CAPÍTULO DIEZ

1758 Palabras

ANA —Ese maldito —murmura. Miro las heridas que tiene Killian, como resultado de haber provocado a Kabil. Se lo advertí muchas veces, pero no me escuchó, y no conforme, se le ocurrió la grandiosa idea de mentirle al decirle que ya habíamos follado. Eso acabó con la poca paciencia que siempre ha tenido. Presiono más el algodón con alcohol en la herida de su ceja. —Él quedó peor. No es cierto, apenas y logró darle un golpe, pero me callo mi comentario. —Eso duele, Ana —se queja. Lo miro mal. —Sabes qué, no debería estar haciendo esto —dejo de lado todo y me pongo de pie, comenzando a guardar las cosas en el botiquín de emergencia. —No tuve la culpa, él fue quien llegó a marcarte como su territorio. Mi enfado va en aumento. —No soy un trofeo, Killian, tampoco un territorio

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