conjuro que pudiera disparar. Se detuvo al frente para formar el primer puño, reuní carga electrica en el cuerpo, cuando impactó el primer golpe, la descargué en ella. Estaba temblando cuando pudo escaparse de la trampa. El sabor de la sangre estaba en la boca, corría un fino hilo rojo de las comisura de mis labios.
Tenía un lapso corto de tiempo para pensar en una forma de derrotarla, optó por el combate cuerpo a cuerpo, sabiendo que sus poderes me ayudarían a recuperar energía, ahora está totalmente ofensiva, abandonando las aptitudes defensiva, es momento de equilibrar la balanza. Me convertí en rayo, viajando hacia ella, pero al momento del impacto, desvié la trayectoria, haciendo un arco, apareciendo a su espalda. Decidió alejarse de un salto, quedando en el aire, era la oportunidad.
—¡Zonariom Magnotem! —recité.
El campo electromagnetico estaba creado en tierra. Tomé altura de un salto impulsado por la elecricidad de mis pies. Estando en el cielo, aproveché de acumular las pocas nubes, generando frinción, cargandolas al mínimo. Cuando miré al suelo, su rostro asesino estaba rozando mi nariz. Bajé los brazos, tomandola por los hombros, me convertí, haciendola bajar a tierra, como supuse, es agil, zafandose a tiempo para evitar el impacto, pero era justo lo que deseaba, había caido en el campo electromagnético, la nube que logré acumular, estaba bajando, ella estaba ofuscada, tratando de vencerme.
—¡Maldita sea!
Estaba callado, observandola, corrían lágrimas en sus mejillas, me veía con desprecio.
—Superada…Fui superada —dijo Kiria entre dientes.
No pude evitar horrorizarme, ella lo sabía.
—Hazlo Zalbion.
La voz de Arkoa estaba a mis espaldas, sentí la mano en el hombro.
—Ella necesita perder para entender —dijo Arkoa decepcionado.
La nube estaba cargada, el campo debilitandose, necesitaba hacerlo, no quería la verdad, así no.
—Thundor —recité.
Alcé las manos y las bajé con brusquedad, la descarga eléctrica impactó directamente en ella, dejandola inconsciente en el suelo.
—He hecho lo posible para humizarla, espero sigua a tiempo —caminó hasta su alumna—. Ella tiene un gran corazón en el fondo de la coraza inhumana que le han causado los nobles en la nueva capital —la cargó entre sus prominentes brazos—. Es irracional el odio, cuando justifica el medio en el que es producido.
Jhimoa caminó hasta situarse a mi lado, me sonrió.
—Has aprendido, aunque esta victoria no la disfrutes por mucho tiempo, tienes camino por seguir.
Realmente no estaba feliz, me dolió las lagrimas de Kiria.
En la noche, estaba Kiria reposando en la cama. Sentado a su lado, procurando que despertara para disculparme.
Arkoa y Jhimoa estaban conversando con calma frente la fogata, sentí curiosidad por escuchar un rato sus conversaciones nocturnas. Fui con sigilo hasta el umbral, aguzando el oído.
—Soy portador de malas noticias —dijo Arkoa.
—Habla o calla —dijo Jhimoa.
Ambos estaban conversando con pasividad.
—El faraón extenderá la audencia contigo, a bienestar de la seguridad del imperio, conviene que Ronia I no tenga conocimiento de que has profanado sus aposentos.
—Es una estupidez, tengo noción del cinismo del faraón en cuestiones de religión, ahora tengo la certeza de lo influyente que es una v****a con corona.
—Lo mismo, un pene con cetro.
—¿Cuánto tiempo tendremos que postergar nuestra Huída a Bianca?
—Dos años.
—Deberías dejar de husmear —susurró una voz en mi oído.
Al girarme con sorpresa, estaba Kiria de frente, sonriendo. El corazón me dio un vuelco.
—Gracias, era necesario.
Asentí, olvidando el peligro ilógico que Jhimoa tiende a decirme sobre Kiria.
—¡Kiria! —llamó Arkoa—. ¡Es hora!
Kiria no dijo más, atravesó el umbral, justo Jhimoa estaba entrando, cruzó los brazos al verme.
—Dos años y eso lo sabes, tendremos suficiente tiempo para pulir tus habilidades —pasó el peso del cuerpo de una pierna a otra—. Te agradeció por la derrota, aún no es tarde.
Obviando el hecho de que Jhimoa sabía que estaba escuchando, era un simple gracias que diría cualquiera.